miércoles, 27 de agosto de 2014

Relato: Pelirroja Parte 8

Bufó mientras se frotaba las sienes. Dichoso crío, ya la había vuelto a joder otra vez. Pero no podía matarlo, aún no. Venía bien tenerlo a la vista, donde la pelirroja y sus amiguitos marginados pudieran verlo. Intentó tranquilizarse. Yao estaba demasiado cerca y no quería verse atrapada en un cuerpo con el que podía machacar a Penny.
-       Más te vale tener un buen motivo para lo que ha pasado esta tarde, chaval. Aparte de secuestrar a una mortal casi incendias un edificio con más personas dentro.
-       Esa mortal oculta algo. ¡Y tengo pruebas! –protestó él agitando dos trozos de lo que parecía papel muy maltratado.- Encontré esta foto en su piso.
Titiritera miró la foto y luego el pedazo de papel que le tendió Penny. Abrió mucho los ojos cuando, al compararlas, encontró demasiadas similitudes en un detalle. Podía ser una casualidad, pero Titiritera no creía en esas tonterías.
-       Dime ahora mismo quién es y por qué no me habías informado antes –gruñó.
-       No quisiste creerme. En cuanto a nuestro misterioso desconocido, compartí refugio con ellos hace mucho y me hacía llamarle Morfo. Nunca supe su sexo, era reservado hasta para eso.
-       ¿Ellos?
-       Morfo tenía un protegido. Lo llamaba “Ily”. Un chavalín bastante enclenque, todo el día tapado. Eso sí, era raro. En el pueblo dónde estábamos ocultos decían que estaba endemoniado y que podía matar a una persona adulta con solo tocarla. Tampoco le traté mucho, no pasó ni un año hasta que me harté y huí.
-       Déjame adivinar: Quemaste la casa. Bueno, qué más da. ¡Yao! Acompaña a Penny a hacer vigilancia a la base de los marginados. Ya basta de compasión, van a probar la furia de la justicia.
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 Un molesto sonidito resonaba en la habitación, procedente del armario. Con los ojos legañosos y bostezando, sorteó la basura de la habitación y sacó el cacharrito de marras del compartimento oculto. Oh, la sudadera y la máscara ya estaban ahí, Ily debía de haberse pasado después de su turno de guardia.
-       ¡¿QUÉ QUIERES, IMBÉCIL?! –gruñó aceptando la transmisión.
-       Vaya, estamos de malas hoy, Morfy –sonó por el altavoz.
-       Son las cuatro de la mañana, Ily. No soy un puto búho como tú.
-        Bueno, te quería decir que seguí tus órdenes y me mantuve al margen todo lo que pude. Y luego lo típico, atizar al traidor.
-       Primero le atizas en el callejón y ahora esto. Eres una mala bestia rencorosa.
-       Hablando de rencores… Apareció Yao y les seguí hasta su base.
-       ¡¿ERES GILIPOLLAS O QUÉ?! ¡TE DIJE QUE NO ESTABA SEGURO DE QUE LA SUDADERA FUNCIONARA! ¡EL CAMUFLAJE PODRÍA HABER FALLADO ESTANDO TÚ EN MEDIO DEL NIDO DE VÍBORAS!
-       La de Penny funciona, pude ver cómo la sirena la utilizaba en el rescate.
-       La de Penny no te mimetiza con el puto entorno, subnormal.
-       Pues lo que he oído no te va a gustar un pelo. Penny se ha ido de la lengua. La Titiritera cree que Clara sabe algo y pretende atacar a Pelirroja.
-       … Y me lo dices ahora. ¡Muévete, joder! ¡Hay que evitarlo!
Cortó a toda prisa, se puso la sudadera y la máscara y salió pitando de la casa. Maldijo su suerte, a veces parecía que Ily y Penny competían por el premio al más descerebrado.

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viernes, 22 de agosto de 2014

Relato: Pelirroja Parte 7

No podía tener peor suerte. Había sido demasiado bonito pillar a Sincara y a M yendo a ese barucho de mortales, pero  todo se había torcido cuando había intentado sonsacarle algo a esa rarita. Y, por mucho que lo negara la Titiritera, esa tal Clara escondía algo.
¿La razón? Penny solamente conocía a una persona capaz de haberle dejado fuera de combate de esa forma. Había intentado avisar a la Titiritera, pero ésta se había reído y le había ordenado que no volviera hasta encontrar alguna pista. Pues bien, volvería, pero con alguien bajo el brazo y bien calcinado. Fuego… Cerró los ojos y recordó la primera vez que había traicionado a su ya no tan misterioso atacante, mucho antes de conocer a M.
Había una casa. Hasta entonces era su refugio. Pero estaba cansado de esconderse, como ellos. Así que una noche oscura de verano decidió dejarlo todo atrás. Salió de la casa, colocando leña seca estratégicamente. El fuego no les frenaría, pero serviría para ganar tiempo. Una simple chispa y todo ardió.
Sonrió malévolamente. Iba a darle en donde más le iba a doler. Sí… antes de jugar al escondite iba a hacerle una visitita a Clara.
……………………………
Cuando Clara se presentó (incumpliendo su promesa) esa misma mañana pidiendo que M la acompañara, ésta no se imaginaba que el lugar sería una discoteca. Por muchas discotecas que hubiera frecuentado cuando aparentaba ser mortal, M seguía aborreciendo ese ambiente. Demasiados testigos, una música taladradora, oscuridad. Corrió hacia la salida, chocándose en la puerta con alguien.
-        Lo siento… ¿Malena? –masculló el joven.
-       Oh… hola, Josh –Mierda. MIERDA. ¡REQUETEMIERDA!.- ¿Cómo tú por aquí?
-       Eso debería preguntarte yo. Clara acaba de dejarme plantado hace dos minutos porque supuestamente estaba contigo en su casa. Parecía muy agitada, ya sabes a lo que me refiero.
-       ¿Perdona? No he visto a Clara desde esta mañana, y me dijo que nos veríamos aquí.
M y Josh se miraron durante unos largos segundos. En cuanto se convencieron de que el otro decía la verdad, obedecieron a una señal imaginaria y salieron corriendo a la vez hacia la casa de Clara.
……………………………
En cuanto M vio el humo que salía por debajo de la puerta, supo quién era el causante de la ausencia de Clara. Dichoso pirómano, seguía siendo tan rencoroso como siempre. Pero M debía asegurarse de que Clara no sufría daños, así que no se andó con chiquitas: empujó a un asustado Josh hasta una distancia segura, se acercó a la puerta y chilló hasta reducir la puerta a polvo.
-       Vaya, vaya. No te esperaba, Male –ronroneó Penny, sentado en el sofá mientras creaba pequeñas bolas de fuego.- Más bien quería cargarte el muerto.
-       Dime. Dónde. Está.
-       Tranquila, mujer. Está en su habitación. Pero eh, no puedes entrar. Tiene que achicharrarse un poco antes de que vengan mis otros invitados… sobre todo el que me atizó el otro día.
-       Sigues siendo tan gilipollas y vengativo como siempre, Pe.
-       Ahora también prendo fuego a las cosas, mi querida sirena.
M gruño y apretó el pequeño cubo  que llevaba colgado del cuello. Tenía que distraerle hasta que la loca de Gea captase la señal de socorro que emanaba del trasto y enviara ayuda. Penny, consciente de su ventaja, se levantó de un salto y se colocó frente a la ventana, de la que salía ya humo.
-       Ahora tendrás que huir otra vez, querida. Hay un montón de pruebas contra ti, y los mortales no se toman bien los asesinatos.
Y de golpe, se hizo el caos. Tras Penny, en la repisa de la ventana apareció una figura menuda ataviada con una sudadera similar a la de M, con mil colores cambiantes. Penny abrió mucho los ojos, murmuró algo incomprensible y cayó redondo al suelo. Su atacante saltó al suelo y salió corriendo del piso, pero M no pudo verle la cara debido a que llevaba una máscara de doctor de la peste. Sin pensárselo mucho, corrió hacia el cuarto de Clara. Al entrar pudo ver a Clara, maniatada en el centro del fuego. Su larga melena plateada había desaparecido, dejando ver un pelo parduzco y unas cejas prácticamente inexistentes, pero parecía entera.
-       ¡Clara! ¡Mírame! –gritó llamando su atención.- Voy a sacarte de aquí, pero la próxima puta vez no dejes pasar a ese jodido pirómano.
Pudo oír un sollozo, lo que aceleró su entrada en el círculo de fuego. Con cuidado de no hacer daño a Clara, la protegió poniéndole la sudadera, inspiró y chilló con tal torrente de aire que apagó una porción de las llamas. Ni corta ni perezosa, cogió a Clara y no frenó hasta estar en frente de un alucinado Josh.  Iba a ser divertido tener que contárselo todo…

