viernes, 15 de agosto de 2014

Capítulo XVI - Visitas nocturnas

Ranusa estaba sentado con la cabeza gacha, sobre la cama. Llevaba los cascos puestos, pero se había quitado el de la oreja izquierda y lo había colocado detrás del lóbulo. La música sonaba y él movía el pie al compás, poniéndose nervioso porque se iba acercando la hora de su quedada con Garret. Era la primera vez que un chico quería quedar con él a solas. Su mente divagaba en pensamientos a cada cual peor cuando oyó que la puerta se cerraba suavemente y, mirando hacia ella, vio que no había nadie. Paró la música, dejó los cascos encima de la cama y se levantó cautelosamente, poniéndose en guardia.
—¿...Garret?
—Sí—tras pronunciar su encantamiento, apareció de la nada, con su traje azul marino y un pequeño cuaderno en la mano—, ¿te he asustado?
—Un poco, aunque no sé muy bien por qué. En un principio el único que sabía que estaba mi puerta abierta eras tú.
—Ya, pero no sabías cómo iba a aparecer.
—A todas estas, ¿cómo lo has hecho?—hizo un gesto con las manos—. Lo de salir de la nada, ¡puf! Un Garret salvaje apareció.
—¡Ja, ja, ja!—rió Garret—. No, es un hechizo de invisibilidad. Dura poquito rato, pero lo he estado probando y tengo el tiempo suficiente desde que lo activo para ir de una habitación a otra.
—Guau, impresionante.
—Sí. Bueno, a lo que iba. ¿Puedo sentarme?
—Eh, claro, claro. Ven—y le guió hacia los sillones verdes y blancos. Había una jarra de cristal verde y tazas de desayuno de porcelana con filigranas del mismo color sobre la mesita. Ranusa se sirvió un vaso del líquido castaño claro que contenía la jarra y se echó un poco de azúcar.
—Eh, ¿qué es?
—Cacao instantáneo. Puedes pedir lo que quieras tomar a los sirvientes y ellos te lo traen. Es genial—dijo dando un trago—. ¿Quieres un poco?
—Claro, por qué no.
Y Ranusa le sirvió una taza con cuidado. Garret observó que su habitación estaba bastante desordenada: libros por aquí y por allá, todos abiertos y desparramados; ropa que en un principio debería estar en el vestidor desperdigada por los sillones, la cómoda y la cama; y varias tazas de las de porcelana sobre la mesita de noche.
—¿A qué viene todo este desorden?—preguntó Garret tomando la jarra.
—Estuve investigando posibilidades mientras venías.
—¿Posibilidades de qué?
—Al principio pensé que me estaban espiando, pero no vi agujeros ni cosas raras así que me puse a buscar en los libros formas de aplicar la supervelocidad. No las encontré.
—Vaya, lástima. ¿Es por lo de esta tarde?
—Sep. De momento sólo sé que puedo correr mucho y pegar muy rápido, pero quizá podría probar cosas distintas... No lo sé.
—Bueno, ya lo irás descubriendo. Yo tengo una pregunta para ti.
—Dispare usted.
—¿Confías en Todo?
—Pues...—Ranusa dejó la taza sobre la bandeja y reflexionó. Se reclinó sobre el respaldo del sillón y bufó—. No me cae bien, y eso él lo sabe. Nunca me creí del todo su plan, pero tampoco sé en lo que pensar. No tengo más remedio que ayudarle, de todos modos...
—¿...Y si te digo que no eres el único?
Ranusa le miró larga y fijamente, con cara de incredulidad. Al cabo del rato, pestañeó varias veces, se incorporó y se rió.
—No me jodas, Garret. Claro que sé que no puedo ser el único, somos trece, joder. Más los sirvientes, profesores, etc. Lo que no creo es que sean también lo suficientemente valientes para rebelarse, al igual que yo.
—Bueno, seáis valientes o no, tenemos que conseguirlo. Toma, lee esto—y le pasó el pequeño cuaderno que llevaba en la mano.
—¿Sabes—Ranusa lo miró y lo dejó en la mesita—lo harto que estoy de leer? He estado buscando en toda esa biblioteca para ver si encontraba algo útil, y no lo he conseguido. ¿Qué puede haber en esta mierda de libreta que pueda ayudarme con lo mío?
—Antes de nada, tranquilízate. Yo he venido aquí a hacerte una propuesta y para eso necesito que sepas la historia del diario. Sólo tiene unas cuantas páginas, tampoco demasiadas, y lo que te quiero contar está fácilmente resumido ahí. Por favor.
—...Bien.
Se levantó del sillón, cogió el diario y se lo llevó a la cama. Se tiró de espaldas sobre ella intentando no aplastar los cascos y se puso a leer. Garret mientras tanto seguía observando el desorden, pensando en la rabia que tenía que haberle dado no encontrar absolutamente nada acerca de su poder. Unos cinco minutos después se oyó un grito fuera en el pasillo y se giró alarmado, pero al ver que su amigo no reaccionaba, se hundió un poco más en el sillón y tomó unos traguitos pequeños de cacao instantáneo. Al ratito, Ranusa se levantó de la cama y se frotó la cabeza.
—El Mensajero Veloz este tiene el mismo poder que yo, ¿no?
—Sí.
—¿Y por qué? Creía que sólo lo tenía yo. De todos modos, no se menciona que haya muerto. ¿Qué le ha pasado?
—Todo lo derribó junto con Nüne y los drogó. No sé lo que hizo después con ellos, pero supongo que los secuestraría... O los mataría. Probablemente los perjudicara físicamente de algún modo.
—Tú lo conociste, ¿no?
—Sí.
—Y... ¿Era un buen tío?
—Lo era. Tu antecesor, como habrás podido leer.
—Sí. Y... ¿Sabe dónde está Nada?
—Sí. Por eso, si no ha muerto, tenemos que buscarlo. Tenemos que montar la rebelión, Ranusa.
—Ya, ¿pero cómo? Una rebelión no es algo que se haga así porque sí.
—Lo sé. Por eso, primero debemos poner a los otros diez que nos quedan de nuestra parte.
—¿Diez? ¿Ya has hablado con alguien?
—Sí, con Male. Con ella probé el hechizo de invisibilidad y de paso la convencí.
—Genial... A ver, espera, espera, ¿estás hablando de convencer a TODOS?—incrédulo, se sentó de nuevo en el sillón que antes ocupaba—. ¿Y no crees que te pueden mandar a la mierda?
—Por eso el siguiente al que tenemos que convencer es a Malan.
—¿A Malan? ¿Por qué a Malan?
—Porque es un niño y será más fácil.
—No te creas. Si nos ponemos así, habría que intentar convencer primero a Reïk.
—¿Y eso por qué?
—Porque últimamente los he visto muy apegados. Malan no quiere separarse de Reïk para nada, incluso estuvieron jugando juntos al ajedrez en la sesión de entrenamiento libre.
—¿En serio?
—Claro, joder, si los vi yo...
—Bueno, pues iremos a por Reïk. Pero hoy no. Tenemos que tomarnos las cosas con calma, o nos descubrirán rápido.
—¿Entonces cuándo se lo decimos?
—En un par de noches, yo iré.
—Bueno.
—Pues nada... Muchas gracias por haberme escuchado y gracias por unirte.
—A mandar, chaval. ¿Cómo lo hacemos para que vuelvas?
—Me pongo el hechizo de invisibilidad, abro la puerta sólo lo justo para pasar y me voy corriendo a mi cuarto sin hacer ruido.
—Vale. Venga, buenas noches... Ten cuidado.
—Buenas noches, y gracias.
Garret volvió a pronunciar las palabras misteriosas que tan harto estaba de repetir y desapareció. Ranusa observó cómo la puerta se abría ligeramente y luego se cerraba, y se tiró en la cama a escuchar música. Llegado un momento echó el dosel y apagó la luz, sumido en sus pensamientos, y lentamente se fue quedando dormido al ritmo de una balada que ni siquiera se molestó en quitar.

Garret llegó a su cuarto después de haber convencido a Male y a Ranusa de que se unieran a su grupo. Ya eran tres personas, lo cual no estaba nada mal para el primer día. Se puso el pijama y se metió en la cama, tardando en quedarse dormido y dando vueltas sin parar. Más o menos a la una de la madrugada le pareció oír un ruido en el jardín, pero no le prestó atención y, por fin, cayó en un profundo sueño.


Después de que Garret se marchara, Male guardó de nuevo la ocarina en su cajita y la metió en el cajón de la mesilla de noche. Se dirigió al vestidor y se puso un camisón lila que encontró, de seda, ya que la primera noche se quedó dormida nada más llegar, sin cambiarse de ropa, y la segunda no pudo pegar ojo y no se molestó en buscar ropa para dormir. Las mangas eran ablusonadas y tenían un fruncido en el brazo un poco molesto para ella, pero esperó a acostumbrarse y se volvió a sentar en la cama. Sacó su libro de debajo de la almohada y lo llevó al vestidor, ocultándolo de cualquier mirada indiscreta. Aquella vez se había salvado por los pelos, pero no podía seguir corriendo esos riesgos. Suspirando, volvió a la habitación, cogió otro libro de la estantería y se tiró en la cama a leerlo.

