domingo, 3 de agosto de 2014

Capítulo XIII

09-09-1866

Ha llegado el gran día. Hace aproximadamente un año le conté a mi hijo que me moría, y mañana ya no estaré en este mundo. Y entonces será cuando Todo vendrá a por mi hijo, porque si ha venido a por nosotros ya con el ataque del tipo de las columnas de aire eso quiere decir que sabe de sobra mi condición. Parece que ya ha masacrado a todos los que podía masacrar de todos modos, incluido el herrero que me dijo que estaba reuniendo el ejército. Ah, y la cazadora aquella, que estaba obsesionada con la música. Sólo quedamos Nüne, el Mensajero Veloz y yo, y cuando yo muera y él tenga a mi hijo, no tardará en deshacerse de ambos. O al menos lo intentará. Son los más habilidosos sin duda y son capaces de huir por su propia cuenta, y cuidar de mi mujer. Confío completamente en ellos.

Ya siento que me fallan las fuerzas. Se me cierran los ojos y no tengo hambre. Tampoco tengo sed y los miembros no me responden apenas. Supongo que la despedida está cerca. Ya le he dicho al Mensajero Veloz que en cuanto me vea cerrar los ojos y deje de respirar, me quite el diario y se lo entregue a mi hijo.

Hijo, sé que leerás esto. Sé que hace mucho tiempo que no hablamos de padre a hijo, y espero que eso no te haya causado resentimientos. Te quiero mucho, y siempre te querré, allá donde vaya. No importa si es al cielo, o al infierno. Quiero que te cuides, y espero que mamá sobreviva a los ataques para que cuando acabe esta guerra podáis vivir lo que os quede de vida en paz, juntos.

Sé que harás multitud de amigos en los reclutamientos (de eso se trata, de hecho). Me alegra saber que tendrás gente en la que te puedas apoyar como yo lo he hecho en Nüne y el Mensajero. No hay nada más valioso que la amistad, y más en estos momentos.

Otra cosa más: no llores por mi pérdida. Si no hubiera muerto de esta forma, habría sido Todo el asesino, y entonces las cosas habrían ido mucho peor, créeme. En los reclutamientos también conocerás personas que hayan perdido a sus familias, a sus amigos, y todo lo que tenían. Acuérdate de que la vida humana es tan frágil como las volutas de humo: un leve soplo y se desvanece. No puedes permitir que eso pase más. Hemos sufrido demasiado.

Nunca se me dieron bien las despedidas... Y me estoy extendiendo demasiado. Sólo quiero que sepas que siempre estaré ahí, que confío ciegamente en ti, y que te quiero con toda mi alma. Eso es todo.

Buena suerte, hijo mío.


Capítulo XIII: El último espadachín

El muchacho volvía a la cabaña con un montón de ramitas y hojas secas entre los brazos, sin embargo, el porte señorial y la elegancia con la que se movía hacían que a primera vista lo que llevaba en brazos pareciese un pequeño animal en lugar de alimento para el fuego, como si se tratase de un príncipe camuflado en un callejón lleno de mendigos.
Dirigía la mirada triste hacia el mar, observando el atardecer, cuando notó por el rabillo del ojo que algo se movía detrás de él. Soltó las ramas y se giró rápidamente. A pesar de no llevar su arma en estos momentos, todavía tenía los sortilegios y encantamientos de su parte, y no necesitaba más que poder hablar para invocarlos y volverse letal. Miró fieramente al hombre gordo y grande que, detrás de él y con una máscara puesta, parecía burlarse de su capacidad para lidiar con conflictos físicos.
—¿¡Quién es usted!? ¡Identifíquese!—el joven proyectó la voz y llenó la playa con su tono autoritario.
—No vengo a hacerte daño... Creo que vas a tener suficiente por hoy.
—No sé de qué está hablando.
—¿No tenías un padre moribundo...?
El muchacho se quedó blanco como el marfil y salió disparado hacia la cabaña, corriendo como podía por la arena resbaladiza. Al ver que avanzaba muy poco corriendo de esa manera, levantó la mano derecha y gritó unas palabras, las cuales provocaron que su mano comenzara a brillar, volviendo la arena suelo firme por el que poder correr con facilidad. Una vez llegó a la cabaña, sudando y respirando fuerte, abrió la puerta con ímpetu y descubrió que su padre había muerto.

Se derrumbó. Cayó de rodillas en el suelo de madera, mientras veía cómo su padre era tapado hasta la cabeza con la sábana que lo cubría. El rostro pálido y sus ojos cerrados no presentaban signo alguno de vida, y cuando desapareció completamente tras la sábana, agarrada firmemente por la mano del Mensajero Veloz, rompió a llorar cual niño pequeño.
—Papá... ¡Papá!—entre hipos y lágrimas, el joven se fue agachando hasta quedar reducido a una bola de ropa y pelo que, tirada en el suelo, se lamentaba la muerte de su amado progenitor.
El Mensajero Veloz se acercó a consolarle y a darle lo que su padre le había guardado: un diario. El muchacho se levantó un poco, sorbió los mocos, se limpió las lágrimas todavía hipando y recogió el librito de tapas duras y rudimentarias, con el papel amarillo manchado de tinta en algunos lugares.
—G-gracias...
—No hay de qué.
En aquel momento llegó Nüne con varias bolsas de provisiones. Cuando vio la sábana que cubría al difunto y al muchacho en el suelo, rápidamente las dejó sobre una mesita y fue a atender al hijo de su amigo.
—Todo va a salir bien...
—No...
—Sí. Créeme, todo va a estar bien...
—Opino lo mismo que el joven—una tercera voz sonó desde la puerta. Era tan familiar para los dos adultos de la sala que un escalofrío les recorrió la espalda—. No va a salir bien.
—¡Todo!—Nüne le miró furioso—. Si crees que vas a poder llevarte al niño, estás muy equivocado. ¡Tendrás que pasar por encima de mi cadáver!
—¡Y por encima del mío!—el Mensajero Veloz saltó y se puso en guardia.
—¡Ja, ja, ja! Sois tan graciosos los dos... No sois rivales para mí.
Todo extendió su mano izquierda, mientras con la derecha se quitaba la máscara. La barba recortada a la perfección brilló plateada bajo los destellos del sol poniente, y sus ojos resplandecían con un brillo sádico y malévolo. Una onda expansiva mandó a los dos guerreros hacia atrás, dejándolos aturdidos, y con un movimiento resuelto de la misma mano de la que procedía la onda, Todo invocó una pequeña daga. Se acercó lentamente hacia sus enemigos, por delante del aterrorizado joven, que con los ojos como platos observaba la escena, paralizado de horror.
Lo siguiente que vio el muchacho fue cómo Todo se detenía frente a sus cuidadores y lanzaba la daga al suelo, con una risa maligna brotando de su pecho.
—¿Creíais que esto se iba a terminar tan pronto? ¡Já! Vosotros, sirvientes de mi mayor enemigo, habéis traicionado a vuestro propio alumno, sacrificándoos y dejándolo solo ante la vida. ¿Y su madre? ¿Acaso huyó de mi presencia antes de que su amado marido falleciera? ¡Já já! Por esta vez os perdonaré la vida, sucios perros, pero no creáis que a la próxima seré igual de considerado.
Entonces, Todo sacó dos jeringuillas de su bolsillo y les inyectó su contenido a los dos guerreros que, perdiendo la consciencia, murmuraron unas palabras incomprensibles.
—Bueno, una cosa que ya está... Al menos este par no dará problemas en un tiempo. Y en cuanto a ti—se giró hacia el joven—, necesito pedirte un favor.
—Qué es lo que quiere de mí...
—Necesito que me ayudes a derrotar a la persona que lavó el cerebro a estos traidores y a tu padre. Todos estaban bajo el sortilegio de una poderosa maga que habita en un lugar fuera de mi alcance, y que planeaba acabar con mi vida a base de intentar llevarse a mis servidores y obligarles a que me tendieran emboscadas y trampas. Pero no fue capaz. Acabé con ellos tan rápido que ni siquiera se lo vieron venir—suspiró—. Pero tú... Tú eres diferente. A ti se te puede cambiar. A ti no te han hechizado.
—...
—Esto es bastante injusto—Todo miró entonces hacia el cuerpo inerte de su antiguo servidor—. Tu padre no se merecía morir así. Mientras estuvo bajo mi servicio fue un gran hombre... Honorable, valiente e inteligente. Se merece que le entierren con todos los honores, ¿no crees?
—S-sí...
—Bien. Entonces me lo llevaré y organizaré un bonito entierro para él. Querrás estar presente, ¿no es así?
—Sí...
—Bien. Entonces ven conmigo.
—¿A dónde vamos...?
—A mi mansión. Hace poco comencé a reclutar nuevos servidores, y lo mantuve como el más alto secreto. Y ni tu padre ni nadie podían saberlo, porque jamás alguien que hubiera visto a mis nuevos aliados salió con vida de mi hogar. Ahora, levántate—le cogió de la mano y le ayudó a levantarse—, y recoge tus cosas. Te espero fuera.
—¿Y mi padre?
—Se lo llevarán mis esclavos. Venga, venga, no tardes...
Y con eso, Todo salió de la cabaña. El muchacho recogió entonces todas sus pertenencias (varios tipos de espada que guardó en un largo maletín, el diario de su padre y a su pequeño ratón) y salió.
—Ya estoy.
—¿Eso es todo lo que te llevas?
—Esto es todo lo que tengo.
—De acuerdo. ¿Tu nombre es...?
—Garret.
—El portador de la lanza...
—Así es.
—De acuerdo. Marchémonos, Garret.
Y, con un movimiento de mano en vertical, abrió un portal. Y a través de la puerta que cruzaban, se veía un hermoso jardín bañado por la luz del crepúsculo.