Cap. XVII - Los duelos

La luz de un nuevo día asomaba por el este y el sol, resplandeciente, aparecía recortado por los edificios de la Ciudadela. Vittorio meditaba sentado sobre el tejado, con la mirada perdida en el horizonte y los pensamientos volando sobre la chica que visitó la pasada noche. ¿Qué narices había hecho? Se suponía que debía esperar a su hermana y a su prima, pero fue tan estúpido y tan impaciente como para dejarse llevar por las ganas. Odiaba a Todo desde lo más profundo de su ser, y además, aquella joven siempre le pareció interesante. Sin embargo, no podía dejarse llevar por sus emociones si quería que aquel plan diese resultado. Cualquiera que fuese, ya que de momento lo único en lo que habían pensado era en espiar al Señor del Tiempo para advertir a los reclutas.
Mientras el joven seguía inmerso en sus cavilaciones, una muchacha apareció de la nada vestida con traje amarillo pálido de mangas anchas que acababa en una falda voluminosa que llegaba hasta la rodilla. Su rostro era cubierto por los dobleces de una enorme capucha que acababa en dos largos tubos de tela por la espalda, de un color más oscuro, y los zapatos de bailarina atados con lazos largos a las piernas le daban un aspecto delicado.
—Hola, Vittorio.
—¿Eh?—salió de sus cavilaciones—. Ah, hola, Mariam. A buenas horas llegas...
—¿Qué querías que hiciera? Fue culpa de Inna.
—Sí, ya. Pues tendríais que haber llegado antes, porque yo ya he hablado con la chica del libro.
—¿Tan rápido? ¡Te dije que nos esperases pasara lo que pasara!
—Sí, bueno, pero no pude. Y se acabó.
—Tsk... En fin—se sentó a su lado con las rodillas elevadas—, ¿cómo tú por aquí?
—¿En el tejado? Bueno—se quitó el sombrero y lo dejó a un lado—, necesitaba pensar. Y este es un sitio tranquilo para eso.
—No me cabe duda. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Desde que salí de la habitación de la chica del libro... Alrededor de seis horas.
—¿¡Seis horas, maldito loco!? ¡Podrían haberte descubierto!
—Pero no lo han hecho, así que shhh. Por cierto, ¿qué te ha dado ahora con la capuchita?—se la quitó de un tirón, revelando a una joven de ojos marrones y piel tostada con pecas. El largo pelo negro enmarañado le llegaba hasta los hombros.
—¡Déjame en paz!—ella se la volvió a poner—. Me gusta cómo me queda.
—Pues nada.
—Bueno, ¿y pudiste leer el libro?—Mariam le miró seria—. Ya sabes que necesitamos saber el grado de peligrosidad que tiene...
—Me dio tiempo a hojearlo un poco, pero me dio pánico seguir. En ese libro había escritas cosas horribles...
—Entonces tenemos que deshacernos de él.
—No podemos.
—¿Por qué no?
—Hice un pacto con la chica... Más o menos.
—¿...Cómo?
—Pues eso. No puedo contarle nada a nadie...
—Conmigo lo has hecho.
—¡Pero tú ya sabías de la existencia del libro! Esa no cuenta.
—¿Entonces qué pretendes que hagamos? ¿Que la dejemos desatada con el mal que puede causar? Si acabamos con ese libro sellaremos el mal para siempre, y...
—Espera, para el carro. Sólo puede causar mal si se invoca el poder. Y si no se invoca el poder no tiene por qué pasar nada, ¿no? Yo sé qué es lo único que podría hacerlo, así que también sé cómo evitar que pase nada. Lo único que hay que hacer es asegurarse de que nadie se acerca al lago donde ella vivía antes de venir aquí, y todo listo.
—¿Qué hay allí que pueda invocar el poder?
—Cosas.
—¿Eso también forma parte del pacto?
—Correcto.
—Bueno. Entonces qué.
—Entonces tú hablas con el chaval del ratón y la espadita y que Inna se encargue de la negra del pelo rizado.
—¿Y del chico que invoca espadas quién se encarga?
—Maigar. Así de fácil.
—Pero si ni siquiera sabe todavía de qué va todo esto.
—Pues se le explica...
—No te digo...


Pasaron unos meses en la mansión del gran y magnífico Todo. Los entrenamientos eran cada vez más duros y, de un modo u otro, acabaron dominando de forma rápida lo básico y un nivel más o menos intermedio de su poder. Según Todo, ya estaban capacitados de sobra para enfrentarse a Nada, pero sin embargo continuaron entrenando, temerosos de perder su vida contra la Señora del Espacio. Garret ya había hablado con varios de ellos y tenía en alianza a Bocha, Maite, Male, Ranusa, Reïk, Galia y Malan. Conforme iban sumándose a la secreta causa del espadachín, los planes que se elaboraban cambiaban incesantemente, y los profesores, atónitos ante la facilidad para cambiar de opinión que tenían los jóvenes a la hora de los entrenamientos, cavilaban en sus claustros y reuniones sobre el repentino interés de sus alumnos por aprender aspectos más difíciles de su poder. Varo, en una de estas reuniones, habló claro con todos sus compañeros.
—La situación es bastante confusa—comenzó, dejando la guitarra a un lado dispuesto a dar su opinión—, sobretodo para aquellos alumnos que tienen muchas posibilidades de ataque y defensa en su poder. Mi alumna, Male, es un buen ejemplo, ya que transformando el agua que utiliza en hielo y haciendo uso de su gran agilidad (la cual por cierto ha estado practicando y se ha vuelto una excelente acróbata en muy poco tiempo) tiene muchas posibilidades de evasiva, así como de ataque, controlando el agua velozmente y de forma prácticamente letal. Se está convirtiendo en la asesina perfecta, lo cual nos viene ideal para luchar contra Nada, y sin embargo ella todavía quiere más: lo veo en su mirada.
—Malan, en cambio, sólo me pide que nos concentremos en controlar la mente a diferentes personas. Es decir, la última vez que entrenamos me pidió que le trajese a un culturista para ver si a él podía dominarlo, y teniendo en cuenta las limitaciones de esta habilidad que posee, traté de disuadirlo de inmediato. Sin embargo, insistió, creo que incluso utilizó su poder en mí. Al final consiguió su culturista, ¿y sabéis qué es lo peor? Que consiguió tenerlo bajo sus órdenes.
—Pero Ailee, ¿tú no llevabas gafas de sol en ese momento?—Evan hizo como que se levantaba y se bajaba unas gafas de sol inexistentes—. ¿Cómo consiguió controlarte si su poder se ve anulado cuando no puede mirarte directamente a los ojos?
—Las llevaba—ella se hundió en la silla—, pero creo que ha conseguido ver más allá. No sé si me explico.
—Todos sabíamos que Malan tiene un potencial enorme, eso no podemos ocultarlo—esta vez fue Bego la que habló, con los brazos cruzados y apoyada en el respaldo—. Quizá él mismo lo ha descubierto y ha estado entrenando a solas con su poder. A lo mejor, ahora en lugar de tener que mirarte a los ojos para contactar con tu cerebro sólo tiene que dirigirse hacia ti para hacer que estés a su servicio, o en otras palabras: la visión completa.
—Según los informes—MDM intervino, con un fajo de papeles en la mano—, Nüne Wïrts, el antepasado y padre de Malan, tenía ya esta visión, y la utilizaba en pos de la estrategia, usando además como ventaja el poder de Jack Turner, el antepasado de Reïk, que podía ver el futuro. Los dos juntos eran una combinación invencible, y se encargaban sobretodo de las tareas de comandante en el ejército de Todo. Eran prácticamente uno solo.
—Además te recuerdo—volvió a intervenir Varo, esta vez con la guitarra entre las manos, afinándola—, que Mytha Green, la mujer-lobo, tenía unos instintos muy desarrollados, y era capaz de corregir las estrategias de este dúo en base a lo que su potente previsión para la supervivencia le decía.
—¿Eso qué quiere decir?—Nerea, con la cabeza apoyada en los brazos y aspecto de aburrida, miraba a los demás con cara de no entender.
—Eso quiere decir que, al ser sus antepasados, es probable que adopten comportamientos similares, ya que al tener poderes parecidos y visión del mundo prácticamente igual, la probabilidad de que se repitan los patrones de la última vez son altamente elevados—dijo Kay, con la vista fija en su ordenador—. Si es que hay que explicártelo todo...
Nerea suspiró. Todos se quedaron en silencio, mirándose los unos a otros, con el miedo reflejado en sus miradas. Finalmente, Evan habló.
—No podemos dejar que Todo se dé cuenta.
—¿Cómo no se va a dar cuenta de que su propio ejército repite los patrones rebeldes del anterior? Por el amor de Dios, que es Todo, coño—Draves se indignó.
—Es tan fácil como cambiar los informes—intervino MDM—, y en lugar de poner lo que hacen de verdad, cambiarlo. Por ejemplo, se podría poner que hacen ejercicios de meditación o que se encargan de poner en práctica lo aprendido ya.
—Chicos—Kay dejó de teclear por un instante y se ató el pelo rizado con un coletero—, venid y ved esto. Eve y Vec nos han leído la mente.
—¿Cómo?
—Que vengáis, coño—les instó Draves.
Todos se levantaron y se acercaron a la pantalla del portátil de Kay. Allí, en una reluciente ventana de chat de bordes amarillos, aparecía la conversación en la que él, o insatisfiedScientist, como decía su apodo en el programa, hablaba con un tal edgeHunter.
—¿Quién es ese?
—Vec. Mirad lo que han pensado en hacer.
La ventana de chat mostraba lo siguiente:

--edgeHunter [EH] comenzó a molestar a insatisfiedScientist [IS] a las 15:12--

EH: Oye kay
EH: Eve y yo hemos pensado en algo
IS: Adelante.
EH: Y si ponemos a los chicos a practicar sus habilidades en combate unos contra otros?
IS: Hm.
IS: Parece interesante.
IS: ¿Cómo se os ha ocurrido la idea?
EH: Hemos visto que estabais hechos un completo lio con el tema ese de que pedian mas y mas entrenamiento
EH: Y hemos decidido que podriamos hacer eso, ponerlos a todos a entrenar de forma conjunta
EH: Para que elaboren sus propias estrategias y descubran los puntos flacos de todos sus compañeros
EH: Es experiencia en batalla y ademas asi se conocen mutuamente
EH: Podran cubrirse los unos a los otros en caso de que vayan a por ellos, complementandose
EH: No se si me entiendes
IS: Completamente.
IS: De hecho esto nos salva bastante la vida. Pueden pasarse todo el rato que estén entrenando realizando ese tipo de maniobras, y llegado un momento, podemos sacarlos a campo abierto a entrenar en diferentes escenarios.
IS: Voy a proponérselo a los demás, a ver qué dicen.
EH: Bueno pues ya me avisas
EH: Yo voy a preparar las armas y todo con eve
EH: Si te dicen que si me mandas un mensaje que estare pendiente
EH: Hasta luego
IS: Adiós.

--edgeHunter [EH] dejó de molestar a insatisfiedScientist [IS] a las 15:18--

—Es una idea espectacular—opinó Varo—, ¿qué opináis vosotros?
Todos estuvieron de acuerdo. Kay le mandó un mensaje aprobando su propuesta y la reunión fue disuelta. Fueron a comer a la sala que les estaba preparada y cuando terminaron se dispusieron a esperar para dar la noticia del cambio de ritmo en los entrenamientos.