Pasaron unos veinte minutos antes de que dejase de leer, agotada, y colocase el libro sobre la mesita de noche. Apagó la luz y echó el dosel, preparándose para dormir, pero una vez colocó la cabeza sobre la mullida almohada, oyó pasos delante de su puerta. Los atribuyó a Garret, que volvía a su cuarto después de hablar con Ranusa, pero se extrañó al ver que se detenían delante de su habitación. Ella se quedó inmóvil, expectante, y finalmente el visitante se dignó a tocar a la puerta. Male se levantó y, descalza, avanzó silenciosamente hasta la entrada de su cuarto. Abrió un poco y observó por la rendija, pero no vio a nadie. Abrió más la puerta para sacar la cabeza y mirar a los lados, sin embargo, tampoco vio nada, así que se volvió a introducir en su cuarto. Cerró con cuidado de no hacer ruido y al darse la vuelta se topó de cara con un chico que la miraba con una sonrisa socarrona, demasiado cerca de ella.
—Bú—dijo el joven, y Male gritó y se cayó al suelo. Enseguida oyó cómo la gente salía de sus cuartos y llamaba a su puerta, alarmados.
—¿¡Male!?—Maite gritaba al otro lado—. ¡Male! ¿Estás bien?
Oía más jaleo, pero era incapaz de moverse. Paralizada, miraba al chico que desde arriba se aguantaba la risa. Éste se ajustó el sombrero y suavemente la ayudó a levantarse.
—Ábrales—susurró—, y dígales que está usted bien. Yo me esconderé.
Y tras eso, corrió hacia el vestidor y se ocultó. Male se arregló un poco el camisón y respondió a la gente, abriéndoles la puerta.
—Eh, hola... Estoy bien. Sólo que tuve una pesadilla y me desperté gritando...—se rascaba la cabeza y miraba somnolienta a Maite y a varias personas más que estaban allí congregadas, entre ellos Reïk, Tarrkiem y Bocha. Justo al acabar la frase llegó Galia con el cubo transformado en un táser. Iba medio dormida y daba tumbos.
—Mnansmññ...
Y se cayó dormida en los brazos de Reïk, que ya estaba preparado para ello. Tarrkiem le quitó el táser de la mano.
—¡Espera, no hagas es...!—comenzó Reïk, pero no llegó a tiempo. Galia se despertó de repente y comenzó a chillar como una loca
—¡¡DEVUÉLVEME MI CUBO, MENDIGO DE MIERDA!!—gritó fuera de sí mientras pataleaba y se retorcía como una lombriz.
Tarrkiem, estupefacto, le devolvió a Galia el táser y ella lo volvió a convertir en cubo, huyendo hacia su habitación como si fuese una cucaracha asustada por la luz.
—¿Pero qué le pasa...?
—Y hablábamos de las enfermedades del Cretino...
—Bueno—intervino Male—, yo estoy bien. No os preocupéis. Y Galia... Bueno, ya se lo preguntáis mañana. Buenas noches...
Y bostezó. A los demás se les pegó y se marcharon también a la cama, excepto Bocha, que le susurró:
—Si necesitas cualquier cosa, lo que sea, nos tienes a mí o a Maite. No te cortes.
—Gracias...
—A mandar.
Y se marchó como los demás. Male no se quedó tranquila hasta que vio el pasillo completamente vacío y en silencio. Se volvió a meter en su cuarto.
—Ya puedes salir, quien seas—dijo, sentándose en la cama.
El joven abrió la puerta y la cerró tras de sí. Se apoyó en un bastón negro que tenía un surco más o menos a la mitad y que rodeaba todo el diámetro. Llevaba una fedora granate a juego con el esmóquin, y el pelo rubio abundante le sobresalía despuntado hacia los lados. Sus ojos verdes la traspasaban y, con la misma sonrisa con la que se lo había encontrado, le habló.
—Tiene usted un libro muy interesante en el vestidor, señorita.
—¿Quién eres?
—Si me presentase ahora, perdería el misterio, ¿no?—se apoyó el bastón al hombro y caminó hasta el lado opuesto de la cama. Se sentó. Male se había girado, intentando adivinar la identidad del muchacho.
—No tengo ganas de misterios. Lo que tengo es sueño y tú me estás molestando. Así que dime cómo te llamas y qué es lo que quieres o ahí tienes la puerta.
—¡Ja, ja, ja! Veo que no se corta usted un pelo. De acuerdo—dejó el bastón al lado de la cama y se quitó los zapatos—. Me llamo Vittorio. Y me sentiría mucho más a gusto si me hiciera el favor de hablarme de usted.
—A mí me gustaría que hicieras precisamente justo lo contrario—se frotó los brazos, en señal de tener frío.
—Bueno, si lo quieres así... No puedo negarme a la petición de una señorita. Male te llamabas, ¿no?
—Sí.
—Bien, me alegra no haberme equivocado—Vittorio se fijó en la joven, que comenzaba a tiritar—. ¿Tienes frío?
—Sí. Este camisón es muy ligero y no hay calefacción.
—Sí hay. Lo que pasa es que el diseño de esta mansión a veces es bastante estúpido y el termostato está un poco escondido, pero todo es cuestión de buscarlo.
Señaló la estantería con la cabeza y Male se levantó. Un tanto encogida, la separó de la pared y a la altura de sus ojos lo vio. Reguló la temperatura y se volvió a sentar en la cama, esta vez del lado de Vittorio.
—De todos modos, ¿cómo has entrado aquí? ¿Has sido tú el que ha llamado a la puerta?
—Sí. Y ese secreto me lo guardaré para mí—le guiñó un ojo y Male se ruborizó ligeramente—. Y verás, te quería contar algo interesante.
—¿El qué?
—Que Todo no es lo que parece.
—Me alegra que me lo confirmes, pero eso no hace más que aumentar mi sensación de inseguridad. Sobretodo porque no puedo ir a ninguna parte sin ser atacada de algún modo.
—Te preocupa tu amigo del lago, ¿no?—cruzó los brazos tras la cabeza y se tumbó de espaldas.
—¿...Cómo sabes eso?—Male se encogió un poco y su rostro reflejó vulnerabilidad.
—He investigado un poco. Además, ya te he dicho que he encontrado tu libro en el vestidor.
—Por el amor de Dios, no se lo digas a nadie—estaba a punto de llorar. Casi se volcó sobre él—. Es lo único que me queda en el mundo y no puedo perderlo. Si alguien se entera de que existe irán a matarlo y me destrozaría por dentro... Por favor...
—Tu secreto está a salvo conmigo—esta vez le sonrió cordialmente—. Y además, eso de que es lo único que te queda es mentira. Has hecho amigos aquí, ¿o no?
—Sí, pero quizá a ellos les pierda también. Quizá me pierdan ellos a mí. Se supone que estamos aquí porque lucharemos llegado un momento, y nadie sabe cómo acabará la historia...
—Si se hace bien no tiene por qué morir nadie. Yo creo que estáis capacitados más que de sobra.
—¿Sí...?
—Pues claro que sí.
—¿Entonces a qué has venido?
—A ofrecerte mi ayuda, claramente.
—¿No dices que somos perfectamente capaces de vencer a Todo?
—Y lo sois. Pero vais a necesitar a alguien que os cuente el panorama alrededor de Todo y sus planes, ¿no?
—...Sí, supongo.
—Pues a eso he venido. Tengo más amigos que también os ayudarán, de diferentes modos. Pero de momento es peligroso que se junten con vosotros, así que yo me encargaré de todo. Es mucho más discreto que sólo haya uno que veinte.
—¿Tantos sois?
—No, pero podemos llegar a hacer el mismo ruido. Eso sí, de momento no se lo digas a nadie. Será nuestro pequeño secreto—se incorporó, le dio un toquecito en la nariz con el dedo índice y se rió—. ¿Vale, preciosa?
—Eh... Vale...
—Bien. Si necesitas ayuda, llámame y yo acudiré. Ahora me tengo que marchar.
Mientras él se ponía los zapatos, Male se levantó con el propósito de acompañarle hasta la puerta, pero él, tras acabar de atarse el cordón, se dirigió a la ventana, lentamente y desperezándose.
—Prefiero salir por aquí, si no te importa.
Sorprendida, Male se volvió hacia el gran ventanal, descorrió las cortinas y lo abrió. Vittorio saltó al marco de la ventana y de ahí al vacío. Ella contuvo una exclamación mientras lo veía caer, con el corazón en la garganta, pero el muchacho aterrizó limpiamente y de forma elegante. Se ajustó ligeramente la chaqueta, se quitó el sombrero para despedirse de Male y se marchó andando, balanceando el bastón de adelante a atrás. Se perdió en la oscuridad y ella cerró la ventana y las cortinas de nuevo. Tras eso, se tumbó en la cama y apagó la luz, quedándose dormida justo nada más cerrar los ojos. Soñó con Vittorio en el lago, acariciando a su criatura mientras ella alejaba a los asquerosos zombies que los atacaban. También soñó que acababa con todos ellos y que se bañaba de nuevo junto a su amigo el monstruo, y que no había nadie que fuera capaz de perturbar aquella paz que la inundaba por dentro ni aquella felicidad que estallaba a cada risa que lanzaba desde su pecho.
La alegría se reflejaba en los cristales del bosque, y Vittorio la observaba, con semblante tranquilo, mientras cuidaba de sus cosas sentado en una de las raíces del sauce llorón, oculto tras las ramas que rozaban el agua al compás de los latidos del enorme dios submarino y la bella muchacha que buceaba y sentía el frío helado de la noche en las venas.

Ella dormía plácidamente en su lecho de seda y algodón. Ya no tenía miedo, porque acababa de descubrir que tenía a los más poderosos aliados. Y nunca más estaría sola...  

viernes, 8 de agosto de 2014

Cap. XV - El primer día de entrenamiento (2ª parte)

—¡No, Bocha, así no! Si sólo invocas espadas normales y espadas ardientes, será muy fácil eliminarte en una batalla. Tienes que intentar sacar al menos la de agua.
—¿Y cómo lo hago? ¡Me estoy poniendo nervioso!
—Tranquilízate, lo primero. Estoy segura de que la facilidad que tienes para invocar espadas ardientes es porque de algún modo tu energía está siempre sobreelevada. ¿Qué es lo que tienes en mente? ¿Para qué luchas?
—Para vengarme del asesino de mi mejor amigo.
—Entonces es normal que sientas esa rabia. Para sacar las espadas de agua tendrás que calmarte. El agua simboliza la tranquilidad, lo frío y lo sereno. La energía del agua es un flujo continuo y controlado, así que vas a tener que aprender a dominar tu energía si quieres invocarla. Comenzaremos por unos estiramientos...
Bocha y Bego practicaban y practicaban el estilo de lucha de la invocación de espadas, pero era inútil: Bocha era muy complicado de manejar como estudiante. Se frustraba porque no conseguía sacar lo que su maestra le pedía, y lo iba haciendo todo cada vez peor.
Tras haber estado dos horas practicando estiramientos y la respiración, Bego se acercó a él y le cogió de los brazos, suavemente, para recolocarle la postura. Él se puso muy nervioso y comenzó a sudar, cosa que ella notó enseguida y que le hizo mucha gracia.
—Vale, Bocha. Ahora que ya dominas las respiraciones y los estiramientos, es hora de que veamos si has avanzado en el control de tu energía. ¿Cómo te sientes?
—Estoy cansado.
—Aparte.
—Pues...—respiró hondo—, siento paz. Sin embargo hay algo todavía que me molesta...
—¿Y qué es?
—No lo sé.
—Bueno. Probemos a ver si ahora invocas las espadas.
Bocha se puso en la posición que Bego le había indicado, respiró hondo y alzó la mano. Salió una espada normal, que voló disparada en dirección a Bego. Esta la esquivó rápida y con elegancia.
—¡Ay! ¡Lo siento mucho, Bego!
—No, no te preocupes. No pasa nada—miró hastiada a Bocha. Ya no le hacía tanta gracia la atracción que él sentía hacia ella...


—A ver, Cretino...
—Que no me llamo así...
—Que me la sopla... Me han contado lo de tu rabieta con el policía. ¿Qué hiciste exactamente?
—Le cogí del cuello y lo tiré al suelo. Después, me lo imaginé aplastado, y no sé muy bien cómo, le di un pisotón en la cabeza que se la atravesó.
—¿Cómo te sentiste?
—Poderoso. Me imaginé que mi pie era un martillo grande y de repente tenía sesos en mis zapatillas.
—Qué puto asco, joder. Bueno, veamos si puedes hacer lo mismo con esos melones—su profesor, Draves, le señaló varias piezas de esta fruta que había sobre una mesa.
Cretino se acercó, cogió un melón, lo colocó en el suelo e imaginó lo mismo que con el policía. Draves sintió que el aire se hacía más denso y vio cómo su alumno aplastaba el melón con el pie.
—Muy bien, figura—le señaló las manos—. Ahora a ver si puedes hacer lo mismo con las manos.
Esta vez, el joven no cogió el melón. Cerró la mano en un puño e imaginó que era un gran mazo. El aire se volvió pesado de nuevo y él volvió a aplastar la fruta.
—Estupendo, chaval. Ahora vamos a practicarlo en movimiento.


—¿Y bien, Galia? ¿Cómo te sientes con tu poder?
—Me gusta...
—Ahá... Vale, voy a ponerte varias pruebas. Consisten en dominar diferentes cantidades de artefactos electrónicos o mecánicos. No necesitamos que las pases todas hoy, tan solo las que puedas antes de sentirte agotada. Es básicamente para ampliar tu resistencia y tu ratio de control. ¿Preparada?
—Sí.
—Allá vamos, pues—MDM, la tutora de Galia, apretó un botón, y varios juguetes con forma de robot se encendieron.
Galia los miró fijamente. Le brillaron los ojos durante un instante y entonces empezaron a moverse de la forma que ella decía.
—Derecha. Izquierda. Izquierda. Izquierda. Derecha.
MDM apagó los robots y pasó a la siguiente prueba: dominar una sala de veinte ordenadores. Galia pasó esa y las siguientes pruebas sin problemas, hasta que llegó a la décimo primera. Esta consistía en dominar varios aviones de combate. Galia pudo encender dos y controlarlos con facilidad, pero cuando añadió el tercero y el cuarto, empezó a darle pinchazos la cabeza. Gritó de pánico y dolor, y los aviones explotaron. MDM la miró y dijo:
—Lo has hecho muy bien. Mañana continuaremos, de momento, descansa.