sábado, 2 de agosto de 2014

Capítulo XII

04-11-1865

Todo ya ha intentado atacarnos, pero fue en vano. Sobretodo porque nos atacó utilizando al tío de las columnas de aire a presión. El Mensajero Veloz supo sacarnos a tiempo de mi casa y nos ha llevado a la Bahía del Hombre de Arena. Detrás de los muros de piedra no se nos oye nada, y hay muchas cabañas abandonadas en las que se puede uno refugiar. El Mensajero ha partido ahora a buscar mis medicinas, ya que no hubo tiempo de sacarlas de allí y hay que comprar nuevas. Además, probablemente el que nos atacó haya sido asesinado por la furia de Todo, con lo cual no creo que nuestro velocista favorito corra mucho peligro. Por otra parte, mi hijo ya prácticamente no habla. Sabe que se acerca el momento en el que tendrá que abandonarnos, a su madre y a mí. Sin embargo, todavía no le he contado lo de mi enfermedad, ya que me está resultando bastante complicado. ¿A quién no? Pero creo que ya va siendo hora de que se lo diga.

Nüne ya me ha explicado la segunda parte del plan. Tras convencer a su descendiente, al del vidente y al del Mensajero Veloz, estos se encargarán de convencer al resto para rebelarse y acabar con Todo. Sé que ellos podrán. Su poder será más que el nuestro considerablemente, y Todo no se atreverá a tocarlos hasta el momento de la inesperada revuelta. Será el momento perfecto. Eso sí, ninguno de ellos puede dudar, ya que eso resultaría fatal para el desarrollo de los acontecimientos. Mi hijo ya sabe lo que tiene que hacer. Usará sus poderes de persuasión y manipulación para contribuir a la causa, aunque sean métodos poco ortodoxos, según me dijo él mismo. Nunca estuvo orgulloso de esa faceta suya. Lo que me molesta ahora un poco es que ha encontrado a un ratoncillo de campo en una de las cabañas y se han vuelto inseparables. Quizá sea un problema a la hora del combate, sobretodo si establece demasiados lazos afectivos con él... Bueno, ya se verá.


Capítulo XII: La Dama de la Laguna

Las luces azules de los cristales iluminados por la luna daban a la Laguna de la Plata un aspecto místico y misterioso. Las luciérnagas revoloteaban alrededor de los altos árboles que la rodeaban, laberinto natural y trampa mortal para todos aquellos que se atreviesen a internarse a ella. Los grillos cantaban en la oscuridad de forma rítmica, acariciando los tímpanos de la joven que nadaba libremente por el agua oscura, en la tranquilidad de la noche.
Respiraba profundamente y se hundía dentro del helado lago, buceando, explorando la oscuridad. Con los ojos inundados del agua de la laguna, atisbaba el fondo, siendo capaz de distinguir a mucha profundidad bajo el agua unos grandes tentáculos que eran mecidos por las corrientes. El monstruo del lago ya se había acostumbrado a su presencia, e incluso les unían lazos afectivos extraños que la mente humana no sería capaz de comprender. Ella sonrió levemente, cerró los ojos y se dejó llevar por la densidad del agua, siendo arrastrada hacia la superficie. Después se dio la vuelta y miró hacia la luna llena y las estrellas, perfectamente visibles en la bóveda celeste. Extendió las extremidades y se quedó flotando así durante un rato. Tras un tiempo, notó una vibración anómala en el lago. Tensó el cuerpo y se hundió de nuevo. Bajó la mirada y vio que los tentáculos de la gran bestia oscura se agitaban de forma violenta. Sacó la cabeza entonces del agua y aguzó la vista hacia la orilla. Allí vio una sombra que se adentraba dentro del lago.
Ella la contempló durante unos instantes, y tras asegurarse de que no era otra cosa que un pequeño animal, movió las manos ligeramente y creó una suave onda que fue creciendo a medida que se acercaba a la orilla, creando una ola mediana que echó fuera del lago a la criatura. Esta huyó corriendo de nuevo al bosque y la chica volvió nadando a la arena.
Una vez fuera, con otro movimiento de manos hizo flotar todas las gotas de agua que cubrían su cuerpo, y las volvió a echar dentro del lago. Seca aunque ligeramente húmeda, apartó las ramas de uno de los muchos sauces llorones que ahí había y recogió su ropa, que había dejado al amparo de la noche y la maleza. Su ropa consistía en un vestido negro de gasa con filigranas de plata, un cinturón de plata también, una chaquetilla negra y una larga aguja que recordaba a una varita mágica, con inscripciones en un idioma antiguo en el metal reluciente a la luz de la luna.
Se puso el vestido y la chaquetilla, colocó el cinturón en su sitio y guardó la varita en un pliegue del mismo, preparado exclusivamente para ello. Sin embargo, cuando ya iba a salir de su refugio de ramas del sauce y a despedirse de la horripilante criatura con la que convivía en sus baños, oyó un crujir de ramas y hojas caídas y sacó la aguja, que apuntaba al agua. Atisbó a través de las hojas y vio cómo un ser humanoide se acercaba al lago. Éste ser caminaba encorvado, y tenía muchas deformidades. Gemía y lloraba con voces antiguas, fruto sin duda de una antigua maldición de las más oscuras. A la muchacha se le pusieron los pelos de punta. Levantó ligeramente la aguja, haciendo que una bola de agua se separase de la superficie del lago. El humanoide dirigió su asquerosa mirada hacia el movimiento y se lanzó a la carrera hacia el sauce. La muchacha movió entonces rápidamente la aguja hacia adelante, moviendo la bola hacia el monstruo y golpeándole con ella. El humanoide fue empujado y aturdido durante unos segundos, pero volvió a la carga al momento. Ella recogió el agua que había vertido sobre aquel ser con otro movimiento de aguja y la transformó en hielo. Sus ojos brillaban en la oscuridad. El monstruo quedó inmovilizado durante un momento, y mientras tanto ella sacaba otra bola del agua, la convertía en gotas, y luego en estacas de hielo. Las lanzó contra el enemigo. El bicho las esquivó en el último momento, y se lanzó a morder a la chica. Ella, rápida de reflejos, esquivó el ataque con una pirueta, y con la ayuda de la aguja y la mano izquierda, sacó una enorme cantidad de agua, que convirtió en un látigo con el que golpear al ser deforme. Éste se retorcía de dolor, siendo azotado por las frías aguas del lago, cuando de éste surgió un tentáculo que lo agarró y lo arrastró hacia las profundidades. Los gritos de aquella abominación se ahogaron entre las burbujas y las fauces de la bestia amiga, y el bosque volvió a recobrar la tranquilidad anterior.