Los muchachos se reunieron en la sala que ya tan acostumbrados estaban de ver. Esta vez los habían convocado por la tarde, lo cual les había parecido extraño, pero, contentos por haber podido dormir más, llenaron la sala con un buen ambiente. En un grupo aparte del resto de personas se encontraban Garret, Galia, Male, Ranusa, Reïk, Malan, Maite y Bocha. Susurraban.
—¿Quién va a ser el siguiente?—Maite parecía incluso emocionada por el secretismo.
—Obviamente—Bocha se dirigió al resto de la sala y señaló a Tarrkiem—. Él o Penesan, elegid.
—Tarrkiem—secundó Male—. Siempre desconfió de Todo, así que si le damos a leer el diario de Garret es probable que acepte.
—Y al menos no nos llevaremos una sacudida eléctrica cuando se lo preguntemos—Ranusa miró de forma incriminatoria a Galia, la cual se rió un poco—. No, no te rías, que a veces me dan espasmos.
—Pero eso ya te pasaba de antes—le contestó ella—, no sé de qué me culpas.
—Shh, va a empezar—recordó Reïk.
Guardaron silencio entonces. Vec subió al mostrador de madera y los miró a todos.
—Alumnos—comenzó—, a partir de hoy cambiaremos el horario de entrenamientos. Tendréis la mañana libre y a partir de las cuatro y media comenzaréis sesiones de duelos. Nosotros os emparejaremos aleatoriamente y el que sea capaz de inmovilizar o derribar al contrario habrá vencido. No se permite herir físicamente ni perjudicar de modo alguno al rival. ¿Lo habéis entendido?
Hubo un silencio general. Maite levantó la mano.
—¿Qué hay de los entrenamientos cuerpo a cuerpo y con armas? ¿También se quitan? ¿Y los entrenamientos de artes marciales tal cual?
—Esos apartados pertenecerán al tiempo libre de cada uno, que emplearéis como bien os parezca. Ah, otra cosa—tosió un poco—. Cada día habrá tres duelos, eso se me había olvidado. Así pues, demos comienzo a los enfrentamientos. Empezaré con la selección.
Metió la mano en una esfera de cristal con un montón de papeles dentro y sacó dos, los cuales estaban doblados en cuatro. Los abrió uno detrás de otro, anunciando los nombres en voz alta.
—Las dos personas que se enfrentarán primero serán... ¡Bocha y Tarrkiem! Acompañadme a la sala de combate.
Todos siguieron a Vec hacia una enorme sala. En el centro había una arena de combate, rodeada por cristales a prueba de cualquier ataque, detrás de los cuales había gradas para que los espectadores se sentaran. Todos aquellos que no habían sido elegidos se sentaron alrededor de la caja de cristal y observaron dentro. El combate estaba a punto de comenzar.

Garret miró los rostros de los contrincantes. Si se evaluaban los poderes de ambos, Bocha estaba en clara desventaja, ya que Tarrkiem era capaz de controlar el metal de las espadas que el otro invocaba. Male, consciente de esto, se levantó y gritó a pleno pulmón.
—¡¡Mucho ánimo, Bocha!! ¡¡Tú puedes!!
Él la miró y le guiñó un ojo, sonriente y agradecido. Después se concentró en su enemigo, que miraba a Male.
—¿Y a mí no me animas, maldita?
—¡Tú te animas tú solo!—respondió Maite.
—¡Já! Tienes razón—Tarrkiem se volvió hacia Bocha—. A ver si eres capaz de ganarme con ese poder tuyo.

Sonó una especie de campana. La tensión se mascaba en el aire. Tarrkiem ni siquiera se molestó en sacar el machete. Bocha, nervioso, miraba alrededor. Veía los rostros de sus amigos y compañeros, además de profesores. Vio la mirada desafiante de Bego, la preocupación de Male y los nervios de Maite. ¿Cómo se suponía que le iban a decir a Tarrkiem lo de Garret? Esta pregunta pasó por su mente y se decidió rápido. Tenía que actuar. Tarrkiem no le tomaría en serio si no veía que era capaz de eludir su control del metal, así que se concentró. Levantó la palma de la mano derecha hacia abajo, en dirección a Tarrkiem.
—Ah, menos mal. Pensaba que me ibas a hacer desenfundar a mí—rió el rival. Bocha, sin embargo, mantuvo la pose desafiante y, cerrando el puño, hizo aparecer varias espadas. Ninguna de ellas era de agua, puesto que no había conseguido dominar esa especialidad, pero eran negras como la misma noche. Tarrkiem a su vez levantó los brazos de forma horizontal, y con un rápido movimiento de hombros, trató de transformarlas en líquido, cosa que ya había logrado con la práctica. Pero no ocurrió nada: las espadas negras continuaron flotando alrededor de Bocha y su larga gabardina negra.
—¿Qué es esto?—Tarrkiem observó al joven de 17 años, que sonreía divertido ante su cara de desconcierto.
—¿Ahora qué, gallito?—soltó una carcajada—. No podía arriesgarme a usar espadas de acero. Así que las he hecho de otro material. ¡Dile hola a las espadas de sombra!
Y las lanzó contra Tarrkiem. Este las esquivó rápidamente y desenfundó el machete, dispuesto a atacar a Bocha, pero el otro le hizo tropezar interponiendo una de sus creaciones bajo los pies de su enemigo. Éste cayó al suelo, y Bocha resultó ganador. Levantó el puño en señal de victoria, y todos aplaudieron entusiasmados. Jamás le habían visto crear espadas que no llevasen acero, así que esto resultaba toda una novedad. Bego sonrió satisfecha y él se sonrojó.
—¡Bien!—Vec escribió rápidamente los resultados en una PDA y miró hacia los alumnos que había dentro—. Ya podéis salir de ahí. Ahora sacaré otros dos papeles.
Volvió a meter la mano dentro de la urna esférica y sacó los trocitos de papel doblado. Los abrió y nombró en voz alta:
—¡Thorgio y Reïk, a la arena!
Thorgio miró con una sonrisa un tanto sádica a Reïk. Éste tragó saliva, dando la impresión de estar asustado, pero sus amigos se rieron levemente. Sabían de sobra que estaba actuando.
—Deja de fingir, Reïk—rió Malan—, no se lo cree nadie.
—¡Shhh! Igual él sí—le contestó él.
El elfo de pelo oscuro cambió el semblante sádico por uno feroz. Ambos bajaron a la arena y se miraron mientras esperaban la campana.
—¿Sabes que no me vas a poder ganar, verdad? Ni siquiera has entrenado ningún arte marcial...
—Que tú hayas visto...
—¿Qué me quieres decir con eso?—gruñó el elfo.
—Quiero decir que yo no soy un tío cualquiera. Y ahora verás por qué.
Sonó la campana y Thorgio se lanzó de cabeza contra Reïk. Por supuesto, éste ya lo sabía, así que consideró rápidamente las opciones en su cabeza. Si esquivaba hacia su derecha, la mano que empuñaba la espada estaría más lejos de tocarle, pero era muy probable que lanzara una copia explosiva hacia él. Si se movía hacia su izquierda, quedaría al alcance del arma de Thorgio, lo cual tampoco era recomendable. Le quedaban otras dos opciones. Una de ellas era retroceder. Las consecuencias de este acto dejarían confuso a Thorgio, que esperaba que se moviera hacia la derecha, pero no dudaría en volver a atacar de frente, lo cual le dejaría vulnerable y sin capacidad de reacción mientras estaba en ello. La segunda era agacharse y empujarle desde abajo, lo cual también le despistaría, pero solo durante un momento. Lo siguiente que debería hacer sería peligroso: lanzarse contra su cuerpo. Era, sin embargo, la opción más deseable, ya que la de retroceder sin duda le podría hacer daño por culpa de la espada. Así que cuando Thorgio arremetió, él se agachó para esquivar el golpe y, en el último momento, consideró la idea de hacerle un barrido con los pies e inmovilizarlo. Le gustó el resultado que su mente prodigiosa le ofrecía y lo llevó a cabo. Thorgio cayó al suelo sorprendido, y rápidamente se vio inmovilizado por un Reïk que, incluso sin tener demasiada fuerza, le acababa de hacer una llave de un arte marcial que Thorgio no llegó a reconocer y perdió la batalla.
—¿Ves como no sabías a lo que te enfrentabas?—Reïk se levantó y le ofreció la mano—. La próxima vez elabora una estrategia y después ataca.
—Sí, sí, vale...
Reïk le agarró la mano y le ayudó a levantarse. Salieron de la arena y se sentaron donde antes estaban.
—¡Hala, Reïk!—dijo Malan, ilusionado—. ¿Cómo lo has derrotado tan rápido? Ni siquiera se ha visto cómo lo has hecho.
—Lo he hecho con esto—y se señaló el cráneo.
—¡Silencio, por favor!—reclamó Vec—. Los combates están durando bastante menos de lo que yo creía que durarían... Bien, sacaré las dos últimas papeletas. Esta vez, por favor, si no os importa, haced que dure un poco más la contienda...
Y volvió a meter la mano en la urna. La tensión se mascaba en el aire. Era muy fácil derrotar a uno detrás de otro si los combates estaban así de desequilibrados. Pero a Vec no pareció importarle.
—Los siguientes y últimos en combatir son... ¡Penesan y Galia!
Galia se quedó parada un instante. No sospechaba que le tocaría a ella. Penesan a su vez miró a Thorgio y a Cretino, el cual estaba casi dormido. Ambas se levantaron a la vez y se miraron en la grada.
—Esto no me gusta...—Ranusa miraba aterrorizado a ambas. No había odio en sus miradas, pero sí algo de rivalidad.
—Pues yo prefiero que le haya tocado con Penesan en lugar de con Maite...—dijo Bocha.
—¿Por qué?—preguntó Maite curiosa.
—¡Porque las dos rivalizáis en todo! Si es que...—Ranusa se acomodó mejor en las gradas.

Las dos combatientes estaban de pie mirándose fijamente. Galia jugaba a darle vueltas al cubo, que levitaba entre sus manos, y Penesan sudaba. Se oyó la campana y Penesan despegó, alejándose de Galia.
—¡No me tocarás con ese trasto!
—¿Huh? ¿Cuál, este?—elevó ligeramente su cubo con una sonrisa maquiavélica—. Ni que me fuera a hacer falta...
Lo lanzó hacia arriba y lo transformó en un escáner. Penesan trató de evadirlo, pero le fue imposible, ya que el aparatito de Galia exploraba a su alrededor a base de ondas circulares. Galia lo volvió a bajar y observó los resultados del escáner. Había encontrado todos los dispositivos electrónicos de la sala, y vio cómo la PDA de Penesan figuraba en su bolsillo. Volvió a sonreír como una loca.
—¡Ja, ja, ja! ¿Cómo has podido ser tan tonta y meter eso contigo?—le brillaron los ojos y de repente el bolsillo de Penesan comenzó a vibrar. Acto seguido el aparatito emitió un sonido muy agudo, provocando que todos tuvieran que taparse los oídos. Galia transformó su cubito en unos tapones y rió como una loca. Penesan trastabilló por el aire, dándose golpes contra el techo y los cristales, fuera de control. Una vez estuvo más cerca del suelo, Galia hizo parar el sonido durante unos segundos y transformó su cubito en una red metálica. Atrapó a Penesan y la lanzó al suelo, incapaz de moverse. Ya estaba Galia a punto de atacarla de nuevo cuando la campana sonó y la declaró victoriosa.
—¡Suficiente, Galia!—gritó Vec, sordo por el sonido que había provocado la vencedora—. Venga, salid de ahí. Hemos terminado por hoy.
Y todos se levantaron, mareados. A Maite hubo que llevarla en brazos, ya que tenía un oído muy agudo y se desmayó por el potente pitido.
—Al final no ha sido un combate tan largo como esperabas...—le dijo Eve a Vec.
—¿Y yo qué sabía? Salen esas dos, que una es cuerpo a cuerpo y casi imposible de tocar y la otra sólo puede hacer algo cuando hay aparatos electrónicos cerca... ¿Cómo me iba a imaginar yo que Galia era capaz de hacer eso?
—Penesan tampoco lo sabía. Por eso se dejó la PDA en el bolsillo... También los hay incautos.