Garret se defendía muy bien con la espada de estoque, sin embargo, todavía era un poco novato en lo de encantar su arma con los hechizos.
—Bien—dijo Kay, poniendo los brazos en jarras—, lo que te voy a pedir es muy sencillo: vas a encantar la espada con el brillo azul celeste.
—¿El encantamiento del hielo?
—Precisamente.
—Pero ese no lo domino bien...
—Para eso estamos dando clases, ¿no? Para que lo domines. Venga.
Garret pronunció unas palabras en un idioma desconocido mientras se ponía en posición de combate. La espada comenzó a brillar en un tono azul celeste, como se suponía que debía ser, pero cuando fue a por el objetivo, el encantamiento se rompió y Garret tuvo que lanzar la espada.
—...Otra vez—dijo Kay, tranquilamente.
Garret lo intentó más veces, fallando todas. Ese hechizo era el que menos le gustaba: prefería el brillo rojo. Kay observó la mecánica que tenía Garret y a la octava vez que intentó el hechizo y fracasó lo detuvo.
—Prueba a poner la espada de otra manera. O sea, en lugar de atacar con la espada por delante, prueba a avanzar tú antes que la espada.
—...A ver.
Esta vez, Garret encantó la espada y se lanzó primero con el cuerpo, manteniéndola a su lado en horizontal. Impactó en el objetivo y lo congeló.
—¡Ha funcionado!
—Claro que ha funcionado. ¿Acaso esperabas otra cosa?
—Pues no sé.
—Da igual. Sigue practicando, que tu estilo en esa posición es todavía muy tosco.


—O sea, que tu poder es ahogar a la gente a distancia...
—Más o menos... Puedo separar los átomos de los diferentes gases que hay en el aire y destruirlos o reunirlos en un mismo punto.
—Curioso... Mira, vamos a hacer una cosa. Más o menos, ¿hasta qué distancia puedes utilizar tu poder?
—Unos veinte metros.
—Pues vamos a ampliar ese ratio. Yo me voy a poner ahora a veinticinco metros, y tú vas a concentrarte y a forzar tu poder.
—Me va a doler...
—Sin sufrimiento no hay resultados. ¡Venga!
Nerea sacó un cuentakilómetros y marcó la opción de metros. Se fue corriendo y paró cuando el aparato le marcó veinticinco.
—¡Ya puedes!
Joel, con disgusto, miró fijamente a Nerea y se concentró. Empezó a manejar su poder. Cuando intentó llevarlo más lejos del límite, la cabeza y los pulmones comenzaron a dolerle y arderle. Sufriendo, siguió intentándolo, hasta que Nerea comenzó a notar que le costaba respirar. Cuando se fijó en que ya no le quedaba apenas oxígeno, le hizo una señal a Joel y este se detuvo. Cayó desmayado al suelo.
—Vaya—dijo ella, acercándose fatigada—, tendremos que empezar con algo más suave.


—¡Bien, Maite!—comenzó Cati, su maestra—. ¿En cuántos animales has conseguido transformarte?
—Unos veinte.
—Bien. Si te enseñase una foto de un animal en el que no te hubieras transformado, ¿serías capaz de imitarlo?
—No lo sé, nunca lo he intentado. Siempre los he visto en directo.
—Bueno. Probemos de todos modos.
Cati sacó de un pequeño maletín un montón de tarjetas plastificadas con figuras de animales. Sin embargo, lo primero que le enseñó fue una hidra de tres cabezas, como en la mitología griega.
Maite se quedó pasmada durante un momento. Cuando se recuperó, trató de concentrarse y dio pie a la transformación. No salió bien. En lugar de una hidra de tres cabezas, se había transformado en una morena de una sola, que coleteaba en el suelo. Volvió a transformarse, respirando pesadamente.
—Vamos a tener que intentar cosas más sencillas—dijo Cati, un tanto molesta.
—Pues va a ser que sí...


—¡Bueno, Malan!—dijo Ailee—. ¿Qué quieres hacer primero?
Malan la miró a los ojos y, con un destello de luz, contactó con la mente de la joven. Ella quedó en un estado como de sonambulismo.
—Dame chocolate caliente y un gran abrazo.
—Sí, mi señor.
Y ella le trajo chocolate caliente y le dio un abrazo de oso. Malan, satisfecho, sonreía y se reía como el niño pequeño que era.
—¡Al final esto va a ser más divertido de lo que me imaginaba!


El tutor de Male, Varo, se sentó en una silla a tocar la guitarra. Male se quedó de brazos cruzados, mirándole desconcertada.
—Esto... ¿Qué haces?
—Afino la guitarra.
—¿Por qué? ¿No se supone que me tienes que enseñar?
—Ahá. Hmm... Ya está. Suena bien. Ponte ahí—y le señaló un punto de la estancia—. Vamos a probar algo.
Male se puso en el punto que le habían señalado. Varo se levantó y comenzó tocando unos acordes.
—Cuando yo entre más deprisa, tú levantarás el agua del vaso que hay allá lejos y la traerás moviéndola de lado a lado como si fueras un metrónomo, marcando el ritmo de mi canción. ¿Lista?
—A ver, a ver—Male le detuvo—, lo de traer agua lo domino. Lo que no domino tanto es lo de crear hielo.
—Hielo, ¿eh? Vale. Ven aquí y siéntate aquí conmigo—le ofreció una silla a su lado y ella se sentó—. ¿En qué estado de ánimo sueles estar cuando controlas el agua?
—Tranquila, supongo. Aunque de normal cuando me atacan me pongo nerviosa.
—Sí. Pero yo me refiero a cómo fluye tu energía.
—...Como un río supongo. Hace tiempo que también dominé eso.
—Bien, una cosa menos que explicarte. Pues verás: para crear hielo, tienes que endurecer ese río y transformarlo en un glaciar.
—¿Y cómo hago eso?
—Visualizando y controlándote mentalmente. ¿Conoces el tai-chi?
—Ahá.
—Bien. Pues vamos a utilizar los movimientos de este arte marcial para controlar el agua y congelarla. Necesitaremos movimientos rápidos y decididos. Angulosos, como el hielo. Trae el agua del vaso.
Male sacó la varita de plata que llevaba en el cinturón y atrajo el agua. Una vez la tuvo cerca, Varo la cogió de la muñeca.
—¡Sigue controlando el agua pase lo que pase! Y recuerda, ¡firmeza!
Y le movió el brazo de arriba a abajo. Male se dejó llevar, pero terminó el movimiento ella. El agua se congeló, formando una estaca de hielo.
—¡Muy bien! Ahora vas a aprender a darle forma.


—¿Pero quieres hacerme caso de una vez? Tienes que aprender a volar con sigilo, ¡y no tienes ni idea!
—No me caes bien, Ivanov. Asqueroso.
—No se trata de que te caiga bien o no. Soy tu profesor y harás lo que yo te diga.
—¿Quieres que vuele con sigilo? ¡Pues cierra los ojos y lo haré!
—Más te vale., Penesan. Más te vale.
Ivanov cerró los ojos y ella se levantó del suelo. Rápida pero silenciosamente, pasó al lado de su profesor varias veces y se marchó volando. Al cabo del rato, el tutor abrió los ojos y, al ver que su alumna había desaparecido, montó en cólera.
—¡¡Pero será hija de puta, la tía cabrona esta...!!


—Ranusa, mi cara no es un jodido chiste. Para ya.
—¡Lo siento, Juanma, es que...! JA, JA, JA, JA, JA.
Ranusa se revolcaba por el suelo de la risa. Habían estado practicando la aceleración de partes aisladas del cuerpo cuando él atacó de broma a su profesor y lo asustó.
—Bueno, al menos vas a salir de aquí sabiendo algo más.
Juanma dio por hecho que su alumno se negaba a dar más clase y se sentó a jugar al solitario con una baraja de cartas que sacó del bolsillo.


—¿Y qué me vas a enseñar? Porque yo he practicado mucho en mi casa. Sé todo lo que puedo saber acerca del futuro.
—Sí, pero tienes un método de verlo demasiado desordenado—Marie le hablaba a Reïk sin mirarle a la cara, para desgracia suya—. Si pudieras ver una especie de “archivo” donde están almacenadas todas las posibilidades de las decisiones, una en cada carpeta, podrías escoger la que quisieras y ver sólo esa, en lugar de tener que pensar en cada acción para ver el resultado.
—Estoy contento con mi manera de ejecutar mi poder... ¿No podemos jugar al ajedrez? Si lo que quieres es que mejore mi mente para estrategia...
—Bueno, por qué no.
Y comenzaron a jugar al ajedrez. Partida tras partida, Marie se ponía más y más nerviosa, ya que no dejaba de perder. Al final, se rindió.
—En fin, como ya veo que no dejas de ganarme, creo que te buscaré un contrincante más adecuado a tu nivel.
—Jej...


—¿¡Y AHORA ME ENSEÑAS TU ESPADA!?
—QUE ES UN MACHETE, JODER.
—Bueno, puedes cambiarle la forma, así que me dirás tú qué importa cómo lo llames.
—...¿Quieres que te enseñe lo que sé hacer?
—Sí.
Tarrkiem sacó el machete y le cambió de forma a escudo, espada, lanza, daga y un bumerán.
—¡Impresionante!—dijo Evan—. ¿Puedes transformarlo en líquido?
—Pues ahora que lo dices...—lo intentó y no le salió. Se le cayó el machete al suelo—. No.
—Ya tenemos una cosa que practicar. Concéntrate.
Al cabo del rato seguían en las mismas. Tarrkiem se desesperó y se fue dando un portazo.
—Bueno, pues nada—dijo Evan con los brazos en jarras.


—¡Muy bien, Thorgio!—Gimlo hablaba con una voz chillona insoportable que hacía que el pobre alumno se pusiera de los nervios—. ¿Cuántas copias eres capaz de lanzar a la vez?
—Dos.
—¡Intenta tres!
—Sí, ya.
—¡Que sí! ¡Vamos!
Thorgio bufó y se concentró. Se dividió en dos y luego, forzándose, en cuatro. Pero las copias explotaron enseguida y no funcionó.
—¡Sigue practicando!—y el profesor se marchó de la sala.
—Pero qué mierda me estás contando...
Thorgio se quedó solo en la habitación, sin profesor. Como no tenía nada mejor que hacer, practicó como el enano con voz de teletubbie le había dicho y al final de las cuatro horas era capaz de aguantar las cuatro copias durante veinte minutos sin explotar. Cuando Gimlo volvió, Thorgio le cogió del pecho.
—¿Dónde estabas, enano cabrón? Me has tenido aquí haciendo el gilipollas durante cuatro putas horas para irte de cervezas. Espero que me lo compenses rápido porque si no voy a hacer zumo de tomate con tu cabeza.
—¡Sí, me he marchado por ahí! ¿Pero a que mi consejo te ha valido? ¿Eh?
—...Vete a tomar por el culo.
Y Thorgio se ajustó la capa y se fue.