La muchacha respiró aliviada y se preguntó qué había sido eso. Buscó su bolsa entre algunas raíces, y cuando la encontró, se la echó al hombro. Se acercó al lago y emitió una pulsación al agua para despedirse del antiguo dios de las profundidades. Se volvió y se internó en el bosque.
Ya llevaba un rato caminando por el camino de siempre cuando escuchó pasos que la seguían. Caminó más rápido, pero no sirvió para nada: los pasos se acercaban cada vez más. En un ataque de nervios, la joven volvió a desenfundar la aguja y se dio la vuelta, amenazando con ella a la oscuridad y a los grillos. Más tranquila porque el ruido había cesado, volvió a retomar su camino, pero al darse la vuelta se estrelló contra un cuerpo redondo y blandito.
—¡Vaya vaya! ¿Te has hecho daño, jovencita?
Ella sacó rápidamente una bola de agua de un matorral que había cerca y amenazó al misterioso señor que se erguía frente a ella. Este rompió a reír.
—¡Já! ¿Crees acaso que podrás hacerme algo con eso?
—¿Y por qué no intentarlo?—la muchacha se agazapó y se puso en guardia—. No sé quién es usted ni qué es lo que pretende, ni tampoco de dónde ha salido. ¿No es normal que intente defenderme?
—Claro que sí, querida. Sólo te adelantaba que no te servirá de nada, sobretodo porque no pretendo hacerte daño.
—¿Ah, no? ¿Y entonces qué es lo que pretende?
—Vengo a pedirte ayuda.
—...—la joven se levantó y trató de mirar al hombre a los ojos, pero no logró distinguir su rostro a contraluz—. Le escucho.
—Verás, estoy en guerra con uno de mis enemigos más fatales, y necesito más poder. He visto cómo dominabas el agua luchando contra una de sus malditas y repugnantes criaturas, y creo que ya es hora de que salgas de este agujero y te unas a mis filas.
—No puedo dejar a Golyb.
—Claro que puedes.
—No, no puedo.
—...Mira, hagamos un trato—el hombre suspiró y habló despacio—. Si tú me ayudas a ganar la guerra contra mi enemigo, yo te dejo volver con tu bicho gigante de tentáculos. ¿De acuerdo?
—¿...Y si no ganamos?
—Oh. No eres la única que me va a ayudar. Ya he reunido a mucha gente con poder, así que esa posibilidad apenas existe.
—...Entonces de acuerdo.
—Bien. Gracias por no hacerme gastar los tranquilizantes, estoy escaseando ya. ¡Venga, marchémonos!
—Sí, bueno. ¿Y usted quién es?
—Puedes llamarme Todo.

viernes, 1 de agosto de 2014

Relato: Pelirroja Parte 5

Sincara bufó. Después del estropicio que había montado Pe en la base, tendrían que ser más cuidadosos con sus movimientos. Por ese motivo estaba a punto de entrar en un bar repletito de mortales.
-       Venga, deja de mirar la puerta como un pasmarote y entremos. Hace un frío del carajo. Son mortales, no te van a comer, joder –tartamudeó M, impaciente.
Ese comentario le valió una mirada asesina. M tenía razón, ya era mayorcito para tener miedo de los mortales. Pero al mismo tiempo, hacía mucho que no se mezclaba con ellos, por lo que se sentía sumamente incómodo. En cambio, M, gracias a sus estancias entre ellos, encajaba perfectamente en el ambiente.
Abrió la puerta, dejando escapar una música chillona. El local no estaba excesivamente lleno, pero Sincara prefirió asegurarse de que nadie les interrumpiría. M se sentó en una mesa no muy lejos de la barra y le miró divertida.
-       Entonces, ¿somos invisibles para todos los que están aquí?
-       La invisibilidad no existe, es camuflaje, simplemente hago que no se les ocurra mirar hacia aquí –masculló Sincara.
-       Dijiste que nos reuniríamos aquí con un contacto… ¿Cómo diablos va a vernos?
-       No es una mortal cualquiera. ¿Recuerdas aquella trampa que montasteis hace un par de años, con uno de los primeros Cubos de Gea?
- ¿Qué tiene que ver?
-       Resulta que, entre todos esos inmortales candidatos, estaba ella. Aún no sé cómo diablos pudo colarse, pero ha desarrollado un par de habilidades algo raras.
- ¿Y por qué no me lo contaste antes? Diablos, si lo hubiera sabido, lo hubiera parado todo.
-       No lo supe hasta varios meses más tarde, cuando llamó a la puerta de la base. Y no me mires con esa cara de pasmo, no la dejé entrar. Fuera lo que fuera lo que le pasó, le había perturbado la cabeza. Está algo más desequilibrada que el resto.
Sincara y M pegaron un bote cuando oyeron un carraspeo. Un joven rubio de piel bronceada y cara somnolienta los miraba con aburrimiento mientras jugueteaba con un boli. Por el uniforme, Sincara pudo ver que era un camarero, pero sus ojos negros, aunque le resultaban familiares le daban mala espina. Maldiciendo a los mortales, aumentó la potencia de su “barrera anti-curiosos”, haciendo que el joven se tambaleara y volviera hacia la barra.
-       Vaya… me has vuelto a encontrar, rarito. No quiero que uses tu magia en mi local.
M se giró hacia dónde venía la vocecita. Provenía de la mujer más extraña que había visto en su vida. A primera vista, lo que más destacaba era su pelo, largo y plateado, y su falta absoluta de curvas. Aparentaba unos treinta años y todo su cuerpo gritaba una belleza marchita. Los miraba con fiereza y con los brazos en jarras.
-       Después de mucho pensarlo, he decidido acceder a tu petición, Clara. Aquí tienes a tu querida “sirena” –dijo Sincara, señalando a M- A cambio, necesito un par de favores.
Clara sonrió a M, que tragó saliva. En los ojos pardos de Clara había un atisbo de locura, que le hizo temblar. No era la misma locura que caracterizaba a Gea y partía de un origen natural. Era una locura enferma, nacida de algún mecanismo activado por accidente por su voz.
-       Un… gusto conocerte –tartamudeó, incómoda.
 Cuando Clara se sentó a su lado, cogiéndole de la mano, M quiso correr. Sin embargo, Sincara parecía estar pasándoselo de miedo. Clara empezó a halagar a M, acercándose cada vez más. Un estruendo resonó en el local. El causante era el camarero rubio, que ahora se afanaba en recoger un montón de vasos rotos.
- ¡Josh, imbécil! ¡Te he dicho mil veces que tengas cuidado! –chilló Clara, dejando a M.
-       No es mi culpa. Estoy agotado, he hecho turno doble, mientras que tú te ibas por ahí con tu ligue del día –farfulló este- Voy a tomar un poco el aire.
Josh salió corriendo, dejando a Clara perpleja. Sincara se encogió de hombros, susurró algo a Clara y llevó a rastras a M al exterior. Ahí, apoyado en el edificio de enfrente, se encontraron a un Josh visiblemente cabreado. M decidió ignorarle y empezó a seguir a Sincara, pero un brillo en la muñeca de Josh llamó su atención. Era una pulsera metálica, que parecía compuesta de pequeñas… Sacudió la cabeza y corrió tras Sincara.
……………………………………………………….
- ¡Abrid! ¡Por favor! -chillaba Clara, aporreando la puerta.
Sincara suspiró y abrió la puerta de la base. No había pasado ni medio día y ya estaba la mortal loca dando por saco.
- ¿Qué pasa, Clara? Sabes que no puedes pasar.
- ¡Ha venido un chaval muy raro al bar! Ha empezado a hacer preguntas sobre la sirena y sobre ti y de repente se ha liado a lanzar bolas de fuego por todas partes. -lloriqueó Clara. - He conseguido escapar porque de golpe se ha caído redondo al suelo y… y…
En cuanto comprendió de quién hablaba, Sincara metió de un golpe a su llorosa visitante. Dichoso Pe, mucho cerebro no tendría, pero sí una asombrosa capacidad para ponerle de los nervios. Tanto que no dudó en llamar a ella a gritos.
- ¡Synnove! ¡Synnove! ¡SYNNOVE!
- ¿A qué viene tanto alboroto? Habíamos quedado que no volveríamos a decir esos nombres que tanto dolor nos han causado a menos que hubiera un motivo serio, Miles –le increpó ella con retintín, saliendo de entre las sombras.
-       He dejado pasar a una mortal. ¿Puedes tomar eso como un indicador de que es algo realmente serio?
Synnove miró a Clara, reparando en su presencia. Luego volvió a mirar a Miles pidiendo una respuesta.
-       Creo que nos han estado vigilando. La verdad es que cuando estuve en aquel tugurio noté algo extraño, como si todo el lugar ocultara algo. El espía debe de controlar el camuflaje como Camaleón y yo. El caso es que, según Clara, Pe no tardó nada en hacerle una visita, preguntando sobre nosotros. Trama algo, y no me gusta nada.
-       Bueno, pues nosotros no nos quedaremos atrás. Aún tengo que hacerle pagar por herir a Camaleón…
Un carraspeo cortó sus divagaciones. Clara, visiblemente más tranquila, susurró la pregunta del millón.
-       Sí supuestamente el chico que vino a verme había venido por el chivatazo de un aliado invisible, que es muy probable que estuviera cerca… ¿Por qué en determinado momento del interrogatorio se desplomó cómo si le hubieran dado un golpe por la espalda?
……………………………………………………….
Lo primero que vio al abrir los ojos fue la silueta de la Titiritera, recortada contra las sombras del callejón donde llevaba tirado… ¿horas? Esta rio, como si fuera muy divertido morirse por un golpe en la cabeza.
-       Vaya, querido, parece que la mortal te ha pillado por sorpresa.
-       No… no ha sido ella. Estaba preguntándole sobre los marginados, por si acaso podía sonsacarle algo y… ay, todo se puso raro, las cosas empezaron a cambiar y de golpe, algo me golpeó en la cabeza.
- ¿Camaleón? ¿Sincara?
-       No, creo que es otro marginado. Parece tener más idea que esos dos idiotas juntos.
-       No hay otro marginado con don de camuflaje, Penny. Los tengo contados. Sigue buscando, anda. Ah, y lávate la cara, te lo recomiendo.