—Galia, creo que te has pasado—le dijo Garret—. ¿Has visto a la pobre Maite? Male está cuidándola en su habitación de lo mal que se encontraba.
—Era la única manera de vencerla. Perdona...
—No era la única manera de vencerla. También podías haberle dado un chispazo para que se desestabilizara de igual modo y no habrías perjudicado a los demás.
—Ya te he dicho que lo siento...
—Bien...
Estaban sentados en el salón de la parte de abajo, tomando té y café. Habían pasado todo el día haciendo prácticamente nada, descansando del duro trabajo al que se veían sometidos, y aún pretendían quedarse un rato más hasta que tocara ducharse y vestirse. Tarrkiem cruzó la estancia, dirigiéndose hacia su habitación con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos de la cazadora.
—Tarrkiem, espera—le llamó Bocha. Tarrkiem se detuvo y le miró sarcástico.
—¿Qué quieres, cachondearte de mí? Ten algo de buen ganar, ¿no?
—Shh, no. Quiero preguntarte algo. Ven conmigo.
Y los dos se fueron hacia la habitación de Bocha. Entraron y Tarrkiem ni siquiera se molestó en sentarse. Sin embargo miró la puesta de sol por la ventana, con cara de añoranza. Volvió en sí a los pocos segundos.
—¿Y bien? ¿Qué me querías decir? Espero que no sea nada gay, eh...
—¿Qué dices, puto loco? Toma, lee—sacó de la mesilla de noche el diario de Garret y se lo lanzó—. Te necesitamos.
Tarrkiem estuvo un rato de pie, leyendo. Cuando acabó, soltó una sonora carcajada y le devolvió el diario a Bocha.
—Ya decía yo que ese tío tenía que ser malo a fuerza. ¿Cuál es el plan entonces?
—De momento convenceremos a los que quedan de que se unan a nosotros. Tenemos como base el hablar con Nada para unirnos a ella y derrotar así a Todo, pero no tenemos ni idea de dónde encontrarla.
—Ah, pues de puta madre. Bueno, ¿entonces tengo que ir con vosotros a todos lados o no es obligatorio?
—Lo que quieras. Pero si en algún momento ves en tu PDA un mensaje en el que ponga: “Necesito azúcar” vas inmediatamente al cuarto del que te lo haya mandado. Eso es que hay reunión. De hecho, creo que esta noche va a haber una.
—¿Sí? Bueno. Pues ya recibiré el mensaje. Muchas gracias.
—A ti, tío.
Y Tarrkiem se fue a su cuarto. Bocha guardó el diario en la mesilla y sacó una foto con un chico, su mejor amigo. La miró durante un rato y luego la volvió a guardar para darse una ducha. Esa noche había cena formal. Calentó el agua y se metió debajo del grifo. Las lágrimas que soltó en memoria de su amigo cayeron y se confundieron con el agua caliente, y así, se sentó en el suelo de la bañera y decidió soltar el berrinche que tanto tiempo llevaba aguantando.

Acabó de ducharse definitivamente. Se secó y se envolvió la cintura con la toalla, pero justo cuando iba a salir, escuchó pasos dentro de su habitación. Salió, pensando que sería la sirvienta, pero no era. De forma completamente inesperada, se encontró con un chaval vestido con una túnica morada de mago y un bastón con una joya que levitaba entre dos filos a los lados. Había dejado el sombrero estrafalario sobre la cama, y se estaba mirando la barba en el espejo. Oyó cómo Bocha invocaba una espada y la empuñaba, y se giró, levantando las manos.
—¡Tranquilo, que vengo en son de paz!
Bocha no se tranquilizó. Arremetió contra él con la intención de matarlo, pero el mago lo encarceló en una especie de pentágono con pinchos que surgió de la nada.
—Que te digo que vengo en son de paz.
—¿Quién eres?
—Soy Maigar. Formo parte de un grupo de personas que se dedican a observar vuestra evolución y a ayudaros a rebelaros contra Todo.
—¿Y qué me quieres decir?
—Que te he visto llorando y eres muy mono, no sé por qué no lo haces con tu profesora. Le llegarías al corazoncito.
—¡¿PERO TÚ DE QUÉ VAS, MALDITO MAGO COPIA BARATA DE GANDALF!?
—Eh, sin faltar. Que puedo ponerme a gritar por los pasillos que Bocha es un llorica y tú no podrías hacer nada.
—Qué asco te estoy cogiendo.
—No eres la primera persona que me lo dice. Bueno, de todos modos, con tal de que pronuncies mi nombre apareceré. Puede que ahora pienses: “Lo siento pero no, menudo cabrón está hecho”, pero créeme que al final me necesitarás. Soy sigiloso como un gato y silencioso como una tumba. Eso sí, no le digas a nadie que he venido que me la lías. Nos pueden descubrir si circulan rumores de nosotros.
—¿Ves? Ahora me dan más ganas de contárselo a la gente.
—Nah, no te flipes, anda. De todos modos ya hay una amiga tuya que sabe quiénes somos, o al menos nuestro jefe. Y además si nos descubrieras tú mismo te perjudicarías, por razones que más tarde te contaremos.
—Quiero hablar con ese jefe vuestro.
—Nah, ahora mismo debe estar quemando cosas. El maldito pirómano. Además, sólo habla con tu amiga. En unos días es probable que otra amiga tuya reciba noticias nuestras, pero no de mi parte.
—¿Me puedes decir al menos qué amiga ha hablado con tu jefe?
—Nah.
—DEJA DE DECIR NAH ME CAGO EN LA PUTA DE OROS.
—...Naaaaah—y se partió de risa. Acto seguido levantó el bastón—. Bueno, yo me marcho.
—¡Espera! ¿Cuándo podremos saber más de vosotros? ¿Y quiénes sois?
—Ah, ahora me vienes con las preguntas importantes, ¿eh? En un tiempo sabrás todas las respuestas, probablemente cuando los 13 estéis unidos por fin. Y lo dicho, si necesitas algo di: “Maaaaaigar”, y yo vengo. ¡Hasta luego!
Y se marchó con un ligero resplandor. Bocha quedó liberado de su cárcel y se sentó en la cama, refunfuñando. Luego recordó que se tenía que vestir y se fue corriendo al vestidor. Se perdió entre la infinidad de camisas y pantalones que había dentro de la habitación, y olvidó durante un tiempo la existencia de esas personas que les observaban. Ranusa había estado acertado en su suposición de estar siendo espiados, sin embargo, no había buscado del modo que tenía que buscar...