Garret salió derrotado de su entrenamiento, justo como todos los demás excepto Reïk, Malan, Ranusa y Penesan, que salieron felices como unas castañuelas. Se fueron juntos a comer y, tras un silencio sepulcral en la mesa, volvieron a la base subterránea. Male, Garret, Bocha y Maite se sentaron juntos a esperar a que comenzara el turno de tarde, y cuando éste lo hizo, se separaron. Male y Garret se quedaron juntos, ya que él no sabía muy bien lo que hacer y sentía curiosidad por lo que su amiga era capaz de lograr.
—¿Cuál dices que era tu poder?
—Puedo controlar los líquidos: moverlos, congelarlos, evaporarlos... Hay algunas cosas que me cuestan más, como congelarlos, pero Varo me ha enseñado a hacerlo de forma rápida y a darles forma de lo que yo quiera.
—¿Como qué, por ejemplo?
Male sacó su varita y, con unos movimientos dignos del mejor director de orquesta, sacó el líquido de las botellas de bebida isotónica. Con unos trazos muy veloces, creó una espada angulosa y bella, que relucía en tonos azulados y violáceos bajo las luces del búnker. La cogió del aire con la mano enguantada y lanzó unas estocadas.
—¿Ves?
—Guau, es preciosa...
—¿A que sí? También puedo crear otras cosas, pero esto es lo más sencillo de momento.
—Impresionante. Y una duda, ¿cómo es que no se te resbala de la mano?
—Sólo se resbala si comienza a fundirse, y yo la mantengo congelada todo el tiempo. Por otra parte, estos guantes son antideslizantes, además de no dejar traspasar el calor humano.
—Pues tendrás toda la mano sudada.
—En realidad no. Transpira bien.
—Vaya.
Se acercaron a Vec, y Male le explicó que quería aprender a manejar esa espada. Comenzaron la clase, y mientras tanto, Garret buscó a Ranusa. Miró por todos lados y lo encontró sentado tomando una bebida isotónica.
—Hola, Ranusa.
—¡Hey, Garret! ¿Qué te trae por aquí?
—Verás... Esta noche necesito hablar contigo. Iré a tu habitación a las 11:30, así que asegúrate de estar ahí cuando llegue yo. Ah, y deja la puerta abierta, así no tendré que tocar.
—Como quieras—dio un trago—, pero no lo entiendo. ¿De qué me quieres hablar?
—Te lo diré esta noche, pero no le digas a nadie que hemos quedado. Es un secreto de Estado, ¿me oyes?
—Sí, pesado... Va, vete a entrenar un poco.
—¿Tú no lo haces?
—Nah, no hay nada aquí que me pueda servir.
—Igual manejar algún tipo de daga o...
—Sí, bueno, me estaba planteando eso, pero es que tampoco me apetece levantarme...
—Eres un puto vago.
—Ya ves. Venga, tira—y le hizo un gesto con la cabeza.
Y así, quedaron para la noche. El resto del día transcurrió de forma pacífica, con la mayor parte de la gente practicando y aprendiendo cosas nuevas, y cuando acabaron, se fueron todos a sus habitaciones, derrotados por el cansancio. Garret miró el reloj: las siete y media. Tenía cuatro horas para ducharse, ponerse ropa cómoda para poner en práctica su plan, cenar, alternar si acaso un poco con alguno de sus amigos y acudir a la habitación de Ranusa.
Llenó la bañera, se desnudó y se relajó, dejando que el agua caliente evaporase el cansancio y la sensación de suciedad. Una vez limpio y a gusto, sacó un librito del maletín de las espadas y buscó el encantamiento de invisibilidad.
Estuvo practicando con ese encantamiento hasta que tuvo la certeza de que nadie podría descubrirlo en un viaje hasta el cuarto de Ranusa, y justo al acabar Hina le trajo la cena. Eran huevos rellenos de atún, tomate y mayonesa. Se sentó en la mesita de café vestido de manga corta y bermudas mientras miraba desesperado el reloj. Las nueve y media. Aún quedaban dos horas para la cita. Cuando terminó, a las diez, se cambió de ropa y probó el hechizo de invisibilidad. Salió al pasillo y fue a la habitación de Male, a la cual también quería convencer del plan de su padre.

Llamó discretamente a la puerta. Male se acercó, quitó el cerrojo y acto seguido abrió un poco. No vio a nadie. Intentó cerrar, pero Garret puso el pie en el hueco y se lo impidió.
—Male—susurró—, soy yo, Garret. Abre.
Male, desconcertada, abrió más la puerta y luego la volvió a cerrar. Oyó unas palabras en un idioma extraño y vio aparecer a Garret, que la miraba contento.
—¿Has visto? ¡El encantamiento de invisibilidad funciona!
—Ya, ya lo veo...—fue a su cama y metió un libro de tapas negras bajo la almohada—, ¿qué te trae por aquí?
—Quería hablar contigo sobre una cosa... En privado. Por eso he venido. ¿Esperas a alguien?
—En realidad, no. No, estaba leyendo...
—¿Sí? ¿El qué?
—No, nada, una cosilla que me he encontrado en la bibliotequita esta... Bueno, dime. ¿Qué me querías decir?
—Antes que nada, quería asegurarme: ¿tú confías en Todo?
—Supongo que sí... ¿Por qué?
—Porque yo no.
—¿Y eso?
—Verás...—Garret sacó el diario de su padre—. Quiero que leas esto.
—¿Qué es?
—El diario de mi padre...
Male se sentó en uno de los sillones negro y cobalto de la habitación. Eran igual de bajitos que los del cuarto de Garret. Él se sentó en el que ella tenía al lado y se sirvió una taza de té caliente. Sabía a cereza.
—Hm, este té está muy rico...
—Lo pedí expresamente...
Estaba concentrada en la lectura, así que él decidió no molestar más. Se bebió el té tranquilamente y cuando lo acabó se sirvió otra vez. Miró el reloj: las diez y media. Todavía tenía tiempo.
Al cabo del rato, Male terminó. Cerró el diario y se sirvió té ella también.
—¿Y bien?
—Así que Todo no es lo que parece... ¿Y qué pretende entonces?
—Yo creo que es probable que tergiversara todo el asunto y pusiese a Nada como la mala. ¿Y si es él el que pretende apoderarse del Espacio?
—Sí, bueno, pero no estamos seguros. La única prueba que tenemos es el diario de tu padre...
—Como has podido leer, mi padre estaba relacionado con otros dos hombres—explicó Garret—: el Mensajero Veloz y Nüne. Tengo la fuerte sospecha de que el Mensajero Veloz es el ancestro de Ranusa, y pretendo hablar con él esta noche para intentar convencerle. De hecho, tal y como pone ahí, es uno de los primeros con los que tengo que hablar.
—¿Entonces por qué hablas primero conmigo?
—Porque confío en ti. Además, he quedado con él a las once y media. Me sobra tiempo.
—Ya veo... ¿Y qué habría que hacer?
—Habría que crear una rebelión el día del ataque a Nada. Además, quisiera comunicarme con ella antes de que eso ocurriera, porque mi padre confiaba en nuestra fuerza pero yo no estoy seguro de que podamos contra Todo.
—Espera, ¿tu padre ya contaba con que aceptaríamos todos?
—Sí, eso creo.
—Pues no sé yo, eh. Thorgio por ejemplo, o incluso Joel...
—No me preocupan. De hecho yo pensaba que me costarían más Penesan y Tarrkiem.
—Ya...
—Entonces, ¿aceptas?
—Sí, me imagino. Tampoco es que me caiga muy bien Todo. Me da malas vibraciones...
—¡Genial!
—¡Shhh, no grites, loco!—Male, alarmada, hizo gestos con las manos de que bajara la voz.
—Es verdad, es verdad... Bueno, a ver qué hora es... Las once y cuarto. Me quedan quince minutos. ¿Qué estabas leyendo? Quiero verlo—se levantó del asiento y fue hacia la cama, donde había visto que Male escondía el libro.
—En realidad no creo que...
—¡Venga! ¿O acaso tienes otra cosa mejor que enseñarme?
—¡De hecho, sí!—corrió hacia su vestidor y sacó un bolso de bandolera de color negro y plateado. Lo puso encima de la cama y rebuscó dentro—. A ver... Aquí está.
Sacó una cajita de madera azul oscura y la abrió con una llave que llevaba colgada en el cuello. El contenido de la cajita resultó ser una ocarina de cristal azul. Male se sentó con ella en la mano.
—Es preciosa.
—Sí, ¿verdad? Es un recuerdo de familia.
—¿Qué ha sido de ella después de venir aquí?
—En realidad, murieron en un accidente hace mucho tiempo. Esto estaba en mi casa, concretamente en mi cama, cuando llegué. Era un regalo de cumpleaños atrasado que me dejaron antes de marcharse en coche hacia ni me acuerdo dónde...
—Lo siento mucho...—Garret vio cómo se le humedecían los ojos. Sintió el impulso de darle un abrazo, pero no supo lo que hacer.
—En realidad, no pasa nada. Fue hace mucho tiempo—con un movimiento de dedos ligero como una brisa se sacó las lágrimas de los ojos y las vaporizó en el aire—. Cuando me enteré de lo que les había pasado, cogí todo lo que me importaba, lo metí en el bolso y me largué... Y acabé viviendo en un lago perdido de la mano de Dios con la única compañía de los peces, los ratones y los pájaros.
—Eso es triste.
—Sí, supongo... Da igual—se dio dos palmadas en la cara y volvió a sonreír—. ¿Quieres que toque algo?
—Ah, ¿la sabes tocar?
—Claro, aprendí sola en el bosque.
—¡Pues adelante!
Male se puso la boquilla en los labios, cerró los ojos, colocó los dedos y suspiró. Comenzó a tocar una suave melodía, cautivadora, que a Garret le recordó a un antiguo templo en las montañas.
Miró el reloj: las 11:30. Dejó que Male terminase de tocar la canción y se levantó.
—Tocas de maravilla, que lo sepas—y le dirigió una gran sonrisa—, pero tengo que irme ya.
—Ah, vale. ¡Buenas noches! Suerte con lo de Ranusa.
—¡Gracias! Descansa.

Así, Garret volvió a pronunciar el encantamiento de invisibilidad. Desapareció de la vista de Male, abrió la puerta con cuidado y fue hacia la habitación de Ranusa. La puerta estaba abierta, y una luz cálida se escapaba hacia el exterior.

Cap. XV - El primer día de entrenamiento (1ª parte)

Eran las seis de la mañana cuando Garret escuchó que tocaban a la puerta. Hina traía el desayuno: café caliente con leche, tostadas con mermelada y un plato extraño de huevo. Garret se desperezó y se puso las gafas.
—Adelante...
—¡Buenos días, Garret! Espero que te guste la mermelada, es casera.
—Uh, ¿qué es esto?
—Huevos benedictinos. Llevan una tostada debajo del huevo escalfado y salsa holandesa por arriba.
—Cuánto colesterol.
—¡Vais a trabajar mucho hoy! Es necesario que os alimentéis bien.
—Bueno...
—Te lo dejo aquí—Hina dejó el carrito con la bandeja junto a la mesita de café—. ¡Que aproveche!
Acto seguido salió de la habitación, dejando a Garret a solas con sus pensamientos y el desayuno.
—Madre mía... Ni siquiera sé si me va a entrar todo—dijo él, acercándose y sentándose en uno de los sillones.
Lo primero que hizo fue llenar una taza de café solo y bebérsela lentamente, mientras observaba por la amplia ventana que daba al patio de detrás. Se podía ver una gran fuente y un laberinto de arbustos, además de una caseta de jardinero. Una vez terminó la taza, se encargó del plato de huevo, el cual resultó ser increíblemente delicioso. Al acabar, trató de comerse unas cuantas tostadas, pero al terminar la segunda sintió que no podía más y dejó los utensilios y todo sobre la bandeja. Tras eso, fue al cuarto de baño y se dio una ducha rápida, la cual le despejó y le aclaró la mente. Una vez limpio, se acercó al vestidor, escogió un traje verde azulado parecido al de la noche anterior (como todos en realidad menos dos o tres) y se lo puso.
Cuando salió del vestidor, ni la bandeja ni el carrito estaban allí, pero sin embargo había una nota sobre la cómoda, firmada por Hina, en la que le recordaba que cogiese una espada. Él, obediente, abrió el maletín y cogió una de plata y mango verde, a juego con su traje. Se ató la funda al cinturón y la metió dentro. Tras eso se peinó y se encaminó hacia la puerta. Salió al solitario pasillo y bajó las escaleras, pero cuando ya estaba en el último tramo recordó que no sabía a dónde tenía que ir. Entonces escuchó unas voces a su espalda.
—...y entonces entró en una tienda de chucherías y pidió un bocadillo de jamón y queso. Así, porque sí.
—Vaya, tu amigo tenía pinta de divertido.
—Sí. Fue horrible cuando murió.
—Te acompaño en el sentimiento...
Eran Bocha y Male, que bajaban juntos las escaleras. Cuando vieron a Garret, se acercaron y le desearon los buenos días.
—¿Puedo ir con vosotros?—preguntó él tímidamente—. Es que no me han dicho dónde hay que reunirse...
—Claro, hombre—Bocha le dio una palmada en la espalda—, vamos.
Y así salieron por la puerta principal y torcieron a la derecha, rodeando la mansión hasta llegar al jardín que Garret había visto aquella mañana por la ventana. No había nadie allí, pero según decían Male y Bocha, la mayor parte de la gente ya había salido de sus habitaciones. Se acercaron a la caseta del jardinero y cuando la abrieron pudieron ver unas escaleras que se hundían bajo tierra, iluminadas por luces de bajo consumo que le daban al descenso un aspecto siniestro. Bajaron los tres uno detrás de otro, a la cabeza Bocha, y cuando llegaron al final abrieron otra puerta. El pasillo no tenía nada que ver con la escalera. Igual de suntuoso que la mansión, se extendía unos metros hacia delante y se dividía en varias direcciones. Ellos tomaron la de la izquierda, y continuaron adelante hasta llegar a una gran puerta de acero mecánica. Esta se abrió cuando se pararon delante. Dentro les esperaban ya la mayoría de sus compañeros.