Penny observó cómo la Titiritera salía del callejón, silbando. Con esfuerzo, logró moverse hasta un espejo hecho trizas y se miró. Un grito de frustración salió de su boca cuando pudo ver que, en la frente, escrita bien grande, destacaba una única palabra: “TRAIDOR”.

miércoles, 30 de julio de 2014

Capítulo XI

10-09-1864

21 años tiene mi hijo ya. Tiene una gran habilidad con el estoque y las runas, y ya me supera incluso a mí. Ya no puedo enseñarle nada, así que me he vuelto inútil. Y además, enfermo. Hace un par de meses que me diagnosticaron una enfermedad muy extraña en los pulmones. Al parecer, el número de células del izquierdo se multiplica de forma perjudicial y eso me causa infecciones una detrás de otra. Cada vez son más graves. Moriré pronto, aunque no sé muy bien cuándo. De momento ya he decidido que el Mensajero Veloz se ocupará de que el plan funcione correctamente, del cual ya tenemos la primera parte diseñada. Eso sí, me niego a abandonar este mundo sin asegurarme de que el plan ha sido elaborado concienzudamente. Hasta el más mínimo detalle debe ser programado en los esquemas. Y para eso hemos contactado con el señor Nüne, uno de los trece servidores de Todo que todavía no ha muerto (como yo mismo o el Mensajero Veloz). Este hombre tiene la fama de ser un gran estratega que, aunque trabajaba con el vidente que murió el año pasado, es perfectamente capaz de desempeñar esta tarea sin despeinarse, como ya me ha demostrado tantas veces. Este hombre puede ganar a Todo en el ajedrez.

Lo que no sabía era que pondría tan poca resistencia a rebelarse contra el señor. Supongo que al morir su compañero no tuvo más remedio que abandonar a Todo, incluso cuando él mismo había escuchado sus planes y había elaborado hipótesis para llevarlos a cabo satisfactoriamente. Lo único que necesitamos ahora es que Todo comience a reclutar a los nuevos, los cuales si no me equivoco tendrán poderes, si no iguales parecidos a los de sus antecesores, para poder captar a aquellos relacionados con el poder de Nüne y el poder del Mensajero Veloz. También estaría bien poder captar al vidente, y así ya tendremos cuatro de trece de nuestro bando. Pero tengo miedo de que no me dé tiempo. Estoy seguro de que Todo ya ha puesto el ojo en mi hijo, y teniendo en cuenta que sus habilidades ya superan las mías y que mi enfermedad tampoco me deja en condiciones de adiestrarle más, no creo que tarde en intentar deshacerse de mí y del Mensajero Veloz, si lo descubre. Por no hablar de Nüne... En fin, seguiremos estudiando posibilidades.


Capítulo XI: Aplastado
Demasiada luz, siempre demasiada. El muchacho se cubrió su sombría vista con la mano y miró hacia adelante. En el camino no había una sola hierba visible, sin embargo, a los lados de éste y tras unas acequias rebosantes de agua, había campos y campos de hierba fresca de color verde profundo. Se desabrochó la sudadera y se la quitó, acalorado. El sudor le cubría gran parte del cuerpo ahora, y mientras el sol seguía brillando en el cielo él seguía su camino hacia la aldea de la que procedía.
Hacía diez días que había salido de su hogar para ir a la Ciudad Capital a buscar comida específica para su hermana, que no toleraba los alimentos que se vendían en el ultramarinos. Partió en tren, pero calculó mal el dinero y no pudo pagar el viaje de vuelta, así que estuvo dos días caminando por los senderos pecuarios de la Provincia, intentando comer lo mínimo posible de las provisiones para su hermana. Cuando llegó, entró en la casa que compartía con ella y saludó.
—Hola... Buf, qué cansancio... ¿Mirna?
Silencio. Dejó las bolsas con los alimentos en el banco de la cocina y dio un rodeo por la casa.
—Mirna, ¿dónde estás? ¡Mirna!
Nada. No había nadie. Una sensación de nervios invadió el cuerpo del joven, que en un arranque de rabia tiró una silla al suelo y gritó.
—¡¡Mirna, me cago en la puta!! ¡Sal de donde quiera que estés! ¡¡No estoy de humor para mierdas de estas, joder!!
Más silencio. Volvió a ponerse la sudadera y se la abrochó tras sentir un temblor. Hacía mucho frío ahí, y olía a cerrado. Entonces se dio cuenta de que las persianas estaban bajadas casi del todo, dejando entrar leves haces de luz que iluminaban a medias las habitaciones en las que entraba, en un baile frenético de nervios, tratando de encontrar a su adorable hermana pequeña. Sin éxito, volvió a tirar otra de las sillas. Esta chocó con una mesita pequeña, derribando y rompiendo el jarrón que tenía encima. De nuevo el sudor volvió. Gritó algunas incongruencias y de repente se puso a llorar.
—Sniff... Me cago en todo... Mirna, ¿dónde estás...? Joder, la pastilla...
Y se dirigió lentamente a la cocina, dando ligeros tumbos a través del pasillo. Una vez allí, agarró con mano temblorosa un vaso de agua y una pequeña cajita de color negro, a juego con su ropa y su pelo, y la abrió. Dentro había unas doce pastillas de color gris claro, pequeñas. Cogió una entre los dedos y se la tragó, ayudándose del agua que había vertido en el vaso.
Se dio la vuelta y se apoyó a la encimera de granito. Se agarró con la mano izquierda a la piedra para no perder el equilibrio, y con la derecha se echó el largo flequillo para atrás, temblando de nuevo, y sudando. Respiró hondo un par de veces y, agarrándose de las paredes y los marcos de las puertas, se encaminó al cuarto de su hermana. Lo que vio allí le dejó paralizado, blanco como una pared y sudoroso como un deportista tras haber hecho una maratón.