viernes, 15 de agosto de 2014

Capítulo XVI - Visitas nocturnas

Ranusa estaba sentado con la cabeza gacha, sobre la cama. Llevaba los cascos puestos, pero se había quitado el de la oreja izquierda y lo había colocado detrás del lóbulo. La música sonaba y él movía el pie al compás, poniéndose nervioso porque se iba acercando la hora de su quedada con Garret. Era la primera vez que un chico quería quedar con él a solas. Su mente divagaba en pensamientos a cada cual peor cuando oyó que la puerta se cerraba suavemente y, mirando hacia ella, vio que no había nadie. Paró la música, dejó los cascos encima de la cama y se levantó cautelosamente, poniéndose en guardia.
—¿...Garret?
—Sí—tras pronunciar su encantamiento, apareció de la nada, con su traje azul marino y un pequeño cuaderno en la mano—, ¿te he asustado?
—Un poco, aunque no sé muy bien por qué. En un principio el único que sabía que estaba mi puerta abierta eras tú.
—Ya, pero no sabías cómo iba a aparecer.
—A todas estas, ¿cómo lo has hecho?—hizo un gesto con las manos—. Lo de salir de la nada, ¡puf! Un Garret salvaje apareció.
—¡Ja, ja, ja!—rió Garret—. No, es un hechizo de invisibilidad. Dura poquito rato, pero lo he estado probando y tengo el tiempo suficiente desde que lo activo para ir de una habitación a otra.
—Guau, impresionante.
—Sí. Bueno, a lo que iba. ¿Puedo sentarme?
—Eh, claro, claro. Ven—y le guió hacia los sillones verdes y blancos. Había una jarra de cristal verde y tazas de desayuno de porcelana con filigranas del mismo color sobre la mesita. Ranusa se sirvió un vaso del líquido castaño claro que contenía la jarra y se echó un poco de azúcar.
—Eh, ¿qué es?
—Cacao instantáneo. Puedes pedir lo que quieras tomar a los sirvientes y ellos te lo traen. Es genial—dijo dando un trago—. ¿Quieres un poco?
—Claro, por qué no.
Y Ranusa le sirvió una taza con cuidado. Garret observó que su habitación estaba bastante desordenada: libros por aquí y por allá, todos abiertos y desparramados; ropa que en un principio debería estar en el vestidor desperdigada por los sillones, la cómoda y la cama; y varias tazas de las de porcelana sobre la mesita de noche.
—¿A qué viene todo este desorden?—preguntó Garret tomando la jarra.
—Estuve investigando posibilidades mientras venías.
—¿Posibilidades de qué?
—Al principio pensé que me estaban espiando, pero no vi agujeros ni cosas raras así que me puse a buscar en los libros formas de aplicar la supervelocidad. No las encontré.
—Vaya, lástima. ¿Es por lo de esta tarde?
—Sep. De momento sólo sé que puedo correr mucho y pegar muy rápido, pero quizá podría probar cosas distintas... No lo sé.
—Bueno, ya lo irás descubriendo. Yo tengo una pregunta para ti.
—Dispare usted.
—¿Confías en Todo?
—Pues...—Ranusa dejó la taza sobre la bandeja y reflexionó. Se reclinó sobre el respaldo del sillón y bufó—. No me cae bien, y eso él lo sabe. Nunca me creí del todo su plan, pero tampoco sé en lo que pensar. No tengo más remedio que ayudarle, de todos modos...
—¿...Y si te digo que no eres el único?
Ranusa le miró larga y fijamente, con cara de incredulidad. Al cabo del rato, pestañeó varias veces, se incorporó y se rió.
—No me jodas, Garret. Claro que sé que no puedo ser el único, somos trece, joder. Más los sirvientes, profesores, etc. Lo que no creo es que sean también lo suficientemente valientes para rebelarse, al igual que yo.
—Bueno, seáis valientes o no, tenemos que conseguirlo. Toma, lee esto—y le pasó el pequeño cuaderno que llevaba en la mano.
—¿Sabes—Ranusa lo miró y lo dejó en la mesita—lo harto que estoy de leer? He estado buscando en toda esa biblioteca para ver si encontraba algo útil, y no lo he conseguido. ¿Qué puede haber en esta mierda de libreta que pueda ayudarme con lo mío?
—Antes de nada, tranquilízate. Yo he venido aquí a hacerte una propuesta y para eso necesito que sepas la historia del diario. Sólo tiene unas cuantas páginas, tampoco demasiadas, y lo que te quiero contar está fácilmente resumido ahí. Por favor.
—...Bien.
Se levantó del sillón, cogió el diario y se lo llevó a la cama. Se tiró de espaldas sobre ella intentando no aplastar los cascos y se puso a leer. Garret mientras tanto seguía observando el desorden, pensando en la rabia que tenía que haberle dado no encontrar absolutamente nada acerca de su poder. Unos cinco minutos después se oyó un grito fuera en el pasillo y se giró alarmado, pero al ver que su amigo no reaccionaba, se hundió un poco más en el sillón y tomó unos traguitos pequeños de cacao instantáneo. Al ratito, Ranusa se levantó de la cama y se frotó la cabeza.
—El Mensajero Veloz este tiene el mismo poder que yo, ¿no?
—Sí.
—¿Y por qué? Creía que sólo lo tenía yo. De todos modos, no se menciona que haya muerto. ¿Qué le ha pasado?
—Todo lo derribó junto con Nüne y los drogó. No sé lo que hizo después con ellos, pero supongo que los secuestraría... O los mataría. Probablemente los perjudicara físicamente de algún modo.
—Tú lo conociste, ¿no?
—Sí.
—Y... ¿Era un buen tío?
—Lo era. Tu antecesor, como habrás podido leer.
—Sí. Y... ¿Sabe dónde está Nada?
—Sí. Por eso, si no ha muerto, tenemos que buscarlo. Tenemos que montar la rebelión, Ranusa.
—Ya, ¿pero cómo? Una rebelión no es algo que se haga así porque sí.
—Lo sé. Por eso, primero debemos poner a los otros diez que nos quedan de nuestra parte.
—¿Diez? ¿Ya has hablado con alguien?
—Sí, con Male. Con ella probé el hechizo de invisibilidad y de paso la convencí.
—Genial... A ver, espera, espera, ¿estás hablando de convencer a TODOS?—incrédulo, se sentó de nuevo en el sillón que antes ocupaba—. ¿Y no crees que te pueden mandar a la mierda?
—Por eso el siguiente al que tenemos que convencer es a Malan.
—¿A Malan? ¿Por qué a Malan?
—Porque es un niño y será más fácil.
—No te creas. Si nos ponemos así, habría que intentar convencer primero a Reïk.
—¿Y eso por qué?
—Porque últimamente los he visto muy apegados. Malan no quiere separarse de Reïk para nada, incluso estuvieron jugando juntos al ajedrez en la sesión de entrenamiento libre.
—¿En serio?
—Claro, joder, si los vi yo...
—Bueno, pues iremos a por Reïk. Pero hoy no. Tenemos que tomarnos las cosas con calma, o nos descubrirán rápido.
—¿Entonces cuándo se lo decimos?
—En un par de noches, yo iré.
—Bueno.
—Pues nada... Muchas gracias por haberme escuchado y gracias por unirte.
—A mandar, chaval. ¿Cómo lo hacemos para que vuelvas?
—Me pongo el hechizo de invisibilidad, abro la puerta sólo lo justo para pasar y me voy corriendo a mi cuarto sin hacer ruido.
—Vale. Venga, buenas noches... Ten cuidado.
—Buenas noches, y gracias.
Garret volvió a pronunciar las palabras misteriosas que tan harto estaba de repetir y desapareció. Ranusa observó cómo la puerta se abría ligeramente y luego se cerraba, y se tiró en la cama a escuchar música. Llegado un momento echó el dosel y apagó la luz, sumido en sus pensamientos, y lentamente se fue quedando dormido al ritmo de una balada que ni siquiera se molestó en quitar.

Garret llegó a su cuarto después de haber convencido a Male y a Ranusa de que se unieran a su grupo. Ya eran tres personas, lo cual no estaba nada mal para el primer día. Se puso el pijama y se metió en la cama, tardando en quedarse dormido y dando vueltas sin parar. Más o menos a la una de la madrugada le pareció oír un ruido en el jardín, pero no le prestó atención y, por fin, cayó en un profundo sueño.


Después de que Garret se marchara, Male guardó de nuevo la ocarina en su cajita y la metió en el cajón de la mesilla de noche. Se dirigió al vestidor y se puso un camisón lila que encontró, de seda, ya que la primera noche se quedó dormida nada más llegar, sin cambiarse de ropa, y la segunda no pudo pegar ojo y no se molestó en buscar ropa para dormir. Las mangas eran ablusonadas y tenían un fruncido en el brazo un poco molesto para ella, pero esperó a acostumbrarse y se volvió a sentar en la cama. Sacó su libro de debajo de la almohada y lo llevó al vestidor, ocultándolo de cualquier mirada indiscreta. Aquella vez se había salvado por los pelos, pero no podía seguir corriendo esos riesgos. Suspirando, volvió a la habitación, cogió otro libro de la estantería y se tiró en la cama a leerlo.