—¡Bien!—comenzó Todo, una vez los rezagados hubieron llegado—. Hoy comienzan los entrenamientos. El día empieza con dos horas de manejo del arma que lleváis, y tras un breve descanso en el que se os servirá un refrigerio para reponer fuerzas, estaréis cuatro horas entrenando con vuestro poder. En estas cuatro horas cada uno tendrá un entrenador personal que le ayudará a concentrarse y a dominar con maestría el don que se le otorgó. Cuando acabéis, tendréis otras dos para poder comer con tranquilidad, y a partir de ahí pasaréis el resto de la tarde hasta las siete alternando entre manejo de arma y poder, depende de lo que queráis entrenar primero. A continuación se presentarán los entrenadores de arma y os llamarán para que acudáis a su clase. Cuando oigáis vuestro nombre, acercaos a ellos y seguidles una vez el grupo esté completo.
Y tras su pequeño discurso, el señor de la mansión se retiró. Un hombre y una mujer se acercaron en su lugar. El hombre era alto, moreno y de ojos azules profundos. Iba vestido con una camiseta ajustada de color negro y de cuello alto, de manga larga, y unos pantalones un poco ajustados del mismo color. Llevaba una espada en el cinturón. La mujer sin embargo era más bajita, aunque corpulenta, y tenía la piel pálida y el pelo castaño lacio. Iba vestida igual que su compañero, pero no llevaba espada. Algunos susurraban las impresiones que les habían dado a sus compañeros.
—La chica parece un toro...
—Y el chico un príncipe.
El hombre carraspeó y se dirigió al público.
—Mi nombre es Vec. Soy el maestro espadachín con el que algunos de vosotros puliréis vuestro arte en el día de hoy. Esta es mi compañera, Eve, y ella se encarga de las artes marciales y lucha cuerpo a cuerpo con dagas, etc. A continuación os llamaremos por orden de lista, y vosotros responderéis en voz alta con vuestra edad y sexo. Comenzaré yo—sacó un papel doblado del bolsillo y lo abrió—. ¡Bocha!
—¡Diecisiete años; hombre!—respondió él, y se acercó a Vec.
—¡Garret!
—¡Veintitrés años; hombre!—dijo Garret, sobresaltado, y se acercó a Bocha. Lo miró con cara de nervios, y él le sonrió.
—¡Joel!
Un joven con tupé y chaleco rojo se adelantó entre los presentes. Garret recordó haberlo visto enfrente de él la noche anterior, al lado de Todo, en la mesa de la cena. Llevaba una katana con aspecto antiguo.
—¡Veinticinco años; hombre!—y se puso al lado de Garret. Éste lo miró de hito en hito, y Joel, al darse cuenta, le miró y le guiñó un ojo. Garret se puso colorado sin saber muy bien por qué, y desvió la mirada.
—¡Tarrkiem!
Un hombre de tez morena y rasgos afilados reaccionó al nombre. Se quitó el sombrero y se lo puso en el pecho, recitando su edad y su género.
—¡Veintinueve años; hombre!
Y avanzó hacia ellos. Vestía una chaqueta de cuero marrón con una camisa de cuadros roja debajo, y unos vaqueros azules. Era un hombre fuerte y experimentado.
—Y por último... ¡Thorgio!
Esta vez un joven delgado y atlético se adelantó. Vestía una capa gris oscuro con un broche violeta, y tenía el pelo largo y negro, además de las orejas puntiagudas. El semblante era violento.
—¡Veinte años; hombre!
—Bien—dijo Vec—, pues así terminamos con mi clase. Te toca, Eve.
—De acuerdo—Eve tenía una voz tranquila pero autoritaria y grave—, ahora yo seguiré el mismo procedimiento que Vec, aunque todos vosotros ya sabéis que venís conmigo. Sin embargo, es una buena manera de pasar lista y comprobar que no falta nadie.
Metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña libretita de notas. La abrió y comenzó a llamar a la gente.
—Hm, extraño nombre... ¿Cretino?
—¡¡NO ME LLAMO ASÍ, JODER!!
El chico siempre vestido de negro, con una sudadera de cremallera y unos vaqueros sueltos, cabizbajo pero iracundo, avanzó a grandes pasos dando pisotones. Cuando llegó donde Eve, ella le miró severamente y tranquilamente le reprendió.
—Me da igual cómo te llames. Si este es el nombre que tengo apuntado, así te llamaré. Ahora, por favor, y si no te importa, procede a hablarme con un poco más de educación, y dime tu edad y tu género.
—...Veinte años; hombre—y, cabizbajo, se colocó detrás de ella, con las manos en los bolsillos.
—Hmm... ¿Galia?
Una joven muy bajita con pelo pajizo cortado a lo chico se abrió paso en silencio. Vestía un mono de trabajo de color beige, y era bonito pese a la tarea para la que servía. Sus ojos negros centellearon y sólo habló cuando estuvo muy cerca, agarrando su cubo de Rubik de color crema, y con una voz clara aunque bajita.
—Veintidós; mujer—y corriendo se puso al lado de Cretino.
—¿Maite?
Maite salió del grupito que quedaba con una sudadera de manga corta y cremallera verde oscuro, una camiseta de tirantes negra ajustada y unos shorts de color beige.
—¡Diecinueve y mujer!—resueltamente se puso al lado de Galia. Cretino no le gustaba.
—Malan... ¿Malan Wïrts?
—Soy yo. Tengo once años y soy hombre—un niño de ojos azul intenso se adelantó, ajustándose el chaleco y la pajarita, e hizo una ligera reverencia. Eve sonrió.
—Más que hombre eres un renacuajo...—espetó Cretino.
—Y tú eres un pedazo de gilipollas—Galia habló bajo pero claro, con asco en la mirada—. Me das ganas de vomitar.
—¿Qué has dicho, tortillera de mierda?—Cretino se giró y le miró con rabia, aunque sus ojos seguían sin verse tras la sombra del flequillo.
—¡Silencio!—Eve puso orden y siguió con la lista—. Bien, Malan, ven aquí. ¿Madalane?
—Male, por favor. Diecisiete; mujer.
Male avanzó con elegancia. Vestía un traje con falda por la rodilla de color negro con líneas azul cobalto; una rebeca con el mismo diseño, de manga corta y cuello alto, abierta; y unas botas azules como los adornos de su vestido.
—Ahora entiendo por qué estás bajo Malan en la lista... ¿Penesan?
—Presente. Veintiún años; mujer.
Penesan era tan bajita que parecía un hobbit de El Señor de los Anillos. Vestía una capa marrón oscura, cerrada por un broche dorado, y llevaba el pelo largo y negro recogido en una trenza. Se colocó entre Maite y Malan y no se movió.
—Vale, estamos acabando... ¿Ranusa?
Un chaval con el pelo por los hombros de color negro, vestido con una sudadera blanca y turquesa con bermudas, avanzó encorvado y con semblante aburrido.
—Veinte años; hombre—y se colocó un poco separado de los demás.
—Por último—Eve miró al único que quedaba—, ¿Reïk?
—Veintitrés años; hombre.
Y con su chaleco rojo y su pelo azul se puso junto a Male y Maite. Entonces cada grupo se dirigió a una habitación diferente, y allí se separaron.


