sábado, 28 de junio de 2014

Capítulo III

24-07-1843

Hoy me he enterado de la muerte de la mensajera de Todo. No ha sido por parte de un chivatazo de mi espía sino gracias al bando local. La han localizado muerta a la entrada del pueblo, todo el mundo la conocía. Me parece extraño que muriese fuera de la mansión. Eso quiere decir que Todo no estaba experimentando con ella, lo cual me lleva a pensar que es obra de una tercera persona. Es muy pronto para sacar conclusiones, pero creo que tiene bastante que ver con las intrigas de Todo.

Por otro lado, mi mujer ya ha roto aguas. Esto es bastante inesperado. Estoy escribiendo esta entrada mientras viajo oculto en un montón de paja, hacia la Ciudadela. Mi primo nos espera allí, y mientras tanto, mi mujer sufre como nunca la he visto sufrir antes. No sé hasta qué punto esto es normal, y ni siquiera nos ha dado tiempo a encontrar analgésicos para calmar su dolor. Esperamos que en la Ciudadela haya, o que por lo menos mi primo sepa de hierbas que cumplan esa función, porque no creo que vaya a aguantar más tiempo viéndola sufrir de esta manera. La quiero demasiado. De todos modos, ya estamos llegando. En cuanto baje de esta carreta incómoda y maloliente me pongo a buscar medicinas.


Capítulo III: Desde las sombras

Situada al borde del precipicio, una muchacha de piel negra clara y profundos rizos oscuros observa con expresión furiosa a los guardias reales que la rodean. Están en la Plataforma Nº5, también conocida como la Ciudad Flotante de Abbadon. Esta chica ha cometido el delito de robar comida de una pastelería cercana al Generador Principal, y se la persigue desde hace tiempo por pequeñas infracciones que han ido aumentando su ficha policial lentamente hasta el punto de colgar su foto en los muros de las calles. Los guardias la amenazan con sus lanzas eléctricas, y le lanzan un ultimátum.
—Ríndete, o nos veremos obligados a utilizar la fuerza.
Esas voces electrónicas la ponen nerviosa. La chica observa la caída. Hay unos quinientos metros, y abajo una jungla impenetrable cubre todo el planeta. Con los ojos chispeantes, vuelve la mirada de nuevo a los guardias.
—Me parece a mí que no—extiende los brazos en forma de cruz, y con una sonrisa victoriosa en la cara, salta de la plataforma directa hacia el vacío.—. ¡Hasta otra, electroplastas!
Sintiendo la brisa en la cara, escucha alejarse los gritos de alarma de los guardias, y ve acercarse la tupida jungla cada vez más y más rápido. Agita suavemente los brazos y estos se convierten en las alas de un enorme pájaro blanco. Ahora es un águila de un tamaño imponente, que sobrevuela la jungla con la magnificencia de un dios alado. Los guardias, en el borde de la plataforma, la observan marcharse con la elegancia propia del ave que ha sustituido el cuerpo de la joven. Confundidos y asustados, cogen su comunicador y llaman a la base. Dicen que se les ha escapado la fugitiva y que es poco probable que la encuentren.
—¿Por qué?—se oye como respuesta.
—Pues porque se ha convertido en un águila enorme...
—¿¡Cómo!?

Mientras tanto, ya lejos de allí, la muchacha-águila se interna en la jungla. Vuelve a su forma humana y se sienta en la rama de un árbol. Allí, escucha todos los sonidos que la naturaleza salvaje ofrece a sus oídos. Se siente como en casa. Ve acercarse un pequeño mono, que dando saltitos y unos cuantos tumbos llega y se acerca a ella, amistosamente. Ella le ofrece la mano y le acaricia la cabeza. El mono la mira curioso y toca su brazo.

De pronto, se escucha un ruido. El mono huye espantado, y la chica se pone en guardia. Sin emitir sonido alguno, sus ojos vuelven a chisporrotear y se transforma en una pantera, camuflándose con el follaje del árbol. Abajo a sus pies hay una forma humana, poco distinguible entre las hojas y los matorrales de abajo. El humano sigue su camino hacia el interior de la jungla, y la pantera lo sigue con la mirada. “¿Qué hace un humano aquí?”, se pregunta la joven. Decide seguirlo.