Pasaron unos veinte minutos antes de que dejase de leer, agotada, y colocase el libro sobre la mesita de noche. Apagó la luz y echó el dosel, preparándose para dormir, pero una vez colocó la cabeza sobre la mullida almohada, oyó pasos delante de su puerta. Los atribuyó a Garret, que volvía a su cuarto después de hablar con Ranusa, pero se extrañó al ver que se detenían delante de su habitación. Ella se quedó inmóvil, expectante, y finalmente el visitante se dignó a tocar a la puerta. Male se levantó y, descalza, avanzó silenciosamente hasta la entrada de su cuarto. Abrió un poco y observó por la rendija, pero no vio a nadie. Abrió más la puerta para sacar la cabeza y mirar a los lados, sin embargo, tampoco vio nada, así que se volvió a introducir en su cuarto. Cerró con cuidado de no hacer ruido y al darse la vuelta se topó de cara con un chico que la miraba con una sonrisa socarrona, demasiado cerca de ella.
—Bú—dijo el joven, y Male gritó y se cayó al suelo. Enseguida oyó cómo la gente salía de sus cuartos y llamaba a su puerta, alarmados.
—¿¡Male!?—Maite gritaba al otro lado—. ¡Male! ¿Estás bien?
Oía más jaleo, pero era incapaz de moverse. Paralizada, miraba al chico que desde arriba se aguantaba la risa. Éste se ajustó el sombrero y suavemente la ayudó a levantarse.
—Ábrales—susurró—, y dígales que está usted bien. Yo me esconderé.
Y tras eso, corrió hacia el vestidor y se ocultó. Male se arregló un poco el camisón y respondió a la gente, abriéndoles la puerta.
—Eh, hola... Estoy bien. Sólo que tuve una pesadilla y me desperté gritando...—se rascaba la cabeza y miraba somnolienta a Maite y a varias personas más que estaban allí congregadas, entre ellos Reïk, Tarrkiem y Bocha. Justo al acabar la frase llegó Galia con el cubo transformado en un táser. Iba medio dormida y daba tumbos.
—Mnansmññ...
Y se cayó dormida en los brazos de Reïk, que ya estaba preparado para ello. Tarrkiem le quitó el táser de la mano.
—¡Espera, no hagas es...!—comenzó Reïk, pero no llegó a tiempo. Galia se despertó de repente y comenzó a chillar como una loca
—¡¡DEVUÉLVEME MI CUBO, MENDIGO DE MIERDA!!—gritó fuera de sí mientras pataleaba y se retorcía como una lombriz.
Tarrkiem, estupefacto, le devolvió a Galia el táser y ella lo volvió a convertir en cubo, huyendo hacia su habitación como si fuese una cucaracha asustada por la luz.
—¿Pero qué le pasa...?
—Y hablábamos de las enfermedades del Cretino...
—Bueno—intervino Male—, yo estoy bien. No os preocupéis. Y Galia... Bueno, ya se lo preguntáis mañana. Buenas noches...
Y bostezó. A los demás se les pegó y se marcharon también a la cama, excepto Bocha, que le susurró:
—Si necesitas cualquier cosa, lo que sea, nos tienes a mí o a Maite. No te cortes.
—Gracias...
—A mandar.
Y se marchó como los demás. Male no se quedó tranquila hasta que vio el pasillo completamente vacío y en silencio. Se volvió a meter en su cuarto.
—Ya puedes salir, quien seas—dijo, sentándose en la cama.
El joven abrió la puerta y la cerró tras de sí. Se apoyó en un bastón negro que tenía un surco más o menos a la mitad y que rodeaba todo el diámetro. Llevaba una fedora granate a juego con el esmóquin, y el pelo rubio abundante le sobresalía despuntado hacia los lados. Sus ojos verdes la traspasaban y, con la misma sonrisa con la que se lo había encontrado, le habló.
—Tiene usted un libro muy interesante en el vestidor, señorita.
—¿Quién eres?
—Si me presentase ahora, perdería el misterio, ¿no?—se apoyó el bastón al hombro y caminó hasta el lado opuesto de la cama. Se sentó. Male se había girado, intentando adivinar la identidad del muchacho.
—No tengo ganas de misterios. Lo que tengo es sueño y tú me estás molestando. Así que dime cómo te llamas y qué es lo que quieres o ahí tienes la puerta.
—¡Ja, ja, ja! Veo que no se corta usted un pelo. De acuerdo—dejó el bastón al lado de la cama y se quitó los zapatos—. Me llamo Vittorio. Y me sentiría mucho más a gusto si me hiciera el favor de hablarme de usted.
—A mí me gustaría que hicieras precisamente justo lo contrario—se frotó los brazos, en señal de tener frío.
—Bueno, si lo quieres así... No puedo negarme a la petición de una señorita. Male te llamabas, ¿no?
—Sí.
—Bien, me alegra no haberme equivocado—Vittorio se fijó en la joven, que comenzaba a tiritar—. ¿Tienes frío?
—Sí. Este camisón es muy ligero y no hay calefacción.
—Sí hay. Lo que pasa es que el diseño de esta mansión a veces es bastante estúpido y el termostato está un poco escondido, pero todo es cuestión de buscarlo.
Señaló la estantería con la cabeza y Male se levantó. Un tanto encogida, la separó de la pared y a la altura de sus ojos lo vio. Reguló la temperatura y se volvió a sentar en la cama, esta vez del lado de Vittorio.
—De todos modos, ¿cómo has entrado aquí? ¿Has sido tú el que ha llamado a la puerta?
—Sí. Y ese secreto me lo guardaré para mí—le guiñó un ojo y Male se ruborizó ligeramente—. Y verás, te quería contar algo interesante.
—¿El qué?
—Que Todo no es lo que parece.
—Me alegra que me lo confirmes, pero eso no hace más que aumentar mi sensación de inseguridad. Sobretodo porque no puedo ir a ninguna parte sin ser atacada de algún modo.
—Te preocupa tu amigo del lago, ¿no?—cruzó los brazos tras la cabeza y se tumbó de espaldas.
—¿...Cómo sabes eso?—Male se encogió un poco y su rostro reflejó vulnerabilidad.
—He investigado un poco. Además, ya te he dicho que he encontrado tu libro en el vestidor.
—Por el amor de Dios, no se lo digas a nadie—estaba a punto de llorar. Casi se volcó sobre él—. Es lo único que me queda en el mundo y no puedo perderlo. Si alguien se entera de que existe irán a matarlo y me destrozaría por dentro... Por favor...
—Tu secreto está a salvo conmigo—esta vez le sonrió cordialmente—. Y además, eso de que es lo único que te queda es mentira. Has hecho amigos aquí, ¿o no?
—Sí, pero quizá a ellos les pierda también. Quizá me pierdan ellos a mí. Se supone que estamos aquí porque lucharemos llegado un momento, y nadie sabe cómo acabará la historia...
—Si se hace bien no tiene por qué morir nadie. Yo creo que estáis capacitados más que de sobra.
—¿Sí...?
—Pues claro que sí.
—¿Entonces a qué has venido?
—A ofrecerte mi ayuda, claramente.
—¿No dices que somos perfectamente capaces de vencer a Todo?
—Y lo sois. Pero vais a necesitar a alguien que os cuente el panorama alrededor de Todo y sus planes, ¿no?
—...Sí, supongo.
—Pues a eso he venido. Tengo más amigos que también os ayudarán, de diferentes modos. Pero de momento es peligroso que se junten con vosotros, así que yo me encargaré de todo. Es mucho más discreto que sólo haya uno que veinte.
—¿Tantos sois?
—No, pero podemos llegar a hacer el mismo ruido. Eso sí, de momento no se lo digas a nadie. Será nuestro pequeño secreto—se incorporó, le dio un toquecito en la nariz con el dedo índice y se rió—. ¿Vale, preciosa?
—Eh... Vale...
—Bien. Si necesitas ayuda, llámame y yo acudiré. Ahora me tengo que marchar.
Mientras él se ponía los zapatos, Male se levantó con el propósito de acompañarle hasta la puerta, pero él, tras acabar de atarse el cordón, se dirigió a la ventana, lentamente y desperezándose.
—Prefiero salir por aquí, si no te importa.
Sorprendida, Male se volvió hacia el gran ventanal, descorrió las cortinas y lo abrió. Vittorio saltó al marco de la ventana y de ahí al vacío. Ella contuvo una exclamación mientras lo veía caer, con el corazón en la garganta, pero el muchacho aterrizó limpiamente y de forma elegante. Se ajustó ligeramente la chaqueta, se quitó el sombrero para despedirse de Male y se marchó andando, balanceando el bastón de adelante a atrás. Se perdió en la oscuridad y ella cerró la ventana y las cortinas de nuevo. Tras eso, se tumbó en la cama y apagó la luz, quedándose dormida justo nada más cerrar los ojos. Soñó con Vittorio en el lago, acariciando a su criatura mientras ella alejaba a los asquerosos zombies que los atacaban. También soñó que acababa con todos ellos y que se bañaba de nuevo junto a su amigo el monstruo, y que no había nadie que fuera capaz de perturbar aquella paz que la inundaba por dentro ni aquella felicidad que estallaba a cada risa que lanzaba desde su pecho.
La alegría se reflejaba en los cristales del bosque, y Vittorio la observaba, con semblante tranquilo, mientras cuidaba de sus cosas sentado en una de las raíces del sauce llorón, oculto tras las ramas que rozaban el agua al compás de los latidos del enorme dios submarino y la bella muchacha que buceaba y sentía el frío helado de la noche en las venas.

Ella dormía plácidamente en su lecho de seda y algodón. Ya no tenía miedo, porque acababa de descubrir que tenía a los más poderosos aliados. Y nunca más estaría sola...  

viernes, 8 de agosto de 2014

Cap. XV - El primer día de entrenamiento (2ª parte)

—¡No, Bocha, así no! Si sólo invocas espadas normales y espadas ardientes, será muy fácil eliminarte en una batalla. Tienes que intentar sacar al menos la de agua.
—¿Y cómo lo hago? ¡Me estoy poniendo nervioso!
—Tranquilízate, lo primero. Estoy segura de que la facilidad que tienes para invocar espadas ardientes es porque de algún modo tu energía está siempre sobreelevada. ¿Qué es lo que tienes en mente? ¿Para qué luchas?
—Para vengarme del asesino de mi mejor amigo.
—Entonces es normal que sientas esa rabia. Para sacar las espadas de agua tendrás que calmarte. El agua simboliza la tranquilidad, lo frío y lo sereno. La energía del agua es un flujo continuo y controlado, así que vas a tener que aprender a dominar tu energía si quieres invocarla. Comenzaremos por unos estiramientos...
Bocha y Bego practicaban y practicaban el estilo de lucha de la invocación de espadas, pero era inútil: Bocha era muy complicado de manejar como estudiante. Se frustraba porque no conseguía sacar lo que su maestra le pedía, y lo iba haciendo todo cada vez peor.
Tras haber estado dos horas practicando estiramientos y la respiración, Bego se acercó a él y le cogió de los brazos, suavemente, para recolocarle la postura. Él se puso muy nervioso y comenzó a sudar, cosa que ella notó enseguida y que le hizo mucha gracia.
—Vale, Bocha. Ahora que ya dominas las respiraciones y los estiramientos, es hora de que veamos si has avanzado en el control de tu energía. ¿Cómo te sientes?
—Estoy cansado.
—Aparte.
—Pues...—respiró hondo—, siento paz. Sin embargo hay algo todavía que me molesta...
—¿Y qué es?
—No lo sé.
—Bueno. Probemos a ver si ahora invocas las espadas.
Bocha se puso en la posición que Bego le había indicado, respiró hondo y alzó la mano. Salió una espada normal, que voló disparada en dirección a Bego. Esta la esquivó rápida y con elegancia.
—¡Ay! ¡Lo siento mucho, Bego!
—No, no te preocupes. No pasa nada—miró hastiada a Bocha. Ya no le hacía tanta gracia la atracción que él sentía hacia ella...


—A ver, Cretino...
—Que no me llamo así...
—Que me la sopla... Me han contado lo de tu rabieta con el policía. ¿Qué hiciste exactamente?
—Le cogí del cuello y lo tiré al suelo. Después, me lo imaginé aplastado, y no sé muy bien cómo, le di un pisotón en la cabeza que se la atravesó.
—¿Cómo te sentiste?
—Poderoso. Me imaginé que mi pie era un martillo grande y de repente tenía sesos en mis zapatillas.
—Qué puto asco, joder. Bueno, veamos si puedes hacer lo mismo con esos melones—su profesor, Draves, le señaló varias piezas de esta fruta que había sobre una mesa.
Cretino se acercó, cogió un melón, lo colocó en el suelo e imaginó lo mismo que con el policía. Draves sintió que el aire se hacía más denso y vio cómo su alumno aplastaba el melón con el pie.
—Muy bien, figura—le señaló las manos—. Ahora a ver si puedes hacer lo mismo con las manos.
Esta vez, el joven no cogió el melón. Cerró la mano en un puño e imaginó que era un gran mazo. El aire se volvió pesado de nuevo y él volvió a aplastar la fruta.
—Estupendo, chaval. Ahora vamos a practicarlo en movimiento.


—¿Y bien, Galia? ¿Cómo te sientes con tu poder?
—Me gusta...
—Ahá... Vale, voy a ponerte varias pruebas. Consisten en dominar diferentes cantidades de artefactos electrónicos o mecánicos. No necesitamos que las pases todas hoy, tan solo las que puedas antes de sentirte agotada. Es básicamente para ampliar tu resistencia y tu ratio de control. ¿Preparada?
—Sí.
—Allá vamos, pues—MDM, la tutora de Galia, apretó un botón, y varios juguetes con forma de robot se encendieron.
Galia los miró fijamente. Le brillaron los ojos durante un instante y entonces empezaron a moverse de la forma que ella decía.
—Derecha. Izquierda. Izquierda. Izquierda. Derecha.
MDM apagó los robots y pasó a la siguiente prueba: dominar una sala de veinte ordenadores. Galia pasó esa y las siguientes pruebas sin problemas, hasta que llegó a la décimo primera. Esta consistía en dominar varios aviones de combate. Galia pudo encender dos y controlarlos con facilidad, pero cuando añadió el tercero y el cuarto, empezó a darle pinchazos la cabeza. Gritó de pánico y dolor, y los aviones explotaron. MDM la miró y dijo:
—Lo has hecho muy bien. Mañana continuaremos, de momento, descansa.