El cuarto de Mirna estaba completamente vacío. Todas sus pertenencias estaban empaquetadas, las estanterías vacías como el armario y el colchón desnudo. El joven se derrumbó, y llorando como nunca lo había hecho, cogió el teléfono móvil de su bolsillo y llamó a la casera.
—¿Dígame?
—Doña Marie, soy yo... ¿Dónde está Mirna?
—Ay, mi niño... Baja a mi casa, anda, y te lo explico todo mejor... ¿Te has tomado la pastilla?
—S-sí... Sniff...
—Shhh, no llores... Venga, baja...
Y colgaron. El joven salió encogido de su casa, y lentamente bajó los peldaños de la escalera de su pequeño edificio. La casera lo esperaba abajo del todo, con las manos arrugadas y delgadas agarradas en el pecho; el pelo recogido en un moño bajo un tanto deshecho. La preocupación se le notaba en la cara, y mucho más al verle el rostro al joven. Como siempre, el flequillo le tapaba los ojos, así que no podía ver la expresión de su mirada; sin embargo vio cómo se mordía el labio inferior y cómo brotaba una diminuta gota de sangre. Cuando el muchacho llegó abajo, abrazó largamente a la casera, y lloró.
—¿Dónde está Mirna, doña Marie? ¿Dónde?
—Pasa dentro conmigo, anda...
Ella le pasó un brazo por el hombro para reconfortarlo y lo acompañó dentro de la casa. Allí, él se sentó en uno de los cómodos sillones en los que ya se había sentado más de una vez. Con ojos ocultos pero llenos de lágrimas, se encogió todavía más, y sollozó en silencio. La mujer estuvo un rato en la cocina, y cuando volvió le trajo a él un chocolate caliente en una enorme taza. Se lo entregó en la mano y él lo bebió a sorbitos.
—Verás... Hará un poco más de una semana vino a mi casa lloriqueando. Dijo que tenía mucha hambre, que se le había acabado la comida que podía tomar y que tú no tenías dinero para volver de Ciudad Capital. La cogí en brazos y la monté en mi coche, con la intención de ir a buscarte. Recorrimos todos los caminos buscándote, pero no te encontramos. Entonces fuimos a Ciudad Capital para buscarte por allí, y en una de esas andábamos buscándote por la Vía del Mercader. Allí tu hermana vio a un chico cargado con bolsas que vestía muy parecido a ti, y ya sabes sus problemas de memoria...
—¿Qué pasó entonces?
—Mirna se lanzó corriendo a buscarle. El chico estaba cruzando por un paso de peatones, y llegó a la acera de enfrente en el momento justo en el que se ponía el semáforo en rojo. Tu hermana no lo tuvo en cuenta y cruzó sin mirar... Y un coche se la llevó por delante. Murió en el acto...
El joven sintió cómo se le caía el mundo a los pies. Una sensación de vacío y desesperación se apoderó de su alma. De repente, comenzó a temblar de nuevo, y con él toda la casa. El aire se iba haciendo más pesado a cada segundo que pasaba. La casera miraba a su alrededor sorprendida y terriblemente asustada
—¡¡Un terremoto...!!
El muchacho se encogió más, reprimiendo lloros y gritos, y la presión del aire aumentaba más y más, hasta el punto en el que la casera cayó de rodillas por culpa del peso. Cada vez le costaba más respirar, hasta el punto en que ya no le llegaba casi oxígeno a los dientes. El joven, finalmente, levantó el rostro con un grito al cielo, y rompió a llorar de forma estridente. El aire dejó de tener tal presión y todo el ambiente se relajó. Lo único que se oía eran los lloros del muchacho.
La casera se levantó horrorizada, y huyó dando gritos pidiendo ayuda.

Al cabo de un rato, se oyeron voces de nuevo. La casera traía a la policía, que entró con cuidado en la casa y lo rodearon.
—¿Tú eres el chico de la hermana atropellada?
Se levantó a la velocidad del rayo y cogió al policía que lo había preguntado por la camisa del uniforme, levantándolo del suelo.
—¿Y tú puedes mostrar un poco de respeto? Ya sabes, ¡el mismo que mostrará la gente a tu familia cuando tengan que hablar de ti!
Lo lanzó al suelo, levantó la pierna y, sintiendo un gran peso sobre su empeine, aplastó la cabeza del policía de un pisotón. Notó cómo la zapatilla se le llenaba de sangre, sesos y trozos de cráneo rotos, y puso una mueca de asco y fastidio.
—Esto va a costar de quitar.
Los policías que quedaban, horrorizados, sacaron las pistolas y apuntaron hacia el muchacho. Éste los miró lentamente y levantó los brazos con parsimonia.
—¡Ahora p-pon los brazos sobre t-tu cabeza y a-arrodíllate en el su-suelo!—gritó uno de ellos.
El muchacho sonrió irónicamente, soltó una carcajada y de repente todos ellos cayeron aplastados contra el suelo. Salió corriendo, como no afectado por el aumento repentino de la gravedad.

Al cabo de un rato dejó de correr, escondido en un callejón recóndito del pueblo, tras un contenedor de basura que nunca era vaciado. La pestilencia era insoportable, pero se puso el cuello de la camisa de abajo sobre la boca y la nariz y así se quedó, mientras las manos le comenzaban a temblar de nuevo. El trauma había sido demasiado fuerte como para que una sola pastilla le alejase los síntomas de su enfermedad. Se echó a llorar, sacando de nuevo a relucir su bipolaridad, y tras un rato así, escuchó una voz.
—¿Por qué lloras, chaval?
El chico apretó el puño y la presión aumentó en el lugar donde la voz procedía. El hombre no dijo nada más, ni se escuchó nada más, hasta unos diez segundos más tarde, que el sonido de su voz esta vez procedía de la parte interior del callejón, a la izquierda del joven.
—¿Qué es lo que intentas hacerme? Y yo que quería ayudar...
El chico saltó de donde estaba sentado y se puso en guardia.
—¿Quién es usted? ¿Y cómo es que ha salido de ahí? Se supone que no se podía mover.
—¡Ja! ¿Crees que tan poco poder podrá pararme a MÍ? Qué gracioso...
—¿Me está llamando débil, viejo gordo?—su voz estaba tintada de rabia.
—No sólo te estoy llamado eso, sino que encima pienso que eres una pulga. ¿Cuánto poder te crees que tienes? Y nada más acabar de descubrirlo... Cretino presuntuoso... ¡Ja!
—¿¡Quién es usted!?
—Mi nombre es Todo. Y venía a pedirte ayuda, pero me estoy replanteando dejarte aquí para que toda la policía de la Provincia te persiga...¿Sabías que eres un estúpido?
—No es la primera vez que me lo dicen. ¿Para qué querría usted mi ayuda, si soy tan débil como dice?
—Porque puedo entrenarte, y necesito poder para derrotar a mi mayor enemigo.
—¿Qué gano yo con esto?
—Más de lo que tienes ahora seguro. ¿O no es verdad eso de que acabas de reventarle la cabeza a un policía?
—Tiene usted razón.
—¿Entonces vienes conmigo?
—Sí.
—¿Cómo te llamas?
—No tengo nombre.
—Mientes. ¿O si no cómo te llamaba tu querida hermana?
—El nombre que tenía ya no sirve. Está manchado.
—Bueno, pues nada... Te llamaré Cretino. ¿Te gusta ese nombre?
—No, joder.
—Me da igual, ese se te queda. Vámonos.

viernes, 18 de julio de 2014

Capítulo X

22-02-1863

Ya tenemos más o menos un plan elaborado. Mi hijo va a cumplir 20 años en junio, y la cosa se está volviendo urgente. Ya sabe dominar con bastante soltura los glifos y las runas como encantamientos, y sus habilidades se refinan día tras día. No deja de entrenar con su estoque. A veces me da la sensación de que ya sabe lo que va a pasar y se prepara para ello. Hablando de saber lo que va a pasar, una de las mentes maestras de Todo cayó ayer. Era el que veía el futuro. No sé por qué murió, pero el señor ha dicho públicamente que fue porque tomó un medicamento que reaccionó con la sustancia de un alimento en mal estado y le costó caro. Esto es un eufemismo de que lo mató experimentando, supongo, pero a veces incluso la más vil de las mentes dice la verdad. No lo sé.