Tras un buen rato de seguir al humano, logra verlo de refilón. Es un señor mayor, con una tripa grande, que se abre paso por los matorrales y las hojas secas a saber cómo. Extrañada, continúa su silenciosa persecución, cambiando de forma de vez en cuando para evitar que la descubran. Primero un colibrí, después un tucán, luego un mono, y cambiando, hasta que el humano llega al claro de un bosque. Allí, tras sentarse, saca un pañuelo y se seca la cara y las manos. Sin embargo, como la luz le refleja en los ojos, la muchacha no alcanza a verlo bien. Decide transformarse de nuevo en pantera y acercarse de forma agresiva. Así podría verlo de cerca y con suerte mandarlo de vuelta a una de las plataformas. La jungla es peligrosa para un señor mayor como él, y además de esa constitución corporal. Cuando está a punto de saltar hacia él, oye una voz que la paraliza por completo.
—No pensarás que me puedes asustar, ¿verdad?
Esa voz es mucho peor que la de los guardias de la plataforma. Lentamente, retrocede, aterrorizada. Ese hombre no es normal. ¿Por qué su instinto no la ha avisado?
—No, mujer, no te vayas. Tengo una propuesta para hacerte.
Todo muy siniestro. Sin embargo, hay algo que le dice que en las intenciones de este hombre no se incluye el hacerle daño. Atraviesa el matorral despacio, gruñendo.
—¿Tan mala pinta tengo como para que me amenaces así? Venga, déjame dialogar con tu parte humana.
Agachando la cabeza, la muchacha recobra su forma de mujer. Sin embargo, la mirada feroz continúa estando en sus ojos.
—Bien, así me gusta.
—¿Quién eres?
—¿Y tú? ¿Quién eres? ¿Una ladrona, un animal, o un monstruo?
—Todos—la chica, aguerrida, se inclina hacia adelante—. Y no me avergüenzo de ello. Pero no me has contestado a la pregunta.
—Vaya, vaya. Así que tienes claras las cosas. Y dime, ¿te gustaría trabajar para mí? Así ya no serías perseguida por los guardias de Abbadon.
—No.
—Oh—el hombre se levanta. Ella sigue sin apreciar su rostro—. ¿Y si te digo que no es una opción?
—Ni siquiera me has dicho quién eres, ¿y ya piensas que voy a obedecerte sin más? Lo siento mucho, pero ya me harté de eso hace bastante tiempo.
—Sí, lo sé. Como también sé que no tienes lugar a donde ir.
—¿Cómo que no? ¡Tengo un planeta entero!—abre los brazos con una sonrisa socarrona en el rostro, señalando la extensa jungla que los rodea—. No voy a ser más feliz en otro lugar.
—Crees que no necesitas a nadie, pero ambos sabemos que no es así. Tu pasado habla por ti. Y tu huida a la jungla no ha sido más que una válvula de escape para evitar ser encarcelada. Estoy aquí para ofrecerte lo que necesitas.
—¿A cambio de qué? Porque me imagino que no será gratis.
—¡Oh, chica lista! Bien. A cambio de darte aquello que más ansías, tan sólo te pido tu fuerza. Necesito ayuda.
—¿Para qué?
—De momento no te incumbe. He de entrenarte primero. Si te digo ya para qué, créeme que no aceptarás ni borracha.
—De acuerdo. O sea, que me ofreces lo que más ansío a cambio de contar con mi ayuda y entrenarme. ¿Y bajo qué circunstancias?
—Serás tratada como una reina, si es a eso a lo que te refieres.
—¿Cuántos más hay como yo?
—Doce, sin contarte a ti.
—¿Y a todos se nos tratará igual?
—¿Crees que voy a darte un trato especial a ti?
—No. Acepto el trato.

jueves, 26 de junio de 2014

Capítulo II

20-07-1843

Me han traído noticias desde la mansión del señor. Al parecer, uno de los otros 12 a los que entrenaba conmigo ha muerto en extrañas circunstancias. Curioso hecho, aunque no extraño, ya que el afán de experimentación de ese hombre no tiene límites como puede serlo por ejemplo una vida humana. Seguramente yo hubiese acabado igual, y los demás pronto harán lo mismo. Los que no han escapado todavía, que creo que no son muchos. Aunque les aguarda el mismo destino que a mí. Triste, muchos de ellos tienen familiares.