Garret se defendía muy bien con la espada de estoque, sin embargo, todavía era un poco novato en lo de encantar su arma con los hechizos.
—Bien—dijo Kay, poniendo los brazos en jarras—, lo que te voy a pedir es muy sencillo: vas a encantar la espada con el brillo azul celeste.
—¿El encantamiento del hielo?
—Precisamente.
—Pero ese no lo domino bien...
—Para eso estamos dando clases, ¿no? Para que lo domines. Venga.
Garret pronunció unas palabras en un idioma desconocido mientras se ponía en posición de combate. La espada comenzó a brillar en un tono azul celeste, como se suponía que debía ser, pero cuando fue a por el objetivo, el encantamiento se rompió y Garret tuvo que lanzar la espada.
—...Otra vez—dijo Kay, tranquilamente.
Garret lo intentó más veces, fallando todas. Ese hechizo era el que menos le gustaba: prefería el brillo rojo. Kay observó la mecánica que tenía Garret y a la octava vez que intentó el hechizo y fracasó lo detuvo.
—Prueba a poner la espada de otra manera. O sea, en lugar de atacar con la espada por delante, prueba a avanzar tú antes que la espada.
—...A ver.
Esta vez, Garret encantó la espada y se lanzó primero con el cuerpo, manteniéndola a su lado en horizontal. Impactó en el objetivo y lo congeló.
—¡Ha funcionado!
—Claro que ha funcionado. ¿Acaso esperabas otra cosa?
—Pues no sé.
—Da igual. Sigue practicando, que tu estilo en esa posición es todavía muy tosco.


—O sea, que tu poder es ahogar a la gente a distancia...
—Más o menos... Puedo separar los átomos de los diferentes gases que hay en el aire y destruirlos o reunirlos en un mismo punto.
—Curioso... Mira, vamos a hacer una cosa. Más o menos, ¿hasta qué distancia puedes utilizar tu poder?
—Unos veinte metros.
—Pues vamos a ampliar ese ratio. Yo me voy a poner ahora a veinticinco metros, y tú vas a concentrarte y a forzar tu poder.
—Me va a doler...
—Sin sufrimiento no hay resultados. ¡Venga!
Nerea sacó un cuentakilómetros y marcó la opción de metros. Se fue corriendo y paró cuando el aparato le marcó veinticinco.
—¡Ya puedes!
Joel, con disgusto, miró fijamente a Nerea y se concentró. Empezó a manejar su poder. Cuando intentó llevarlo más lejos del límite, la cabeza y los pulmones comenzaron a dolerle y arderle. Sufriendo, siguió intentándolo, hasta que Nerea comenzó a notar que le costaba respirar. Cuando se fijó en que ya no le quedaba apenas oxígeno, le hizo una señal a Joel y este se detuvo. Cayó desmayado al suelo.
—Vaya—dijo ella, acercándose fatigada—, tendremos que empezar con algo más suave.


—¡Bien, Maite!—comenzó Cati, su maestra—. ¿En cuántos animales has conseguido transformarte?
—Unos veinte.
—Bien. Si te enseñase una foto de un animal en el que no te hubieras transformado, ¿serías capaz de imitarlo?
—No lo sé, nunca lo he intentado. Siempre los he visto en directo.
—Bueno. Probemos de todos modos.
Cati sacó de un pequeño maletín un montón de tarjetas plastificadas con figuras de animales. Sin embargo, lo primero que le enseñó fue una hidra de tres cabezas, como en la mitología griega.
Maite se quedó pasmada durante un momento. Cuando se recuperó, trató de concentrarse y dio pie a la transformación. No salió bien. En lugar de una hidra de tres cabezas, se había transformado en una morena de una sola, que coleteaba en el suelo. Volvió a transformarse, respirando pesadamente.
—Vamos a tener que intentar cosas más sencillas—dijo Cati, un tanto molesta.
—Pues va a ser que sí...


—¡Bueno, Malan!—dijo Ailee—. ¿Qué quieres hacer primero?
Malan la miró a los ojos y, con un destello de luz, contactó con la mente de la joven. Ella quedó en un estado como de sonambulismo.
—Dame chocolate caliente y un gran abrazo.
—Sí, mi señor.
Y ella le trajo chocolate caliente y le dio un abrazo de oso. Malan, satisfecho, sonreía y se reía como el niño pequeño que era.
—¡Al final esto va a ser más divertido de lo que me imaginaba!


El tutor de Male, Varo, se sentó en una silla a tocar la guitarra. Male se quedó de brazos cruzados, mirándole desconcertada.
—Esto... ¿Qué haces?
—Afino la guitarra.
—¿Por qué? ¿No se supone que me tienes que enseñar?
—Ahá. Hmm... Ya está. Suena bien. Ponte ahí—y le señaló un punto de la estancia—. Vamos a probar algo.
Male se puso en el punto que le habían señalado. Varo se levantó y comenzó tocando unos acordes.
—Cuando yo entre más deprisa, tú levantarás el agua del vaso que hay allá lejos y la traerás moviéndola de lado a lado como si fueras un metrónomo, marcando el ritmo de mi canción. ¿Lista?
—A ver, a ver—Male le detuvo—, lo de traer agua lo domino. Lo que no domino tanto es lo de crear hielo.
—Hielo, ¿eh? Vale. Ven aquí y siéntate aquí conmigo—le ofreció una silla a su lado y ella se sentó—. ¿En qué estado de ánimo sueles estar cuando controlas el agua?
—Tranquila, supongo. Aunque de normal cuando me atacan me pongo nerviosa.
—Sí. Pero yo me refiero a cómo fluye tu energía.
—...Como un río supongo. Hace tiempo que también dominé eso.
—Bien, una cosa menos que explicarte. Pues verás: para crear hielo, tienes que endurecer ese río y transformarlo en un glaciar.
—¿Y cómo hago eso?
—Visualizando y controlándote mentalmente. ¿Conoces el tai-chi?
—Ahá.
—Bien. Pues vamos a utilizar los movimientos de este arte marcial para controlar el agua y congelarla. Necesitaremos movimientos rápidos y decididos. Angulosos, como el hielo. Trae el agua del vaso.
Male sacó la varita de plata que llevaba en el cinturón y atrajo el agua. Una vez la tuvo cerca, Varo la cogió de la muñeca.
—¡Sigue controlando el agua pase lo que pase! Y recuerda, ¡firmeza!
Y le movió el brazo de arriba a abajo. Male se dejó llevar, pero terminó el movimiento ella. El agua se congeló, formando una estaca de hielo.
—¡Muy bien! Ahora vas a aprender a darle forma.


—¿Pero quieres hacerme caso de una vez? Tienes que aprender a volar con sigilo, ¡y no tienes ni idea!
—No me caes bien, Ivanov. Asqueroso.
—No se trata de que te caiga bien o no. Soy tu profesor y harás lo que yo te diga.
—¿Quieres que vuele con sigilo? ¡Pues cierra los ojos y lo haré!
—Más te vale., Penesan. Más te vale.
Ivanov cerró los ojos y ella se levantó del suelo. Rápida pero silenciosamente, pasó al lado de su profesor varias veces y se marchó volando. Al cabo del rato, el tutor abrió los ojos y, al ver que su alumna había desaparecido, montó en cólera.
—¡¡Pero será hija de puta, la tía cabrona esta...!!


—Ranusa, mi cara no es un jodido chiste. Para ya.
—¡Lo siento, Juanma, es que...! JA, JA, JA, JA, JA.
Ranusa se revolcaba por el suelo de la risa. Habían estado practicando la aceleración de partes aisladas del cuerpo cuando él atacó de broma a su profesor y lo asustó.
—Bueno, al menos vas a salir de aquí sabiendo algo más.
Juanma dio por hecho que su alumno se negaba a dar más clase y se sentó a jugar al solitario con una baraja de cartas que sacó del bolsillo.


—¿Y qué me vas a enseñar? Porque yo he practicado mucho en mi casa. Sé todo lo que puedo saber acerca del futuro.
—Sí, pero tienes un método de verlo demasiado desordenado—Marie le hablaba a Reïk sin mirarle a la cara, para desgracia suya—. Si pudieras ver una especie de “archivo” donde están almacenadas todas las posibilidades de las decisiones, una en cada carpeta, podrías escoger la que quisieras y ver sólo esa, en lugar de tener que pensar en cada acción para ver el resultado.
—Estoy contento con mi manera de ejecutar mi poder... ¿No podemos jugar al ajedrez? Si lo que quieres es que mejore mi mente para estrategia...
—Bueno, por qué no.
Y comenzaron a jugar al ajedrez. Partida tras partida, Marie se ponía más y más nerviosa, ya que no dejaba de perder. Al final, se rindió.
—En fin, como ya veo que no dejas de ganarme, creo que te buscaré un contrincante más adecuado a tu nivel.
—Jej...


—¿¡Y AHORA ME ENSEÑAS TU ESPADA!?
—QUE ES UN MACHETE, JODER.
—Bueno, puedes cambiarle la forma, así que me dirás tú qué importa cómo lo llames.
—...¿Quieres que te enseñe lo que sé hacer?
—Sí.
Tarrkiem sacó el machete y le cambió de forma a escudo, espada, lanza, daga y un bumerán.
—¡Impresionante!—dijo Evan—. ¿Puedes transformarlo en líquido?
—Pues ahora que lo dices...—lo intentó y no le salió. Se le cayó el machete al suelo—. No.
—Ya tenemos una cosa que practicar. Concéntrate.
Al cabo del rato seguían en las mismas. Tarrkiem se desesperó y se fue dando un portazo.
—Bueno, pues nada—dijo Evan con los brazos en jarras.


—¡Muy bien, Thorgio!—Gimlo hablaba con una voz chillona insoportable que hacía que el pobre alumno se pusiera de los nervios—. ¿Cuántas copias eres capaz de lanzar a la vez?
—Dos.
—¡Intenta tres!
—Sí, ya.
—¡Que sí! ¡Vamos!
Thorgio bufó y se concentró. Se dividió en dos y luego, forzándose, en cuatro. Pero las copias explotaron enseguida y no funcionó.
—¡Sigue practicando!—y el profesor se marchó de la sala.
—Pero qué mierda me estás contando...
Thorgio se quedó solo en la habitación, sin profesor. Como no tenía nada mejor que hacer, practicó como el enano con voz de teletubbie le había dicho y al final de las cuatro horas era capaz de aguantar las cuatro copias durante veinte minutos sin explotar. Cuando Gimlo volvió, Thorgio le cogió del pecho.
—¿Dónde estabas, enano cabrón? Me has tenido aquí haciendo el gilipollas durante cuatro putas horas para irte de cervezas. Espero que me lo compenses rápido porque si no voy a hacer zumo de tomate con tu cabeza.
—¡Sí, me he marchado por ahí! ¿Pero a que mi consejo te ha valido? ¿Eh?
—...Vete a tomar por el culo.
Y Thorgio se ajustó la capa y se fue.