Bueno, eso. El plan. Todo comenzó a viajar hace unos años para reunir un ejército nuevo, y aunque todavía no se ha visto que tenga a nadie bajo su custodia me da mucho miedo lo que pueda pasar. Sé que mi hijo tendrá que formar parte de un ejército algún día, y a sabiendas de eso el Mensajero Veloz me recomendó que lo metiese allí. Casi lo mato por sólo mencionar la idea, pero luego recordé que quizá fuera lo más sensato. No lo mataría sabiendo que sus experimentos no habían dado resultado antes; tan solo se limitaría a entrenarlo. A entrenarlo MÁS. Y eso es bueno. Aunque para eso tendría que convencer a sus compañeros de traicionar a Todo, y eso no es empresa fácil. Hay que seguir pensando, sobretodo porque si el señor se entera antes de tiempo de todo esto los matará a todos y buscará otro ejército, y no podemos permitirnos eso. Ha de ser todo muy velado. Por eso, creo que necesitaré la ayuda del Mensajero Veloz un poco más. Se me ha ocurrido una idea.


Capítulo X: A mis pies

“Me gustaría no haber nacido”. Eso pensaba aquel pobre niño, sentado en su cuarto, con la cara llorosa entre las manos y rodeado por una muchedumbre que por la ropa que vestían debían de ser sus sirvientes. El lujo inmerecido lo había llevado al silencio perpetuo, y dejó de hablarles incluso a aquellos que se quedaron a cargo de su cuidado cuando sus padres murieron. Se dedicaba tan solo a jugar al ajedrez con la gente que su poder no era capaz de dominar, y a sentir ganas de morirse mientras, encerrado en su propio mundo, le carcomían la soledad, la tristeza y la vergüenza.
—Señorito...—una de las sirvientas se adelantó, preocupada, y con una caricia intentó consolar al niño—¿Quiere que le traigamos algo de comer, o jugar al ajedrez un poco...?
—No... ¡¡No!! ¡¡Sólo quiero que me dejéis en paz!!

El grito asustó a la sirvienta. Miró a sus compañeros, un tanto disgustada, mientras ellos se encogían de hombros y se marchaban. La última en irse fue ella, que se resistía a dejar al pobre niño en las manos de la oscuridad. Cuando por fin hubo salido, el niño sollozó abiertamente durante un momento, hipó un poco y se limpió los mocos con la manga de la chaqueta. Después, se quitó las lágrimas y se levantó. Miró por la ventana abierta.

Ya era de noche, y los jardineros se afanaban por recoger los últimos trastos y conectar las mangueras para humedecer un poco el agua. Todo aquello le daba asco. Tanto dinero, tanto lujo, tantas cosas bonitas, ¿para qué? Y este poder tan tonto. ¡Ya tiene un montón de sirvientes! Más le habría valido si se hubiera quedado huérfano y en la calle que con gente que le cuidara y dinero para pagarles. La sombra del odio se asomaba por sus ojos de zafiro. Odio a los asesinos de sus padres, odio al dinero, odio a sus padres, odio a sus sirvientes y sobretodo odio a sí mismo y a su poder.

Llamó a uno de sus mayordomos. Este llegó enseguida, con las manos en la espalda y con el pelo negro engominado goteándole. El mayordomo miró al niño con cara de tristeza, como sabiendo que algo malo le pasaría pronto. El señorito le miró furioso a los ojos y ordenó.
—Tráeme la espada de mi abuelo.
Y el mayordomo, como hipnotizado, asintió, le hizo una reverencia a su joven amo y respondió con voz monocorde:
—Sí, mi señor.
Y desapareció tras la puerta. Al rato, volvió con una larga y afilada hoja plateada como la luna con una empuñadura de oro incrustada en piedras preciosas. Tras entregarla, desapareció.

El joven la sujetó con la mano derecha, horizontalmente. Se veía reflejado en el filo de la espada, pálido como un muerto, mientras por su cabeza pasaban ideas horripilantes. El aire frío de la noche entraba por la ventana y le erizaba el vello de la nuca. El pelo peinado hacia la derecha ondeaba ligeramente, y bajo la chaqueta a juego con el pantalón azul oscuro el niño temblaba de frío y miedo. Tal como salió, su mayordomo volvió a entrar y observó la escena. A su amo comenzó a temblarle la mano derecha y empezó a moverla de modo que la punta apuntara hacia su estómago. Velozmente, el mayordomo se acercó y se la quitó de la mano.
—No debería jugar con estas cosas, mi señor—ni siquiera lo miró. Limpió la hoja con un pañuelo y, tras volverlo a guardar en uno de sus bolsillos, salió de la habitación—. Ah, por cierto. Hay un hombre que desea verle. Está esperando en el vestíbulo, haga el favor de recibirle.
Tras eso, el buen hombre cerró la puerta. El niño tembló de rabia y le dio una patada a una silla, tirándola al suelo y haciéndose daño en la punta del pie derecho. Salió de la habitación dando un portazo y recorrió los pasillos de camino al vestíbulo.

Largo como él solo, el pasillo tenía el suelo cubierto por una larga alfombra roja con bordes dorados y plateados que iba a juego con la barandilla que protegía a los caminantes de caer hacia la planta baja. El joven amo bajó por las escaleras de prisa, deslizando suavemente la mano por la madera de cedro barnizada. Cuando llegó abajo, se encaminó hacia el vestíbulo, decorado tan ominosamente como el resto de la casa. Una lámpara de araña de cristales de múltiples colores colgaba del techo a varios metros de las cabezas de los allí presentes, que eran un sirviente que le quitaba el abrigo al señor y el propio señor, además del joven amo cuando llegó allí.
—¿Qué se le ofrece, señor?
—¡Vaya! ¡Qué niño más adorable! Necesito hablar con tu hermano mayor. ¿Sabes dónde está?
—Yo no tengo hermanos. Soy el único heredero de la familia Wïrts. ¿Qué es lo que quiere?
—Oh... ¿Entonces tú eres el chico que controla las mentes...?—el hombre acercó el rostro al jovencito.
—¿...Quién es usted?
—Mi nombre es Todo. He venido a ofrecerte un trato.
—¿Cuál?
—Venir conmigo y unirte a mis filas a cambio de todo aquello que puedas imaginar. Necesito tu poder para vencer a mi enemigo...
—¡Sí!
—¡Bien! Oh, espera, ¿y ese entusiasmo?
—¡Sí, sí, sí!—el niño daba saltos de alegría—¡Por fin voy a poder salir de aquí!
—¿Qué te pasa, chaval?
—Estoy harto de este sitio, del lujo, del dinero, de los sirvientes acosándome sin parar. Necesito irme de aquí. Quiero salir de la cárcel en la que me han metido. Ni siquiera quiero que me pague por ayudarle, sólo quiero que me aparte de toda esta basura que me obligan a soportar.
—Bien, bueno... Entonces coge lo que necesites y vámonos.
—¡Bien! ¡Iré a hacer mi maleta!
—¡Oh, si es por ropa no te preocupes! Puedo darte nueva.
—No es por la ropa, es por algunas cosas que no quiero dejar aquí... Como mi juego de ajedrez.
—Ah, de acuerdo entonces. Ve.

martes, 15 de julio de 2014

Capítulo IX

20-12-1858

Ya le hemos dicho a mi hijo el potencial que tiene y el peligro que corre. Ha reaccionado de forma bastante más tranquila de la que me imaginaba, ya que tiene una gran responsabilidad encima. Sin embargo, no estoy seguro. El Mensajero y yo estamos montando guardia en la puerta de su cuarto por si intenta cualquier cosa, como escaparse o suicidarse. Ya le hemos predicho su destino.