También me han dicho que ya está buscando sustitutos para aquellos que mueran. No sé cuánto tiempo durará esto. Hace tres días todavía pensaba que sus planes saldrían a relucir pronto incluso sin mi ayuda, sin embargo ahora que se ha quedado sin la ayuda de otro sirviente... Me dijeron que fue el del oxígeno. Supongo que Todo pretendía que además también pudiese aislar otros componentes del aire. ¿Hasta tan lejos planea llegar?

Por otro lado, he encontrado una manera de ocultar a mi hijo de Todo. A plena vista. Nos cambiaremos de nombre y viviremos en las afueras de la Ciudadela. Aunque quizá tengamos que cambiar de hogar pronto, de momento es un buen escondite, ya que conociendo al señor, nunca buscará en lugares demasiado obvios. Tengo que informarme pronto. Mi mujer dará a luz en apenas un par de semanas. Mientras tanto, mi primo puede hospedarnos cerca del castillo. Es arriesgado, pero como ya he mencionado antes, no buscará allí. Hay que actuar con prudencia, adelantándose al enemigo, o jamás lograremos atisbar la esperanza de la victoria en la lejanía...


Capítulo II: El halcón de las montañas

Dos veces tuvo que levantarse aquella noche, empapada en sudor. Las pesadillas atenazaban su espíritu y la atemorizaban de modo implacable aquella noche de verano. Su diminuto y rollizo cuerpo daba tumbos por la gruta de la pequeña colina en la que su casa estaba enterrada. Se acercó a la cavidad donde un pequeño manantial vertía agua en una roca cóncava y se aclaró el rostro. Soñaba con miles de enemigos acercándose a las Montañas Azules. Veía a todo su pueblo siendo arrinconado por los crueles que los discriminaron siglos antes.
Se disponía a volver a la cama cuando se cruzó en el túnel con uno de sus hermanos. Éste iba y venía por el pasillo, preocupado, metido en sus propios pensamientos y murmurando palabras ininteligibles.
—¿Estás bien?—preguntó ella.
—No... Estoy preocupado. Esta noche me he caído de la cama y, con la oreja pegada al suelo, he podido oír cientos de pisadas...
—Quizá fuera sólo tu imaginación...—comenzó a sudar de nuevo y se tiró al suelo, con la oreja pegada a éste—. Y te lo voy a demostrar. ¿Ves? Es todo tu imaginaci...
Entonces lo oyó. Las pisadas que su hermano decía. Corriendo, salió de la casa, ignorando los gritos de advertencia de su hermano.