—Buen trabajo, chicos—dijo Vec al terminar la clase—. En general tenéis una buena base de aprendizaje, y sólo os falta mejorar un par de cosas. Sin embargo, les recomiendo a Bocha y a Thorgio que esta tarde vengan un rato a entrenar conmigo. Ya podéis salir.
Y salieron todos juntos. Bocha y Tarrkiem conversaban sobre qué tipo de espada era mejor, y Garret caminaba entre Joel y Thorgio sin decir nada. El primero parecía ir de sobrado, en las clases y fuera de ellas, y no decía nada que pudiera responderse con una expresiva mirada. El segundo, sin embargo, parecía estar enfadado siempre, y cuando fallaba en un movimiento de espada se frustraba y arremetía con todo. Garret se sentía intimidado por ambos, y quería meterse más que nada en el mundo en la conversación entre su amigo y el hombre del machete. Sin embargo, no fue capaz, y cuando vio salir a Male y Maite hablando y gastando bromas con el resto de sus compañeros (excepto con Cretino por supuesto), salió corriendo y se enganchó al brazo de Male, cual niño pequeño asustado.
—Male, esas personas son malas y no me gustan...
—¿Quiénes?—jocosa y sorprendida observó a la clase de al lado, que se acercaba—¿Bocha y Tarrkiem?
—No, los otros... El de la katana parece que quiera violarme, y el de la capa tiene cara de matar gatitos por la noche...
—No seas exagerado. Joel parece que quiera violar a todo el mundo. Es su cara. Y Thorgio...
—La verdad es que Thorgio sí que da mal rollo. No lo puedes negar—dijo Penesan.
—Pero a ti te gusta—Galia intervino esta vez, tímidamente.
Penesan se puso roja y se echó la capucha de la capa por la cabeza. Cretino se rió de ella y Ranusa le dio un puñetazo en el brazo.
—A callar, mancazo—le dijo con sorna—, que casi tenemos que recogerte del suelo cuando has luchado contra Maite.
—A ti te hace mucha gracia, ¿no, Flash? Claro, como lo único que haces es correr... Tsk.
—Te da rabia que te haya ganado una chica, admítelo.
—No. No me da rabia que me haya ganado una chica capaz de transformarse en bichos letales. Me da rabia que me haya ganado UN PUTO CRÍO DE ONCE AÑOS—y miró iracundo a Malan—. ¿¡Pero de dónde has salido, Bruce Lee!?
—No te metas con él. Aquí el malo luchando eres tú. Aprende y no tendrás que avergonzarte de nada—Reïk le puso la mano en el hombro a Malan, a quien el comentario de Cretino le había sentado mal.
El niño miró al chico peli-azul con una sonrisa y un cierto brillo en los ojos de admiración. Cretino sin embargo volvió a callarse, avergonzado súbitamente.
—C-creo que no me he tomado las pastillas...
Y se fue corriendo del recinto, en dirección a la mansión.
—Anda, ¿estaba medicado?—fue Maite la que hizo la pregunta, pero todos tenían la misma cara de sorpresa—. Creía que era gilipollas y ya está, pero...
—Quizá nos hayamos pasado con él.
—¿Con quién?—dijo Bocha, que llegaba con Tarrkiem al grupito.
—Con Cretino—Male puso cara de pena—. Se ha ido corriendo porque dice que no se ha tomado la pastilla, después de haber insultado a Malan y de que Reïk lo pusiera en su sitio. Parecía super adorable cuando se ha ido.
—No deberíamos meternos con un enfermo...
—A ver—Bocha los miró seriamente—, ¿acaso sabéis qué problema tiene?
—No—dijeron todos al unísono.
—Pues a callar. Igual sólo está resfriado y ha ido a por ibuprofeno. No podemos saberlo.
—No, ¿pero y si es algo más grave?—Maite estaba claramente preocupada.
—Ya nos lo dirá—dijo Tarrkiem, escupiendo en el suelo—, lo que tampoco podemos hacer es exigirle que confíe en nosotros y nos diga qué le pasa cuando ni siquiera nos conoce y hemos estado metiéndonos con él a saco.
—No, pero...—Galia alzó ligeramente su cubo de Rubik—. Sí que podemos saber qué pastillas toma y para lo que sirven.
—Todavía no sé qué es ese cacharro—intervino Ranusa—, y me está llamando demasiado la atención.
—Pues verás, mi poder consiste en la obediencia total de las máquinas y aparatos electrónicos a mis órdenes—Galia levantó una ceja y el cubo comenzó a cambiar de forma—, incluido este cubo. Está creado de un material que encontré en mi ciudad, al que yo llamo metal cambia-forma.
—No te has calentado mucho la cabeza, eh...—Ranusa se dio unos ligeros golpecitos en la cabeza.
—Silencio. Resulta que puedo transformar este cacharrito en lo que yo quiera. Ahora mismo lo estoy transformando en una cámara voladora, con lo cual podemos espiarle y saber qué está tomando y para qué.
—¿Y a ti eso te parece normal? ¿Espiar la intimidad de una persona?—Tarrkiem comenzaba incluso a estar molesto.
—Lo que no me parecería normal es meterme con él a sabiendas de que está enfermo. Además, me ha llamado lesbiana, y YO-NO-SOY-LESBIANA. Por muy enfermo que esté, no tiene derecho a insultar a nadie. Además, llamó niñato a Malan hace un rato. ¿A ti te parece normal insultar a un niño de once años teniendo él veinte?
—¿Y la solución es violar su privacidad? Si ahora por ejemplo Male cogiera y te llamase estúpida en una discusión, ¿irías a su cuarto a rebuscar entre sus cosas?
—¡Si me diera pie para sospechar que tiene algún motivo para ello sí!
—¡Oye!—Male miró disgustada a Galia.
—Perdona.
—Esto me parece increíble. Pues nada, haced lo que os salga de los cojones. Yo me voy a descansar.
Y entonces Tarrkiem se alejó del grupo, cogió una de las bebidas isotónicas de una de las mesas y se sentó apoyado en una pared. Bocha miró tanto a Galia como a Tarrkiem, y se fue con éste último, tras coger él también una bebida de la mesa.
—Pues nada—dijo Galia, enseñando el robotito a sus compañeros—, ¿comenzamos?
Todos asintieron con la cabeza, algunos más disimuladamente que otros, y entonces ella levantó la mano donde tenía la camarita. Sus ojos resplandecieron durante un segundo y el aparato comenzó a volar, siendo dirigido telepáticamente por Galia hacia el cuarto de Cretino. En una pequeña pantalla se veían los pasillos de la base subterránea, y de repente toparon con un obstáculo que no esperaban: la puerta.
—¿¡En serio no habéis pensado en la puta puerta!?—Ranusa se dio una palmada en la frente.
—Tú tampoco—le recordó Maite.
—Mira que lo sabía...—Reïk se alejó del grupito, seguido por Malan, en dirección a la mesa.
—Hostias—dijo Penesan—, ¿y ahora qué hacemos?
—Pues tendrá que ir alguien a abrir la puerta, digo yo. ¿No?—dijo Garret.
—Sí... Y será mejor que nos demos prisa, porque a este paso no vamos a llegar a verlo—Galia, y todos los de la clase de artes marciales que estaban allí presentes, miraron a Ranusa.
—Joder, macho. En fin...
Y salió disparado hacia la puerta. Garret entonces se acordó del Mensajero Veloz y lo supo: Ranusa era su descendiente. Mientras él iba y venía, pensó en una manera de decirle lo que tenía que decirle, pero no se le ocurrió nada bueno hasta que volvió y se acordó de haber visto un cartel con su nombre en una de las puertas del pasillo. Sin embargo, rectificó: probablemente el pasillo estuviera lleno de cámaras y Todo lo descubriría todo. Tendría que encontrar otro modo... Y lo encontró. Pero tenía que asegurarse de que el plan era seguro, y para eso tendría que hacer unos cuantos experimentos. Decidió que aquella tarde no saldría de su cuarto.
—¡Mirad, mirad!—dijo Galia, entusiasmada—. Le estoy viendo.
Todos se asomaron a la pequeña pantalla y entonces ella hizo zoom y enfocó. Vieron cómo Cretino dejaba una cajita sobre la cómoda y se marchaba. Cuando vieron la cajita, pudieron leer que ponía “litio”.
—¿El litio no es de lo que están hechas las baterías para el móvil?—preguntó Ranusa.
—También es un estabilizador del ánimo bastante eficaz. Se le receta a la gente con trastornos esquizoafectivos, depresión recurrente, TLP o bipolaridad. A veces también se utiliza para tratar el alcoholis...—Garret se calló al ver la cara de sorpresa de todo el mundo—. ¿Qué?
—¿Cómo sabes tú eso?—preguntó Ranusa.
—He debido leerlo en algún sitio.
—Joder, macho. Tenemos un médico en la sala.
—¡No soy médico! Sólo me gusta leer.
—Sí, vale... ¿Entonces qué es lo que tiene?—dijo Penesan, cansada de tanto rodeo.
—No probó el vino en la cena, según lo que me dijo Male, así que bien podría ser un alcohólico recuperado. Aunque no apostaría del todo por ello, debido a su conducta. Podría ser TLP, o bipolaridad.
—Y qué es el TLP.
—Es un trastorno de la personalidad que da como resultado relaciones sociales caóticas, inestabilidad emocional, etc.
—Ah. Pues eso va a ser, porque no es muy hábil socialmente que digamos.
—También podría ser bipolaridad, porque no sé si os habéis fijado pero ha pasado de estar enfadadísimo a estar triste y ser super tímido—intervino Maite.
—Exacto—corroboró Male—. De todos modos todo esto son teorías, así que vamos a dejarlo que ya debe estar llegando. Trae la cámara, Galia.
Galia mandó una señal a su aparatito y este voló de vuelta, colocándose silenciosamente detrás de Cretino para que éste le abriese la puerta al entrar en la base subterránea. Cuando por fin llegaron (tanto la cámara como Cretino), Todo volvió a aparecer.

—¡Hola de nuevo, amigos!—carraspeó—. Voy a presentaros a vuestros entrenadores personales. Os iré nombrando uno a uno por orden de lista, y os colocaréis junto al entrenador que yo os señale. Empezamos. Bocha, ve con ella. Se llama Bego.
Bocha miró a la chica que Todo le había señalado y tragó saliva, nervioso. Era bajita, con el pelo corto y la piel pálida, y pelirroja. Se acercó lentamente a ella y la saludó tímidamente.
—Ho-hola...
—¡Hey!
Se puso rojo y Male, Garret y Maite se rieron. Tarrkiem sonrió levemente.
Todo fue llamando a los jóvenes de uno en uno, para presentarles a los tutores. Los muchachos se juntaban con sus profesores y se daban la mano. Garret, en su mundo, se sobresaltó cuando escuchó su nombre.
—Garret, este es tu tutor, Kay.
Todo señaló a un joven de pelo largo, rizado y negro, y que iba ataviado con un uniforme del mismo color que el traje que Garret llevaba la noche anterior, además de una larga bata blanca.. También llevaba una bolsa de cuero marrón en la que cabían el portátil y otras cosas. El chico estaba tecleando rápidamente sobre su ordenador.
—Esto... Hola.
—Encantado, Garret. Disculpa que no pueda atenderte ahora mismo, es que estoy liado con esto...
—No, no hay problema.
Y se quedó cortado a su lado, sin atreverse a mirar lo que hacía. Mientras tanto, Todo seguía llamando.
—Joel, esta es Nerea. Será tu tutora.
Nerea era una joven extremadamente delgada, que vestía ropa ajustada de colores y miraba hacia los lados con cara de no estar muy segura de lo que estaba haciendo. Tenía los pies muy abiertos hacia afuera, y el pelo castaño enmarañado y por los hombros. Joel se puso muy colorado y tartamudeó al hablar.
—Jo-jo-jolín, esto... Hola...
—¡Papá Noel ha llegado a la ciudad!—gritó Ranusa, despertando la carcajada general.
Joel se puso todavía más rojo, si eso era posible. Agachó la cabeza y le temblaron las piernas, y Nerea, asustada, se lo llevó a la estancia que tenían preparada para dar la clase.
Tras las risas, Todo siguió llamando. El grupo de gente que había en el centro de la gran habitación se iba reduciendo. Sólo quedaban dos personas cuando le tocó el turno a Tarrkiem.
—¿Tarrkiem? Tu tutor es Evan. Ahí lo tienes.
Tarrkiem se acercó a él a paso despacio. Cuando por fin se reunió con él, Evan le miró unos segundos y le gritó en la cara.
—¿¡ME DEJAS VER TU ESPADA!?
—PARA EMPEZAR, ES UN MACHETE. Y NO—replicó él.
—Jo—Evan fingió entristecerse un poco, pero se rió sonoramente, para la desesperación de su alumno.

El último en ser llamado fue Thorgio. Su tutor era Gimlo, un hombre muy pequeño y que cargaba con un hacha a todas partes. Ninguno de los dos abrió la boca cuando se juntaron, así que tras unos segundos de expectación, la gente se rindió y se fueron todos a sus respectivas aulas.

jueves, 7 de agosto de 2014

Relato: Pelirroja Parte 6


- No. De ninguna manera. No pienso hacerlo.
- Venga, Flechas, no lo hagas más difícil. Te lo estoy pidiendo como un favor.
- No voy a ceder, Sincara. Prefiero salir en una misión con Gea como única compañera que acompañar a esa loca acosadora. Me da cosa, no se me despega para nada y más de una vez la he sorprendido mirándome fijamente –sentenció M.- Da MUY mal rollo.
- También nos molesta a los demás, ¿sabes? Por eso quiero que te la lleves cuanto antes. Está aterrorizada y no quiere volver a casa si no eres tú quien la acompaña.
- ¿Y no se te ha ocurrido pedirle a V que haga alguna de sus cosas raras y tranquilice un poco a la mortal? Porque para vigilar a Gea no hace falta mucho esfuerzo, y le vendrá bien hacer un poco menos el vago.
- … La verdad es que ni se me ha pasado por la cabeza. Sus resultados han sido tan catastróficos que no merece la pena.
- Me importa una mierda lo que pienses –dijo M- ¡CLARA! ¡SAL DE DÓNDE QUIERA QUE TE HAYAS ESCONDIDO Y ACOMPÁÑAME!
Sincara suspiró aliviado cuando M salió dando zancadas. Que se comiera el marrón otro, él se iba a descansar un rato… Dichosos mortales, eran un dolor de cabeza.

……………………………………………………….
Una suave música resonaba por los pasillos, invitando a la calma y la quietud… Hasta que llegó M, pateando todas las puertas y llamando a V a grito pelado, seguida de una perpleja Clara. Una puerta se abrió y salió V bostezando.
- Gritona, ya sé que te faltan algunos tornillos, pero resulta que la gente cuerda necesita dormir.
- ¿Dormir? ¿Tú no eras la niñera de Gea? Tendrías que estar vigilándola.
- Está muy entretenida montando cachivaches. Lleva días en su taller hablando con un puñado de piezas metálicas y cables. Da un poquito de mal rollo, incluso siendo Gea.
- Hablando de mal rollo, –sonrió M señalando a Clara- esta es Clara. Obviemos lo poco importante, cómo “OH, JODER, SE HA COLADO UNA MORTAL” y pasemos a lo que nos interesa: quiero que le metas en esa cabecita de acosadora que no corre peligro, que puede ir a casa solita y que me deje de mirar como un jodido cordero degollado. Ah, y ni se te ocurra negarte o le contaré a la pelirroja lo productivo que eres.
V murmuró una palabrota y miró a Clara. El primer minuto transcurrió sin contratiempos, pero de repente, V hizo algo que M no le había visto hacer nunca. Se puso blanco como la tiza, miró a M aterrado y salió huyendo.
- ¡Serás…! ¡Vuelve, imbécil! –le chilló M, corriendo tras él.
- ¡JAMÁS! –se oyó a lo lejos.
Clara esperó unos segundos, se encogió de hombros y siguió a M.

……………………………………………………….