Por otra parte, Todo se está moviendo. El nuevo herrero que contrató ha venido a contarme que ha comenzado a hacer viajes en busca de gente con la que montar el ejército. Creo que se me ha ocurrido una idea, pero es pronto como para reflejar nada. Aún hay que darle cuerpo. Hablaré con el Mensajero Veloz.


Capítulo IX: Los 10 minutos

El tráfico en la avenida principal de la ciudad de Mágala-ri era abundante cuando el muchacho salió de su casa. Con la capucha de su sudadera negra puesta y unos mechones azules sobresaliendo (un poco para su disgusto) de ella, caminó hasta la heladería y pidió un batido de helado de crema. Como ya sabía desde hacía diez minutos, el dependiente no tenía cambio y tuvo que ir a canjear su billete de 10 por monedas de 1 a la tienda de enfrente. Una vez consiguió su delicioso postre, se sentó en uno de los sillones del establecimiento. Entonces le llegó una premonición funesta, y se puso alerta.

Conforme pasaban los minutos se iba poniendo más tenso. Todos los acontecimientos ocurrían tal como los había predicho. Una mujer que entraba y pedía un helado de vainilla, se sentaba junto a la ventana y miraba pasear a la multitud. Un hombre mayor que entraba con su nieta, pedía un café y un helado de fresa para la niña y se sentaban en los sillones de detrás suyo. Y, por último, el hombre que destinaría a todos ellos a morir.

No era la primera vez que veía catástrofes en sus premoniciones. Podía ver los siguientes diez minutos que transcurriesen en el futuro de donde él se encontraba, de modo que había visto accidentes, se había anticipado a sorpresas y había adivinado malas noticias. Sin embargo, nunca estuvo tan aterrorizado como ahora. Los segundos pasaban y el hombre que entró con las manos en los bolsillos y la capucha tapándole la cara le hizo temblar de arriba a abajo. Se levantó, preparado para marcharse y no tener que presenciar el espectáculo. Solía pensar que era mejor no inmiscuirse en las voluntades y los misterios del tiempo, pero aquella tarde ya no supo que pensar. Había visto el futuro claramente. Todas esas personas muriendo a tiros, el maníaco desnudando a la niña del helado de fresa y llevándosela, mientras el abuelo agonizaba, todavía vivo, y veía cómo su nietecita era secuestrada con la probablemente funesta consecuencia. El dependiente, derrumbado sobre el congelador de los helados, con la sangre goteando en el de chocolate y en el de leche merengada. La hermosa mujer del helado de vainilla manchando el sillón, la mesa y el cristal con la sangre que gorgoteaba desde los cuatro agujeros que llevaba en el pecho. Se puso rojo de furia, se quitó la capucha y un destello azul brilló en la tienda mientras se dirigía a grandes zancadas hacia el criminal.

Cuando estuvo a punto de tocarle la espalda, no supo lo que hacer. Tuvo entonces otra visión. Vio cómo el hombre se daba la vuelta y lo mataba a él el primero de todos. Después se le oía gritar a él diciéndole a la gente que huyera. La mujer y la niña conseguían escapar, pero él y el viejo morían, y el dependiente era noqueado. Hasta ahí llegaba su visión. Decidió cambiar sus actos y quedarse haciendo cola tras el hombre en lugar de atacarlo por la espalda. La visión cambió, y esta vez veía cómo morían todos. Entonces se le ocurrió otra idea. ¿Qué pasaría si se le colara?

Puso un pie fuera de la cola y empujó levemente al criminal para ponerse delante. La visión volvió a cambiar, y se vio a él mismo con un tiro en los riñones. Antes de que eso pudiese pasar, se dio la vuelta y le dio un puñetazo en la cara al criminal. La gente, sin saber lo que estaba pasando, se alarmó y se quedó mirando la escena. La visión volvió a cambiar, y vio cómo el hombre se recuperaba y sacaba la pistola del bolsillo. Sin embargo, a partir de ahí sólo amenazaba, ya que el golpe le había dejado atontado. El chico esperó a que esto pasara y que la gente se alarmara para gritarle al dependiente que llamara a la policía y saliera corriendo. Éste hizo caso, aterrorizado, y huyó de la tienda con los demás. Todos se habían salvado. Ahora estaba a solas cara a cara con el maníaco, y las predicciones no eran demasiado piadosas con su propia vida si se quedaba más tiempo parado. Pensó en huir también, pero le llegó a la mente la imagen de sí mismo muriendo por un tiro en la nuca. Pensó en enfrentarse a él, pero vio cómo en la confusión disparaba el gatillo y le daba en una pierna. Luego lo mataba.

Se le acababa el tiempo y no sabía lo que hacer. Bloqueado como estaba, acabó colapsando y tirándole un vaso a la cabeza. Nunca había estado tan cerca de la muerte como en ese momento. Acertó en el blanco, dejando al loco unos segundos trastocado. La visión ahora le mostraba varias opciones que escoger. Una de ellas era coger uno de los cristales rotos y apuñalarle la mano. Pensó más en esta imagen y vio cómo fallaba, cómo el otro le daba un empujón y cómo le disparaba hasta dejar el cargador vacío. Descartó esta opción y observó la siguiente. En ella, le daba otro puñetazo al maníaco en la nariz y lo tumbaba en el suelo, no sabía si inconsciente o muerto. No queriendo arriesgarse a matarlo (nada más que por pena), consideró la siguiente opción: darle un puñetazo en el estómago, quitarle la pistola y vaciar el cargador en uno de los sofás. Esta opción le gustaba más; así el loco estaría completamente desarmado. Se movió rápido entonces y atinó bien el puñetazo en el estómago. Acto seguido, mientras el agredido por el puñetazo del vidente se inclinaba hacia el suelo prácticamente sin respiración, fue empujado para que perdiera el equilibrio y soltara más fácilmente el arma. Cuando agitó los brazos hacia atrás y cayó de espaldas, el chico cogió la pistola y la disparó sobre el sofá hasta vaciarla de munición. Entonces la lanzó al suelo y esperó a la policía.