El amanecer despuntaba en el este cuando la joven salió de su casa. A esa altura no se veía nadie que se acercase. Salió corriendo hacia arriba de la colina buscando un punto más alto desde el cual observar, pero se vio detenida por la fuerte mano de su hermano, que la sujetaba por el hombro.
—¿A dónde crees que vas? ¡Primero tenemos que avisar al jefe, no podemos huir tal cual!
—¿Y tú qué sabes si estoy huyendo o no? ¡Suéltame, pedazo de animal! ¡Me haces daño!
—¡Tú sí que te vas a hacer daño si no sigues el procedimiento estipulado! ¡Que está para algo, joder!
—¡No como tú! ¿Verdad?
Furiosa, se revolvió y consiguió zafarse. Aprovechando que era más veloz que su hermano, se escurrió corriendo colina arriba, pero cuando ya estaba llegando hasta arriba, tropezó. Temió que su hermano pudiera alcanzarla, pero cuál fue su sorpresa al ver que no llegó a tocar el suelo.
Se encontró flotando en el aire, en mitad de la fría brisa del alba, boca abajo. Tras estabilizarse, miró a su hermano, que se encontraba tan sorprendido como ella, un poco más abajo. Observó a su alrededor, y luego al suelo, para asegurarse de que lo que estaba ocurriendo era verdad: estaba volando.
—O-oye... Pero qué...—su hermano la miró con una mezcla de asombro y terror—. Ba-baja de ahí...
Ella lo miró y sonrió.
—Sí, claro.
Y entonces se elevó por encima de la colina. Dio vueltas, hizo tirabuzones y rozó las nubes bajas con los dedos. Mientras tanto, se reía, feliz. ¡Qué libertad! ¿Cómo era posible...?
De pronto, se detuvo, con la vista más allá de las colinas, hacia el sur. Lo que vio atenazó su corazón como si fuera la mandíbula de un perro de presa. Un ejército de mil hombres se dirigía hacia las Montañas Azules, con sus armas, caballos y odio. La joven bajó todo lo rápido que pudo, y pasó rozando por el suelo hasta llegar a la casa-cueva del jefe. Allí se detuvo, se posó en el suelo y, desesperada, golpeó la puerta con todas sus fuerzas. La mujer del jefe salió a recibirla.
—¡Oh, hola, Pe...!
—¡¡Vienen los hombres!! ¡¡Son muchos, un ejército de mil o más!! ¡¡Avise al jefe, deprisa!! ¡¡¡DEPRISA!!!
—Pero, ¿estás segura? Desde la torre de vigilancia no ven na...
—Yo los he visto, ¡créame! ¿¡Por qué tendría que engañaros!? ¡Hay que evacuar las montañas deprisa! ¡¡Vamos!!
—De acuerdo, de acuerdo, cálmate... ¿Dónde están?
—Aproximadamente a diez kilómetros, pero avanzan muy rápido... Dentro de poco estarán aquí.
—Vale, avisemos a mi marido.
La mujer hizo entrar a la joven dentro de la casa, para que le explicase la situación al jefe. Tras pensarlo mucho, él la miró con ojos penetrantes, como intentando descubrir la verdad tras una broma de mal gusto. Pero lo único que encontró en los ojos de la muchacha fue puro terror. Se levantó del asiento y se dirigió resueltamente hacia la torre de vigilancia.
Media hora más tarde, todo el pueblo se dirigía sierra adentro, por las grutas y caminos de emergencia, hacia los refugios situados en la otra parte de la cordillera. La muchacha iba al lado del jefe, caminando con rostro sombrío y pálido.
—¿Estás bien?—el jefe le dio una palmada en la espalda—¿Necesitas agua?
—No, no... Gracias...
—Bueno. ¿Me contarás cómo adivinaste que venía el ejército de los hombres? ¿O tendré que adivinarlo?
—Bueno... Anoche no podía dormirme. Tenía pesadillas. Cuando me levanté a lavarme la cara para quitarme el sudor, encontré a mi hermano, que se había caído de la cama por la noche y, con el oído pegado en el suelo, había escuchado un montón de pisadas que se dirigían hacia aquí. No le creí, así que pegué el mío al suelo también para demostrarle que eran imaginaciones suyas, pero entonces yo también las oí. Alarmada, quise subir arriba de la colina para asegurarme de que no era nada grave. Amanecía y la luz todavía era escasa, así que tropecé. Pero, en lugar de caer al suelo... Volé.