¿En qué habitación estaba Gea? Joder, ese sitio era un laberinto. Debía encontrar a Gea antes de que M le pillara y le obligara a enfrentarse a Clara otra vez. Y no pensaba meterse en la cabeza de esa loca nunca más. La mente de Gea parecía ordenada a su lado, y eso era difícil. A la décima puerta que abrió pudo ver a Gea, sentada en el suelo y hablándole en susurros a su mano.
Pero antes de que pudiera hacer algo, una M furiosa le placó por detrás. Rodaron por el suelo, forcejeando sin parar.
- No pienso meterme en el coco de esa chiflada –jadeó V, levantándose a duras penas.
- ¿No querías practicar?
- Sí, pero sin perder la cabeza en el intento.
- Joder, que está obsesionada conmigo, por favor.
- Ya lo he visto, ya. Pero con una desequilibrada me basta y me sobra, gracias.
Miraron a Gea. Parecía totalmente ajena al asunto, trasteando con unos Cubos portátiles a medio hacer. No se parecía a la Gea fuera de control que electrocutaba a todo bicho viviente…
- Vaya, cuantos cacharritos electrónicos. Yo pensaba que os iba más la magia –jadeó Clara desde la puerta. - Y cómo corréis, parecéis galgos.
- ¡CLARA! ¡¿QUÉ TE HE DICHO SOBRE SEGUIRME SIN PERMISO?!
- Que no te gusta, sí, pesada –gimoteó Clara poniendo pucheros. - Me dejaste sola.
En ese momento, Clara vio a Gea. Y Gea levantó la cabeza, mirando fijamente a Clara. V tragó saliva, esperando la reacción de Gea. No tuvo que esperar mucho, porque de un pestañeo a otro, se encontró delante de Gea, con ésta agarrándole fuertemente del brazo.
- Vaya, ¿nos hemos visto antes? Me resultas familiar –dijo Clara, avanzando un paso.
Gea negó frenéticamente con la cabeza y se ocultó más tras V.
- Tienes un aire a una amiga que hace siglos que no veo… oye, tranquila, no te voy a comer.
- No le gustan los extraños. Y aún menos si son mortales –dijo V-. Por favor, vete, que luego no hay manera de tranquilizarla.

……………………………………………………….
- ¿Por qué diablos he acabado aceptando?
- Te juré que no aparecería por ahí a menos que fuera necesario. Por si fuera poco, Gea se estaba poniendo peor y acabaste haciéndolo. Aunque yo creo que has caído a mis pies, como todos…
- ¡QUITA, BICHO!
Maldita sea, pensó M mientras ayudaba a levantarse a Clara después de un grito fuera de control, Sincara y V iban a pagárselas todas juntas. Suspiró de alivio cuando llegaron al portal de Clara, pero su alegría duró poco.
- Sube conmigo, por favor. Podría haber alguien en mi casa y… y…
- Que cuento tienes, bonita. En fin, tira, que se está haciendo tarde.
Al llegar al piso, una figura apoyada en la puerta puso en alerta a M.
- ¡Josh! ¿Qué hay? –dijo Clara.
M lo reconoció como el camarero rubio que había visto el día que conoció a Clara. No parecía de muy buen humor, por lo que decidió quedarse al margen.
- ¿Se puede saber dónde estabas, Clara? Llevaba dos días sin saber nada de ti. Me moría de preocupación.
- Ay, estaba por ahí con ella.
Tierra trágame, pensó M al notar la intensa mirada de odio que le dirigió Josh con sus escalofriantes ojos negros.
- M… Malena –consiguió tartamudear.
- Bueno, Josh, gracias por preocuparte, pero deberías irte ya. Es tarde y mañana trabajas –cortó Clara.
Josh soltó un taco y, gruñendo al pasar por al lado de M, bajó por las escaleras.
- No te preocupes por él. Aunque a veces parece mi madre no es mal chico. Eso sí, para tener solo veintiún años es un soso. Solamente deja de trabajar cuando le arrastro yo. Mira, estuve a punto de llevarle a tu concierto y me llamó loca, dejándome tirada.
- Pero… ¿No es un poco joven para ti? No sé, tampoco tengo tanta experiencia en esos temas mortales.
- Espera… ¿crees que es mi novio? –Clara se echó a reír. - Nada más lejos de la realidad. Es el hermano pequeño de la chica que tiene un aire a Gea. Hace unos dos años él necesitaba pasta y yo otro camarero… Así que le di trabajo. Que, por cierto, no te preocupes, a mí me van otras… cosas.
Al ver la sonrisa insinuante de Clara y sintiendo cómo apoyaba la mano en una zona “personal”, M murmuró una despedida y salió corriendo como una loca.

martes, 5 de agosto de 2014

Capítulo XIV - La llegada a la mansión

Garret sintió un escalofrío cuando cruzó por el portal. Al llegar al jardín de Todo, una brisa nocturna y helada le sopló en la cara, aumentando todavía más la sensación de desagrado. La fina ropa que traía de la playa estaba rota y hecha polvo, y no era capaz de abrigarle adecuadamente. Todo sonrió mientras seguía caminando.
—Aquí hace más frío que en la playa, supongo.
—Sí.
—Pues date prisa en entrar, o te resfriarás. Y los entrenamientos comienzan mañana, no querrás estar indispuesto.
—Por supuesto que no... Pero, ¿mañana? ¿No es demasiado pronto?
—Para ti puede, pero tus compañeros llevan más tiempo esperando, al igual que yo. No podemos alargarlo más.
Ambos se pararon delante del enorme portón que daba acceso a la mansión. Todo esperó unos segundos con la mirada puesta en la barrera de madera que los separaba de la calidez del interior del enorme caserón y esta se abrió lentamente. Una vez abierta, los dos entraron, y conforme lo hicieron escucharon cómo se cerraba la puerta tras ellos. Garret observó la opulencia con la que estaba adornado el interior: tapices de colores, alfombras de terciopelo, vasijas y jarrones de oro y porcelana fina, lámparas de los más puros cristales...
—Impresionante decoración—observó el joven, acercándose a los tapices que cubrían una de las paredes—. Digna de las más ricas familias que jamás hayan existido en nuestra tierra.
—En efecto. Yo mismo la escogí—el hombre sonrió complacido, y con una ligera reverencia y un gesto con el brazo, señaló las escaleras que daban al piso de arriba—. Ahora, sin más preámbulos, te acompañaré personalmente hasta tus aposentos.
—Muchísimas gracias.
—Sígame, caballero.
Con un ligero retintín (el cual Garret interpretó como una burla hacia su persona y se ofendió), Todo pronunció estas palabras y subió las escaleras. El muchacho le seguía, apoyando la mano en la barandilla, y cuando llegaron a la bifurcación que llevaba hacia la derecha o hacia la izquierda del primer piso, Todo se detuvo.
—Has de recordar que tu habitación se encuentra en el lado izquierdo de la casa, de lo contrario te perderás. De todos modos, en cada una de las habitaciones de invitados hay un pequeño cartel colgado del pomo de la puerta en el que pone el nombre de su huésped. Pronto pondremos unos carteles fijos al lado de cada puerta, pero mientras tanto, tendrás que contentarte con eso.
—Lo haré.
—Muy bien. Vamos.
Reanudaron la marcha escaleras arriba, hacia la izquierda. Pasando varios retratos del dueño de la casa y varias puertas, llegaron a algunas donde había carteles, y una de ellas estaba señalizada con el nombre de Garret. Se detuvieron delante.
—Como ves, tienes varios compañeros aquí. Algunos se encuentran más adelante en el pasillo, o han decidido retirar su cartel de la puerta, pero están ya todos. Te rogaría que no te presentases a ellos hasta que sea la hora de la cena. No tendrás que esperar mucho, pero de todas maneras estaría bien que te duchases y te cambiases de ropa. En el vestidor de tu habitación tienes varios trajes adecuados para esta ocasión. Disfruta, esta es tu nueva casa ahora.
—Gracias.
Y Todo se alejó por donde habían venido. Bajó las escaleras y desapareció de la vista de Garret.

El joven entró en la habitación. Cerró la puerta con pestillo tras de sí y dirigió la mirada al mobiliario y la distribución. Se fijó en que gran parte de la habitación estaba decorada con tonos azulados. A su derecha tenía una mesita de cristal totalmente de color azul, con unos sillones bajos de madera con los cojines azules también. Sobre la mesa había una tetera de porcelana con varias tazas, todas decoradas con violetas azules, y una jarrita de leche. El botecillo de los azucarillos estaba lleno, y la tetera humeaba. Un ligero aroma a café inundaba el aire.
La cama era también de madera, y tanto las sábanas como el edredón eran de seda azul índigo. El dosel, de un color más pálido, era de hilo fino semi transparente. En la mesita de noche había un vasito y una jarra con agua, y sobre la cómoda descansaba un espejo con bordes de plata y lapislázuli. Garret se acercó a este último mueble, abrió el primer cajón, y acarició las toallas, del mismo color que las sábanas. En el segundo había más sábanas de repuesto, y el tercero estaba vacío. Allí dentro trató de introducir el maletín con las espadas, pero al no caber lo dejó fuera, apoyado al lado de la ventana. Introdujo el diario en el único cajón de la mesita de noche y se sentó en la cama, comprobando lo cómoda que era. Una vez hubo comprobado la primera estancia, se levantó y se dirigió hacia una de las puertas que había en la pared de la izquierda, la más cercana a la puerta de entrada a la habitación. La abrió y dentro vio una enorme y preciosa bañera, varios tipos de geles y champús en la repisa que había sobre ella y un lavabo grande y con varios armarios en la parte de abajo. El espejo estaba dividido en tres zonas y estaba decorado como el de fuera: con plata y lapislázuli. El inodoro estaba cubierto por una tapadera de madera.
Impresionado, salió del cuarto de baño para entrar en la última puerta: el vestidor. Dentro había varios armarios de color azul y blanco, y un gran espejo en la pared del fondo. Dio al interruptor de la luz y abrió las puertecillas, descubriendo muchos trajes de varios colores diferentes, pero sobretodo azules. Estaban todos inspirados en la época victoriana. Garret sonrió para sus adentros y, preparado para ducharse, salió del vestidor. Se quitó la ropa vieja y la guardó en el tercer cajón de la cómoda. Del primero sacó dos toallas pequeñas y otra grande, y se metió en el cuarto de baño. Allí, dejó una de las toallas pequeñas en el colgador del lavabo y las otras las dejó en el colgador de al lado de la repisa. Encendió unas velas que encontró en uno de los armarios del vestidor con las cerillas que traían y se metió en la bañera. Primero olió los geles, y cuando decidió cuál le gustaba más, encendió el grifo, puso el tapón y echó un chorro cerca del desagüe. Conforme crecía el agua, crecía la espuma, y tras un rato, cuando la bañera ya estaba llena más o menos por la mitad, cerró el grifo y dejó que los efectos relajantes de las velas y los geles le destensaran los músculos.

Una media hora más tarde, se duchó y salió con la toalla echada sobre los hombros. Se iba secando mientras entraba en el vestidor y, abriendo los armarios, se preguntaba qué traje se pondría. Tras estar pensándolo unos cinco minutos se decidió por uno de tono azul pálido, clásico y sin mucho adorno. Cogió un pañuelo blanco de uno de los cajoncillos y se vistió. Una vez listo, se miró al espejo, y vio que no estaba peinado. Volvió hacia la habitación y, encima de la cómoda, vio varios objetos, entre ellos un peine y un cepillo. Optó por el peine y se puso la raya del cabello en el lado izquierdo de la cabeza. Una vez preparado, se percató de que detrás de la mesita de café había una estantería con las cuatro baldas llenas de libros. Se acercó, tomó uno de cubierta roja y se sentó en uno de los silloncitos, con el firme propósito de ponerse a leer. Sin embargo, nada más sentarse y abrir el libro, alguien tocó a la puerta.
—¿Señor Garret? Soy Hina, una de las sirvientas. Le esperan para cenar en el comedor.
—¿Eh? Sí, ahora salgo.
Dejó el libro sobre la mesita y abrió la puerta, pero no sin antes arreglarse un poco más el traje. Una vez salió, dirigió una cálida sonrisa a Hina, y esta, correspondiéndole con educación, le guió a través de los pasillos de vuelta al piso de abajo. Esta vez entraron en una gran estancia, con puertas acristaladas, y allí Garret pudo observar a los otros doce jóvenes que habían sido reclutados por Todo.