Garret salió derrotado de su entrenamiento, justo como todos los demás excepto Reïk, Malan, Ranusa y Penesan, que salieron felices como unas castañuelas. Se fueron juntos a comer y, tras un silencio sepulcral en la mesa, volvieron a la base subterránea. Male, Garret, Bocha y Maite se sentaron juntos a esperar a que comenzara el turno de tarde, y cuando éste lo hizo, se separaron. Male y Garret se quedaron juntos, ya que él no sabía muy bien lo que hacer y sentía curiosidad por lo que su amiga era capaz de lograr.
—¿Cuál dices que era tu poder?
—Puedo controlar los líquidos: moverlos, congelarlos, evaporarlos... Hay algunas cosas que me cuestan más, como congelarlos, pero Varo me ha enseñado a hacerlo de forma rápida y a darles forma de lo que yo quiera.
—¿Como qué, por ejemplo?
Male sacó su varita y, con unos movimientos dignos del mejor director de orquesta, sacó el líquido de las botellas de bebida isotónica. Con unos trazos muy veloces, creó una espada angulosa y bella, que relucía en tonos azulados y violáceos bajo las luces del búnker. La cogió del aire con la mano enguantada y lanzó unas estocadas.
—¿Ves?
—Guau, es preciosa...
—¿A que sí? También puedo crear otras cosas, pero esto es lo más sencillo de momento.
—Impresionante. Y una duda, ¿cómo es que no se te resbala de la mano?
—Sólo se resbala si comienza a fundirse, y yo la mantengo congelada todo el tiempo. Por otra parte, estos guantes son antideslizantes, además de no dejar traspasar el calor humano.
—Pues tendrás toda la mano sudada.
—En realidad no. Transpira bien.
—Vaya.
Se acercaron a Vec, y Male le explicó que quería aprender a manejar esa espada. Comenzaron la clase, y mientras tanto, Garret buscó a Ranusa. Miró por todos lados y lo encontró sentado tomando una bebida isotónica.
—Hola, Ranusa.
—¡Hey, Garret! ¿Qué te trae por aquí?
—Verás... Esta noche necesito hablar contigo. Iré a tu habitación a las 11:30, así que asegúrate de estar ahí cuando llegue yo. Ah, y deja la puerta abierta, así no tendré que tocar.
—Como quieras—dio un trago—, pero no lo entiendo. ¿De qué me quieres hablar?
—Te lo diré esta noche, pero no le digas a nadie que hemos quedado. Es un secreto de Estado, ¿me oyes?
—Sí, pesado... Va, vete a entrenar un poco.
—¿Tú no lo haces?
—Nah, no hay nada aquí que me pueda servir.
—Igual manejar algún tipo de daga o...
—Sí, bueno, me estaba planteando eso, pero es que tampoco me apetece levantarme...
—Eres un puto vago.
—Ya ves. Venga, tira—y le hizo un gesto con la cabeza.
Y así, quedaron para la noche. El resto del día transcurrió de forma pacífica, con la mayor parte de la gente practicando y aprendiendo cosas nuevas, y cuando acabaron, se fueron todos a sus habitaciones, derrotados por el cansancio. Garret miró el reloj: las siete y media. Tenía cuatro horas para ducharse, ponerse ropa cómoda para poner en práctica su plan, cenar, alternar si acaso un poco con alguno de sus amigos y acudir a la habitación de Ranusa.
Llenó la bañera, se desnudó y se relajó, dejando que el agua caliente evaporase el cansancio y la sensación de suciedad. Una vez limpio y a gusto, sacó un librito del maletín de las espadas y buscó el encantamiento de invisibilidad.
Estuvo practicando con ese encantamiento hasta que tuvo la certeza de que nadie podría descubrirlo en un viaje hasta el cuarto de Ranusa, y justo al acabar Hina le trajo la cena. Eran huevos rellenos de atún, tomate y mayonesa. Se sentó en la mesita de café vestido de manga corta y bermudas mientras miraba desesperado el reloj. Las nueve y media. Aún quedaban dos horas para la cita. Cuando terminó, a las diez, se cambió de ropa y probó el hechizo de invisibilidad. Salió al pasillo y fue a la habitación de Male, a la cual también quería convencer del plan de su padre.

Llamó discretamente a la puerta. Male se acercó, quitó el cerrojo y acto seguido abrió un poco. No vio a nadie. Intentó cerrar, pero Garret puso el pie en el hueco y se lo impidió.
—Male—susurró—, soy yo, Garret. Abre.
Male, desconcertada, abrió más la puerta y luego la volvió a cerrar. Oyó unas palabras en un idioma extraño y vio aparecer a Garret, que la miraba contento.
—¿Has visto? ¡El encantamiento de invisibilidad funciona!
—Ya, ya lo veo...—fue a su cama y metió un libro de tapas negras bajo la almohada—, ¿qué te trae por aquí?
—Quería hablar contigo sobre una cosa... En privado. Por eso he venido. ¿Esperas a alguien?
—En realidad, no. No, estaba leyendo...
—¿Sí? ¿El qué?
—No, nada, una cosilla que me he encontrado en la bibliotequita esta... Bueno, dime. ¿Qué me querías decir?
—Antes que nada, quería asegurarme: ¿tú confías en Todo?
—Supongo que sí... ¿Por qué?
—Porque yo no.
—¿Y eso?
—Verás...—Garret sacó el diario de su padre—. Quiero que leas esto.
—¿Qué es?
—El diario de mi padre...
Male se sentó en uno de los sillones negro y cobalto de la habitación. Eran igual de bajitos que los del cuarto de Garret. Él se sentó en el que ella tenía al lado y se sirvió una taza de té caliente. Sabía a cereza.
—Hm, este té está muy rico...
—Lo pedí expresamente...
Estaba concentrada en la lectura, así que él decidió no molestar más. Se bebió el té tranquilamente y cuando lo acabó se sirvió otra vez. Miró el reloj: las diez y media. Todavía tenía tiempo.
Al cabo del rato, Male terminó. Cerró el diario y se sirvió té ella también.
—¿Y bien?
—Así que Todo no es lo que parece... ¿Y qué pretende entonces?
—Yo creo que es probable que tergiversara todo el asunto y pusiese a Nada como la mala. ¿Y si es él el que pretende apoderarse del Espacio?
—Sí, bueno, pero no estamos seguros. La única prueba que tenemos es el diario de tu padre...
—Como has podido leer, mi padre estaba relacionado con otros dos hombres—explicó Garret—: el Mensajero Veloz y Nüne. Tengo la fuerte sospecha de que el Mensajero Veloz es el ancestro de Ranusa, y pretendo hablar con él esta noche para intentar convencerle. De hecho, tal y como pone ahí, es uno de los primeros con los que tengo que hablar.
—¿Entonces por qué hablas primero conmigo?
—Porque confío en ti. Además, he quedado con él a las once y media. Me sobra tiempo.
—Ya veo... ¿Y qué habría que hacer?
—Habría que crear una rebelión el día del ataque a Nada. Además, quisiera comunicarme con ella antes de que eso ocurriera, porque mi padre confiaba en nuestra fuerza pero yo no estoy seguro de que podamos contra Todo.
—Espera, ¿tu padre ya contaba con que aceptaríamos todos?
—Sí, eso creo.
—Pues no sé yo, eh. Thorgio por ejemplo, o incluso Joel...
—No me preocupan. De hecho yo pensaba que me costarían más Penesan y Tarrkiem.
—Ya...
—Entonces, ¿aceptas?
—Sí, me imagino. Tampoco es que me caiga muy bien Todo. Me da malas vibraciones...
—¡Genial!
—¡Shhh, no grites, loco!—Male, alarmada, hizo gestos con las manos de que bajara la voz.
—Es verdad, es verdad... Bueno, a ver qué hora es... Las once y cuarto. Me quedan quince minutos. ¿Qué estabas leyendo? Quiero verlo—se levantó del asiento y fue hacia la cama, donde había visto que Male escondía el libro.
—En realidad no creo que...
—¡Venga! ¿O acaso tienes otra cosa mejor que enseñarme?
—¡De hecho, sí!—corrió hacia su vestidor y sacó un bolso de bandolera de color negro y plateado. Lo puso encima de la cama y rebuscó dentro—. A ver... Aquí está.
Sacó una cajita de madera azul oscura y la abrió con una llave que llevaba colgada en el cuello. El contenido de la cajita resultó ser una ocarina de cristal azul. Male se sentó con ella en la mano.
—Es preciosa.
—Sí, ¿verdad? Es un recuerdo de familia.
—¿Qué ha sido de ella después de venir aquí?
—En realidad, murieron en un accidente hace mucho tiempo. Esto estaba en mi casa, concretamente en mi cama, cuando llegué. Era un regalo de cumpleaños atrasado que me dejaron antes de marcharse en coche hacia ni me acuerdo dónde...
—Lo siento mucho...—Garret vio cómo se le humedecían los ojos. Sintió el impulso de darle un abrazo, pero no supo lo que hacer.
—En realidad, no pasa nada. Fue hace mucho tiempo—con un movimiento de dedos ligero como una brisa se sacó las lágrimas de los ojos y las vaporizó en el aire—. Cuando me enteré de lo que les había pasado, cogí todo lo que me importaba, lo metí en el bolso y me largué... Y acabé viviendo en un lago perdido de la mano de Dios con la única compañía de los peces, los ratones y los pájaros.
—Eso es triste.
—Sí, supongo... Da igual—se dio dos palmadas en la cara y volvió a sonreír—. ¿Quieres que toque algo?
—Ah, ¿la sabes tocar?
—Claro, aprendí sola en el bosque.
—¡Pues adelante!
Male se puso la boquilla en los labios, cerró los ojos, colocó los dedos y suspiró. Comenzó a tocar una suave melodía, cautivadora, que a Garret le recordó a un antiguo templo en las montañas.
Miró el reloj: las 11:30. Dejó que Male terminase de tocar la canción y se levantó.
—Tocas de maravilla, que lo sepas—y le dirigió una gran sonrisa—, pero tengo que irme ya.
—Ah, vale. ¡Buenas noches! Suerte con lo de Ranusa.
—¡Gracias! Descansa.

Así, Garret volvió a pronunciar el encantamiento de invisibilidad. Desapareció de la vista de Male, abrió la puerta con cuidado y fue hacia la habitación de Ranusa. La puerta estaba abierta, y una luz cálida se escapaba hacia el exterior.