—¡Jo, jo, jo! ¿Que volaste?—el jefe se lo tomó a broma. Le revolvió el pelo y siguió caminando, mirando hacia el frente—. No digas tonterías. Quizá estabas todavía un poco dormida, y simplemente caíste cuesta abajo. Entonces subiste hacia la cima de la colina de nuevo y viste al ejército...
—¡Que no! ¡Que volé! ¡Y puedo demostrárselo!
—¿Ah, sí?—el rostro del viejo se volvió severo de repente—. Si es así, hazlo. Si no, volveremos al pueblo. No es un asunto de broma del que hablaste, y tampoco este. No podemos permitirnos equivocarnos con respecto a los enemigos, y menos dejar nuestro hogar a su suerte por escuchar las necias advertencias de una jovencilla que cree que sabe volar.
—Muy bien, viejales. Tú te lo has buscado—la joven se concentró y echó a correr por el camino—. ¡Já!
Tras coger carrerilla, la muchacha dio un pequeño salto. Todos quedaron expectantes a lo que sucedería entonces. Y cuando salió volando por los aires y describió tirabuzones en el cielo, el jefe del pueblo se detuvo. Miró a su alrededor, luego de nuevo a la joven, y después reemprendió la marcha, tras gritar unas palabras en un antiguo idioma sólo conocido por los miembros de la tribu de las montañas. El pueblo se movió entonces por los caminos mucho más rápido que antes, azotados por la prisa. La joven, de cuando en cuando, se elevaba más arriba y afinaba la vista, para ver cuánta distancia los separaba de sus enemigos. Informaba al jefe y planeaba a media distancia, entre la tierra y el infinito.
Tras un día y medio de viaje, el pueblo llegó a los refugios. Allí se preparó todo para acoger a todos los ciudadanos, y los miembros del pequeño ejército de defensa cogieron armas para dispersarse por la montaña y acabar con quien intentase acercarse. La muchacha quedó como vigía e informadora de la situación del ejército el enemigo. Cuando éste, por fin, se retiró, derrotado por el hambre, las guerrillas y el cansancio, el pueblo volvió a su respectivo hogar. La joven fue galardonada por su habilidad y capacidad de reacción.
Unos días más tarde, la muchacha recibió una visita en plena noche, tan discreta que ningún miembro de la casa oyó la llamada a la puerta excepto ella. Cautelosa, fue a recibir al extraño que, sigilosamente, se había infiltrado en el pueblo, y que ahora reclamaba su presencia. Todo lo que pudo ver al contraluz de la luna era una sombra grande y oronda que se alzaba sobre ella, y que, con una voz profunda, pronunciaba su nombre.
—¿Quién me reclama?
—Tu futuro señor. Me han llegado noticias de tu asombroso poder, y tengo un favor que pedirte...
—¿Quién es usted?
—Puedes llamarme Señor. Así es como me conoce la mayor parte de la gente. Ahora, por favor, escúchame.
—Eres un hombre. ¿Cómo te has metido aquí sin que te vieran los vigilantes?
—Por favor, querida, es algo urgente...
—¿¡Y por qué estás tan gordo!?
—¡Basta! ¡Ahora me escucharás! ¡Necesito que te unas a mis filas!
—¿Y por qué yo?
—Porque tienes un poder que yo necesito. Si te unes a mis aliados y aceptas que ser entrenada para mejorar tus aptitudes como guerrera...
—Yo no me pego con nadie. Prefiero sentarme a mirar, o huir. Depende.
—De acuerdo, pues no pelearás. Serás mi vigilante personal. Mi espía. Mi halcón. ¿Estás dispuesta a hacerlo?
—¿Y yo qué gano con esto?
—Tus preguntas están empezando a molestarme seriamente...
—He dicho que qué gano.
—Protección para tu pueblo. Jamás os veréis atacados por los hombres, y si llega a pasar, no podrán vencer las murallas que yo les impondré. ¿Trato hecho?
—...Mira, voy a serte sincera. No confío en ti. ¿Quién me asegura que cumplirás con tu palabra?
—Yo mismo. Podría acabar con tu vida y con la de todo tu pueblo con un chasquido de dedos, y sin embargo, no lo he hecho. También podría llevarte por la fuerza. Te estoy dando la opción de elegir. ¿Y bien?
—...
—¿Y bien...?
—De acuerdo. Pero déjame coger un par de cosas primero.
—Tómate el tiempo que necesites, nadie en este pueblo verá el amanecer hasta que nos hayamos marchado...