Había chicos y chicas de todas las clases. Algunos ya mantenían una conversación, de pie, y otros se limitaban a observar la escena, cortados. Garret miró a su alrededor y se fijó en un pequeño grupo formado por una joven de pelo cobrizo y ojos grises, otra más bajita y de piel morena y un chico igual de alto que la primera joven, de pelo rubio oscuro y y ojos marrones chispeantes. Conversaban acerca de sus habitaciones.
—La mía es toda de color verde, es increíble. ¡Es mi color favorito!—la joven morena sonreía excitada mientras describía las maravillas de su habitación.
—La mía en cambio es azul cobalto y plateada—la muchacha de ojos grises se ajustó las gafas y cruzó los brazos—. Lo que más me ha llamado la atención es el café que había listo para servirse. Un detalle curioso.
—Bastante, aunque yo no lo he catado—esta vez fue el joven el que habló—. No me gusta el café.
—Ciertamente. Yo, sinceramente, prefiero el té.

Estos tres jóvenes le resultaron interesantes. Se disponía a vencer su timidez y acercarse a ellos cuando Todo apareció por la puerta, apestando a colonia cara y con una sonrisa de satisfacción en el rostro.
—¡Bienvenidos a mi hogar, queridos amigos!
El murmullo de las personas que hablaban cesó. Todos prestaron atención al hombre.
—En primer lugar, quisiera agradeceros a todos el que hayáis aceptado mi petición de ayuda. Después de cenar os contaré en profundidad cuál es mi problema, y por qué necesito que me ayudéis. Sé que todos estáis hambrientos, así que sentaos a la mesa en el lugar que se os ha sido asignado por número. Yo me sentaré en la esquina de la mesa, allá al fondo. ¡Venga!
Entonces Hina se acercó a Garret y le dijo que su número era el 13. Garret comenzó a buscarlo, encontrándolo en la parte del final, justo al lado derecho de Todo. Odió con todas sus fuerzas tener ese número asignado, pero se sentó en su asiento despacio, aparentando tranquilidad. Justo a su derecha, en el asiento número 12, la joven de los ojos grises de antes se sentaba elegantemente, con el semblante reflejando paz. Vestía un traje sencillo de color negro y tirantes gordos, poco escotado, con filigranas plateadas y una cinta de ese mismo color dejada caer grácilmente sobre sus caderas. El pelo le caía suavemente sobre los hombros, y una única pulsera de perlas relucía con su brillo nacarado en la delgada muñeca izquierda. Garret sonrió, pensando que había tenido suerte al menos de sentarse al lado de tal chica. Esta le miró y le sonrió, ajustándose luego las gafas y bebiendo un poco de vino de su copa.
Observó el resto de la escena. La chica morena y el chico rubio que iban con la joven del 12 estaban sentados juntos, en los asientos 3 y 4 respectivamente. Ella lucía su precioso tono de piel con un vestido blanco y verde oscuro, sin tirantes, con un colgante de grandes esmeraldas brillando bajo las luces de las lámparas de araña, y él vestía una sencilla camisa gris y unos pantalones negros. No se fijó en los demás comensales, ya que en ese preciso instante comenzaron a servir los platos.

Terminó de comer bastante más tarde que los demás. El pato a la naranja no le había hecho mucha gracia, y si ya de por sí comía despacio, esto no hizo más que agravar la situación. La chica de al lado sin embargo se lo comió rápido y sin chistar, y siguió dándole al vino. A Garret le sorprendió, puesto que él ni siquiera se había terminado su copa, y ella iba ya por la tercera. No presentaba signos de que el alcohol le estuviese afectando, pero de todos modos le pareció que ya llevaba demasiado encima. Y se lo dijo.
—Oye...
—¿Sí?
—¿No crees que con esas tres copas...? No sé, ¿no te cansas de beberlo?
—Es que está muy bueno... Pero sí, tienes razón.
Y dejó la copa en su lugar. No volvió a tocarla, y durante el resto de la cena sólo bebió agua. Durante los postres, sin embargo, fue Garret el que se pasó comiendo, y ella se lo recordó tal como él lo había hecho antes.
—Oye, ese es el cuarto plato de natillas que te comes. Vas a explotar de diabetes.
—Vaya—sorprendido, Garret dejó el plato y la cuchara—, no sabía que llevase tantos. Mejor lo dejo ya.
—Bien.
Y con una ligera risa, se volvió hacia adelante y observó al resto de las personas, tal y como él hizo unos segundos después.

—¡Y bien, damas y caballeros!—Todo proyectaba la voz desde su extremo de la mesa—. Ya es hora de que os cuente el problema que se me plantea. Habéis vivido en la incógnita durante demasiado tiempo ya, y es el momento de que la verdad se os sea revelada.
“Como ya sabéis, mi nombre es Todo, y soy el Amo y Señor del Tiempo. Como habréis podido comprobar, tengo el poder de moverme a través de las diferentes e infinitas cronologías que dan lugar a dimensiones y universos paralelos. Durante siglos he estado vigilando el flujo del tiempo, como antes lo hicieron los Señores del Tiempo que me precedieron, y hoy he llegado a la conclusión de que tengo un enemigo demasiado poderoso, al cual tengo que derrotar.
“Este enemigo es Nada, la Dueña y Señora del Espacio. Ella es la que vigila que todos los universos y dimensiones paralelas se mantengan estables, del mismo modo que yo hago con el tiempo, y es exactamente igual de poderosa que yo. Hace mucho tiempo, desde que ambos nacimos, que quiere apoderarse del flujo temporal. Y hace un par de siglos comenzó a moverse para conseguirlo.
“El flujo temporal sólo puedo manejarlo yo, al igual que ella es la única capaz de manejar las dimensiones. Si cualquiera de los dos desapareciese, toda la estructura del espacio paradójico en el que todas las cronologías y dimensiones se encuentran se desmoronaría y colapsaría, dando como resultado la destrucción total de cualquier mundo conocido. Por eso, nuestro deber es convencerla de que cese en su intento de apoderarse del tiempo y, si no somos capaces, destituirla por la siguiente deidad de la línea de sucesión de los Señores del Espacio: su hija.
Todo terminó de hablar. Observó a los jóvenes uno a uno, escrutando sus expresiones para intentar adivinar lo que pensaban. Garret intentó que no se le notase la incredulidad y lo consiguió, ya que el único al que le preguntó si estaba seguro de querer continuar fue al chico del asiento 5, e inmediatamente este asintió enérgicamente. Satisfecho, se levantó de la mesa y se marchó, dejando a los jóvenes. Estos pasaron al enorme salón que se encontraba enfrente del comedor, atravesando el vestíbulo. Allí, la joven del vestido negro y los ojos grises se acercó a Garret.
—¡Hola!—caminaba ligera sobre unos zapatitos negros sin tacón—. Al final no nos hemos presentado. Soy Madalane, aunque prefiero que me llamen Male. ¿Y tú?
—Soy Garret. Encantado.
—Lo mismo digo.
Se estrecharon las manos y se sentaron en uno de los cómodos sofás.
—¿Cuándo has llegado a la mansión? Yo llegué ayer—los sirvientes ofrecieron té y café y ella pidió lo primero con un gesto—. No vi a nadie más, supongo que estaban todos encerrados en sus habitaciones.
—Yo he llegado justo hoy, nada más caer la noche, creo—él, sin embargo, pidió un café solo, y a sorbos lo tomaba mientras ella le observaba—. En mi casa estaba atardeciendo.
—Cuando yo llegué era por la mañana. Tuve que estar todo el día en mi cuarto, aislada. Como los demás, supongo. Aunque estuve bastante entretenida, ya que en mi bolsa tenía varias cosas con las que pasar el rato, aparte de los libros de la estantería.
—Yo me di un baño al llegar, estaba hecho un asco. Luego me apeteció leer, pero Hina me llamó justo cuando me había sentado.
—¿Hina? ¿Es tu sirvienta?
—Sí, ¿no es la misma que la tuya?
—No, yo tengo sirviente. Pero no me ha dicho cómo se llama.
—Vaya.
—Sí...
Tras una pausa en la que miraron alrededor, Garret se interesó por el resto de personas.
—¿Conoces al resto de gente de aquí?
—Sí, a algunos. Aquellos con los que he tenido oportunidad de hablar.
—¿Quiénes?
—Pues mira, ¿ves a aquel del pelo azul? Se llama Reïk—señaló a un joven de altura media, con el pelo semi largo y de un color azul celeste muy bonito. Era pálido de piel, y llevaba una camisa blanca con un chaleco verde oscuro y pantalones largos negros—. Es un tío simpático, aunque un poco seco. Creo que no se fía de mí.
—La verdad es que me resulta interesante.
—En mi opinión, lo es—después señaló a una pareja que charlaba animadamente al lado de la puerta—. A aquellos dos ya los has visto antes, creo. Estaban conmigo antes de cenar. Son Bocha y Maite. Realmente simpáticos.
Esta vez los aludidos vieron cómo les señalaban, y Maite saludó al aire entusiasmada. Se acercaron y se sentaron.
—Bueno, Male—comenzó Bocha—, ¿quién es tu amigo?
—Garret. Male ya me ha dicho vuestros nombres, Bocha y Maite—les estrechó la mano—. Encantado de conoceros.
—Igualmente—Maite sonrió amable a Garret y dirigió la mirada hacia el chico todo vestido de negro que estaba apoyado en la pared de enfrente—. ¿Habéis visto a ese? Vaya un tío raro, ¿eh? ¿Por qué no nos enseña los ojos?
—No lo sé—Male entró en la conversación de nuevo—, pero me he sentado a su lado en la cena y tampoco ha dicho mucho, aparte de un eructo.
—Es un gilipollas—espetó Bocha—, me lo he cruzado antes de entrar en el comedor y por poco no le doy dos hostias. ¿Pues no va el imbécil y me da un empujón?
—¿Cómo se llama?
—Yo qué sé. Para mí es el Señor Media-mierda.
—Qué bestia, igual ha sido sin querer.
—Que no, que no.
—Bueno, pues nada.
En aquel momento, Reïk se acercó a ellos. Con la voz baja y cortada, se dirigió a Male.
—Hola, Male... ¿Puedo sentarme con vosotros?
—¡Claro! Venga, ven. ¿Conoces a Garret?
—No... Encantado—se estrecharon las manos.
Reïk se sentó entre Garret y Male, y allí estuvieron conversando durante un rato sobre sus habitaciones, las impresiones que les habían dado el resto de invitados y sobre la cena. Sin embargo, no mencionaron ni a Todo ni a su plan. Al cabo de una hora y media, Maite se levantó y se desperezó.
—¡Bueno! Creo que yo me voy a dormir. Ha sido muy divertido charlar con vosotros.
—Yo me voy también—dijo Reïk mientras se levantaba.
—Y yo—Garret se desperezó y se levantó lentamente.
—Bueno, pues nosotros nos quedamos aquí un rato más, ¿no, Male?
—Sí, por qué no. Buenas noches a todos—se despidió con una sonrisa.
—Buenas noches—dijeron los tres a la vez.

Subieron las escaleras y, una vez en el pasillo, fueron fijándose en los carteles que estaban colgados en los pomos de las puertas. Vieron los nombres de Joel, Penesan, Galia, Tarrkiem y Male, y una vez se hubieron despedido, entraron cada uno en su habitación. Garret encendió la luz y fue al vestidor, donde encontró un pijama de seda del mismo color que el dosel. Se cambió rápidamente y se metió en la cama, ignorando el libro que tenía sobre la mesa de café. Se quedó dormido en menos de cinco minutos. Sin embargo, al cabo del rato oyó risas y voces que lo despertaron. Viéndose incapaz de reconocerlas, farfulló algo medio dormido y se dio la vuelta sobre la almohada, durmiéndose de nuevo y soñando con su padre, que le sonreía y le decía que estaba orgulloso de él. También soñó con sus nuevos amigos y con Todo, su secuestrador. En el sueño él lo mataba y un joven de pelo rubio abundante vestido con un esmóquin granate, al cual no había visto nunca, se alzaba como nuevo Señor del Tiempo, y se sentaba en la silla del comedor de Todo quitándose la fedora y dejando un bastón de madera apoyado en el reposabrazos.