Como él había predicho, llegaron pronto, a los cinco minutos de terminar la refriega. El criminal todavía estaba aturdido cuando ellos llegaron, y tras un breve interrogatorio al chico de pelo azul decidieron llevárselo con ellos a comisaría para uno más específico. Cuando llegaron, lo metieron en una sala insonorizada con un gran espejo en una pared y una mesa con micrófonos en mitad de la sala. Se sentó en una de las sillas y esperó. Al cabo de un rato, un señor grande con una gran tripa entró. Llevaba un sombrero que le tapaba la mitad del rostro, y la otra mitad estaba cubierta por una gran barba blanca. El joven ya sabía qué era lo que iba a preguntarle ese hombre.
—Un pelo muy peculiar. Es bonito.
—Gracias. No es teñido.
—Lo sé. Y apostaría mi mano izquierda a que tú sabes a lo que vengo.
—Sí.
—¿Y bien? ¿Formarás parte de mi equipo?
—Sé que venía a hacerme una propuesta en relación a eso, porque lo vi, pero no sé ni las condiciones del trato ni si me lo va a pagar.
—Te pagaré mucho más de lo que puedas gastar, y la única condición es que me prestes tu asombrosa facultad de ver el futuro para ayudarme a combatir contra mi mayor enemigo.
—¿Sabe usted que sólo puedo ver el futuro en diez minutos, verdad?
—Así es, pero a mí me basta y me sobra con eso. ¿Y bien? ¿Ahora qué me dices?
—¿Qué será de mi familia?
—No podrás llevártela, pero gracias a mi habilidad ellos no sabrán siquiera que tienen un hijo. No se preocuparán por ti.
—Espera. ¿No sabrán que soy su hijo? ¿Y si quiero volver después?
—Entonces haré que se acuerden. No te preocupes por eso, querido. Todo aquello que hago, puedo deshacerlo.
—...De acuerdo.
—¿Vendrás?
—Sí... Si dice que a mi familia no le pasará nada...
—¡Bien! Entonces arreglemos el absurdo papeleo que nos espera aquí en la comisaría, y marchémonos.
—...No piensa hacer ningún papeleo, ¿verdad?
—¡Qué listo eres! Venga, mueve.

viernes, 4 de julio de 2014

Capítulo VIII

12-09-1855

Tras bastantes años de búsqueda he dado al fin con el Mensajero Veloz. Estamos tramando planes. De momento ya sabemos que Todo ha vuelto a las andadas y el mago que se fotocopiaba ha muerto también. Este me duele bastante, no era un mal hombre. Eso sí, un poco agresivo, pero todos tenemos nuestros defectos. Estamos a la espera de que vuelva a morir alguien (o dimita) para empezar a movernos. El Mensajero Veloz ya conocía a la mecánica que conocí hace diez años, pero desgraciadamente ha muerto en una explosión. Esto dificultaría las cosas si no fuera porque el Mensajero también sabe dónde se ocultaba el enemigo de Todo. Ya decía yo que era un tío inteligente.

La única manera de derrotar a Todo es aislarlo. Por eso creemos que quizá traicionarlo y dejarle sin nada es una buena idea, pero tras eso hay que atacar, ya que tendrá las defensas bastante bajas. Lo que no sabemos es cómo hacer eso, ya que como he dicho necesitamos al ejército y Todo no tardará en empezar a moverse. Mi hijo ya cumplió los 12 en junio y ya es mejor que yo y que muchos en el manejo de la espada de estoque. Además, su capacidad de interpretación de glifos y runas es mucho más potente de lo que todos nos imaginábamos. Es probable que pueda aplicarlo a la batalla llegado un momento. Pero todavía no se lo hemos dicho, no vaya a ser que se descontrole y acabemos mal. Seguiremos pensando estrategias y el momento de comunicarle el poder que tiene, ya que no es algo que se diga a la ligera. Veremos...


Capítulo VIII: Acero templado

En lontananza se observaba la figura de un hombre con capa. Las dunas del infinito desierto de Korb se alzaban, imperiosas y mortales, ante la sombra y la fortaleza del ermitaño. Era muy alto, con la piel tostada por el sol y un rostro de rasgos afilados. Acostumbrado a las épocas de sequía por haber vivido tanto tiempo en aquel planeta desértico, miraba desafiante al sol que se ponía en el oeste, sintiendo el asfixiante vapor que despedía la arena que pisaba, ardiente, bajo sus pies. Se ajustó el sombrero y siguió avanzando en busca de un oasis donde descansar.

Llevaba en el cinto un machete largo y acabado en plano, y tenía la mano derecha apoyada en él. A grandes zancadas avanzada por la arena que se hundía bajo sus pies. Miró al horizonte y bajo la luz del crepúsculo le pareció observar un oasis, pero al enfocar mejor la vista observó que se movía. Levantó una ceja y se detuvo para analizar mejor lo que veía. Efectivamente, se movía. Y no sólo eso, sino que encima se dirigía hacia él. Cuando estuvo un poco más cerca pudo ver que era una duna gigante que avanzaba velozmente abriéndose paso entre las demás, con un charco de agua en la parte de arriba y varias palmeras datileras alrededor. Sorprendido, se ocultó detrás de otra montañita de arena. Cuando llegó a su altura, la duna se detuvo. El hombre se levantó y salió de su escondite. Lentamente, se acercó al oasis andante, pero en cuanto rozó siquiera la arena de su falda, con un grito surgió una especie de tortuga negra de coraza blanca, con las palmeras y el estanque en su caparazón, fijos. Se alzó varios metros por encima del hombre y, levantando viento, le voló el sombrero. Se reveló entonces contra el sol un rostro bastante más joven de lo que parecía.

La tortuga miró directamente a los ojos del hombre y trató de aplastarle, pero éste saltó fuera de su alcance y desenvainó su machete. Se lanzó a por la pata del animal, pero éste la escondió dentro del caparazón y dejó vencer el peso de la pata que le faltaba sobre el hombre. Lo aplastó. Sin embargo, tras unos segundos de silencio, la tortuga comenzó a notar que algo se movía bajo el caparazón inclinado.

Cuando se levantó, sacando de nuevo la pata fuera, descubrió que el hombre había transformado su machete en un gran escudo con el que se cubrió y se hundió en la arena. Tras haber aguantado la respiración durante un momento, el hombre se volvió a levantar, devolvió la forma de machete a su nuevo escudo y arremetió de nuevo contra el animal. Éste, lento como era, no pudo esquivar el corte rápido que realizó el hombre sobre su pata y lanzó un alarido de dolor. Su atacante se deslizó por la arena hasta la otra pata y repitió el ataque, provocando que la tortuga cayese de cara contra el suelo al faltarle la fuerza de las patas de delante. Quedó inconsciente. El hombre saltó a las patas y caminó hasta la cabeza, donde aumentó el tamaño de su machete y lo transformó en una larga espada con la que mató a la bestia, clavándosela en la nuca. El animal se retorció un poco antes de morir.

Entonces, el hombre bajó de un salto, recuperó su sombrero (que había caído unos metros más allá), subió de nuevo a la grupa del animal muerto y rellenó su botella en el estanque. Tras eso y beber agua, se echó a descansar a la sombra de una palmera hasta que escuchó una voz que lo llamaba.
—Eh, tú, el de la tortuga gigante muerta.
—¿Eh? Ah—Se giró, sorprendido de nuevo—. ¿Quién es usted y qué hace aquí? Esta ruta es poco transitada por los Ermitaños.
—No te equivoques, no soy uno de ellos. ¿Te has cargado tú solito a la bestia?
—Sí, señor. Con mis propias manos. Le vendo la carne, si le interesa; o incluso la piel.
—No, no, me interesa otra cosa. ¿Cómo lo venciste?
—Con mi machete. ¿Con qué si no?
—Bien, bien... ¿Quisieras trabajar para mí? Como... cazador.
—Si no le conozco de nada.
—Tendrás tiempo para conocerme si aceptas mi propuesta.
—¿Qué gano yo con esto? ¿Me pagará?
—¡Por supuesto! Además serás tratado como un rey.
—No me convence... ¿Y si me está engañando?
—¿Engañando? Bien, ¿quieres pruebas de que no es así?
—Si no es molestia...
—Bien, como prueba tienes este bicho que te acabas de cargar. Ha sido enviado por mi mayor enemigo para destruirte. A ti y a todo lo que encuentre por delante.
—¿Por qué debería creerte?
—Porque yo no tengo motivos para atacaros ni a ti ni a tu planeta. Yo ya tengo todo lo que deseo, y puedes observarlo en mis ropas—se tiró un poco de la chaqueta para demostrarlo—. Sin embargo, este enemigo no; cada día desea más y más. Y no parará hasta conseguirlo. ¿Quieres ayudar a tu planeta y colaborar conmigo para acabar con él o prefieres morir sin hacer nada?
—Supongo que tiene razón... Pero sigue sin haberme dicho quién es usted.
—¿Pero aceptas o no?
—Que sí... Pero que quiero saber quién es.
—Bien. Mi nombre es Todo, y escucharás más sobre mi historia en cuanto estemos en mi mansión.