miércoles, 25 de junio de 2014

Capítulo I

15-07-1843

Él. Él, sentado en su escritorio de madera de roble. Él, mojando la pluma en la tinta, escribiendo en una hoja amarillenta y rugosa. Piernas cruzadas bajo la mesa. Su grandiosidad era captada por todos aquellos que lo rodeaban. Sin embargo yo, un humilde servidor, tenía la certeza de que su magnificencia no era más que la máscara del cobarde. Si mis cavilaciones están en lo cierto, las maquinaciones de esa rata de alcantarilla serán descubiertas de un momento a otro. Bastaría una pequeña chispa para que eso sucediese. Para que todo volara en mil pedazos. Sin embargo, yo no podré presenciar ese momento.

Hace ya bastante tiempo que abandoné la mansión del señor. En cuanto descubrió mis 'facultades' comenzó a intentar enseñarme y amaestrarme cual perro fiel. Cosa que no le salió del todo bien: cuando descubrí sus amargos y malditos planes, me escapé, y huí. Debe estar a punto de localizarme...

Sí, sabe que estoy al corriente de sus planes. Lo sabe todo, el endemoniado. Todo. Y además, también lo maneja. Pero nunca sabrá qué fue de mi hijo, al menos hasta que no sea el momento adecuado... Con suerte nacerá sin mi habilidad para la lectura y la interpretación, sin embargo, no estoy seguro. Mis planes son ocultarlo de las garras del señor durante el mayor tiempo posible, si es que eso es siquiera una opción.

Incluso el nombre. Incluso el nombre de este villano lo contiene todo. Puesto que es Todo. Todo, el Gran Señor. Aquel que sabe cuáles serán las consecuencias de cada decisión, de cada acto. Su conocimiento no alcanza límites... Enorme jefe de todo aquello que las barreras del tiempo puedan separar. Es indestructible. Porque sin Todo, nada existe... Y cuando no hay Nada, Todo fluye a sus anchas...


Capítulo I: Sin aliento

Largas eran las noches en la infinita ciudad de Irulor. A ratos frías, a ratos cálidas. A ratos oscuras, a ratos brillantes cual luz de luna. Sin embargo, aquella noche no era una de las bonitas. Era oscura, fría como el hielo y densa, muy densa. Tanto que hasta costaba respirar. Las infinitas horas eran marcadas por las gotas de arena que caían sobre los fondos de cristal de los relojes de arena de una joyería que había cerca de donde un joven, sentado, observaba, a duras penas y entre la oscuridad, la vaina de una vieja espada japonesa. Cada noche descubría nuevos recuerdos al acariciar la lisa superficie del hogar de la antigualla.
Corrió un tibio aire que venía de las callejuelas del sur. Esto desentumeció un poco los huesos del joven, que tras haber descansado recostado tras una caja de metal, se levantó y miró al cielo. Seguía sin haber ni una sola estrella: la noche seguía siendo demasiado joven. Sin embargo, emprendió de nuevo el camino, con las manos en los bolsillos de su chaleco. Conforme iba caminando se iba sintiendo cada vez más repuesto: la densidad de la noche estaba menguando. Al cabo de un rato podía caminar con soltura sin preocuparse por la fatiga. De pronto, escuchó un ruido. Se detuvo y contuvo la respiración. Habían ocurrido demasiadas cosas en las horas anteriores como para no preocuparse acerca de lo que podría ser, así que se concentró en escuchar. Podría haber detectado hasta el zumbido de una mosca. Y entonces el ruido se volvió a repetir. Klang. Por la izquierda. Y se acercaba.
Sigilosamente, avanzó hacia el lugar de donde procedía el ruido. Entre los callejones reinaba el más absoluto silencio. Cuanto más avanzaba, con más claridad lo escuchaba. Klang, klang. El ruido se repetía cada vez con más frecuencia y recordaba al golpe de un martillo sobre el metal. Cuando por fin estuvo cerca, notó un movimiento por detrás, y no tardó más tiempo en reaccionar que una fracción de segundo.
Echó a correr en dirección contraria al ruido. Ahora se escuchaba claramente alrededor suyo, todo el rato. Klang, klang, klang, klang. A veces hasta pensaba que quien lo provocaba era él, y mientras aceleraba se palpaba a sí mismo, tratando de encontrar una pieza de metal que resonara contra otra de ese modo, sin éxito alguno.
Tras correr durante un rato de ese modo, alcanzó a ver un destello en el velo oscuro de la noche: la primera estrella. Buenas noticias. Continuó corriendo hasta que se sintió desfallecer, y aun entonces siguió. Y, de repente, se encontró en un callejón sin salida.
Los golpes se escuchaban más fuertes que nunca. Arrinconado, el joven sacó la vieja espada de su vaina, que relució imitando al brillo de la estrella. Mirando atentamente hacia arriba y hacia la entrada del callejón, se topó con su enemigo. Una bestia amorfa de metal, oxidada, se encontraba frente a él. Avanzaba torpemente, pero de forma eficaz, arrinconando todavía más al joven. El muchacho se enderezó y empuñó la espada con fuerza. Contó despacio hasta tres. “Uno... dos... y tres.” Al finalizar, se lanzó rápidamente contra la bestia, que fue atravesada desde delante hasta atrás con la espada japonesa. Una armadura inútil.
Entonces ya no se oyó nada. Respirando fuertemente, el muchacho se dejó caer en el suelo, ya tranquilo tras haber sido presa de un ataque de nervios. Volvió a guardar la espada. Y cuando por fin recuperó el aliento, escuchó una voz a su espalda.
—Así que mi bichito no ha podido contigo, ¿eh?
El estado de alarma del joven volvió a aparecer. Con la mano ya puesta en la espada, dirigió la mirada hacia donde provenía la voz y vio una sombra negra, grande y redonda.
—Ni siquiera intentes tus truquitos del oxígeno. No van a funcionar conmigo.
—¿Quién eres tú? ¿Y por qué cojones me sigues, qué quieres de mí?
—Eh, relájate, chaval, tan solo quiero un trato.
—Y por eso me atacas con un monstruo, trasto, bicho, robot, lo que mierda sea. ¿no? Venga hombre, que no he nacido ayer.
—Desde mi perspectiva naciste apenas hace unos minutos, pero eso te lo explicaré en otro momento. Si aceptas mi propuesta, claro...
El muchacho miró desconcertado a la sombra que se alzaba ante él. El misterio captó su atención y despertó su curiosidad, y antes de darse cuenta ya estaba pronunciando estas palabras:
—...A ver, ¿qué es lo que quieres?
—Necesito tu ayuda. Verás, hay una cosa que necesito hacer...

miércoles, 28 de mayo de 2014

Relato: Pelirroja Parte 4

Cómo cabía esperar de ella, la habitación a la que le condujo V era incluso más fastuosa de lo que R había imaginado. Y ahí estaba, rodeada de cuadros valiosísimos, que R no pudo admirar por estar demasiado concentrado. No era para menos, la pelirroja y la chica de las flechas cantaban una melodía sin ton ni son, pero igualmente atrayente. Sus voces, que se unían en una cadencia perfecta, invitaban a acercarse aún más… Cómo el dichoso cubo de Gea.
-  Encantada de verte de nuevo, R. Es un placer ver a uno de los aliados de la Titiritera en mis filas –bostezó ella, levantándose de un salto.
-  V no me ha dejado otra opción –se encogió de hombros. - Además, tengo curiosidad… ¿Cómo te vas a enfrentar a la Titiritera? Por lo que sé, tiene más recursos que tú.
La pelirroja bufó y apuntó algo en una cuartilla con una pluma estilográfica y R pudo ver que tenía los dedos y la nariz manchados de tinta. No parecía una amenaza, pero con algo puntiagudo en las manos no era muy inteligente cabrearla.
-  Mira, bonito, por muchos pringados que esa loca tenga de su lado no me voy a rendir. Estoy harta de que una panda de chalados me ponga trabas e instigue a mortales a perseguir a mis chavales solamente por ser diferentes. –gruñó.
-  Lleváis milenios matando gente inocente –respondió R.
-  Si por inocentes te refieres a aquellos que no dudaban en intentar matarnos, influenciados por la Titiritera o su segundo al mando... –dijo M.
-  Exacto, M. Bueno, pasemos de tema. R, tengo una misión para ti. Necesito que le lleves un mensaje a la loca esa. Y no me mires así, sé que conoces su paradero. Tenemos un informador desde hace algún tiempo. Al principio no quería soltar prenda, pero últimamente está de lo más hablador gracias a Gea.
-  Está bien. Supongo que no puedo negociar la liberación de ese “informador” contigo.
-  Supones bien. No me suele sentar bien que me tomen el pelo, y todavía no he terminado mi venganza. A ver, grábate bien el mensaje: “Espero que tengas un plan B, porque esta vez tu querido espía no te va a sacar las castañas del fuego”.
-  Vaya, corto pero agresivo –rio nerviosamente R.
La pelirroja abrió la boca para contestar, pero en ese momento se abrió la puerta de golpe. Una racha de aire caliente y humo les golpeó.
- ¡Han entrado intrusos! –tosió Sincara, saliendo entre el humo con una Camaleón inerte entre sus brazos. - Han reventado la puerta y Camaleón se ha enfrentado a ellos. El que ha dejado inconsciente a Camaleón era el asesino personal de la Titiritera, pero al otro no le había visto nunca. Es el que ha iniciado el incendio.
-  Este edificio es enorme, dudo que nos encuentren… a menos que estén buscando al prisionero –murmuró la pelirroja.
M se levantó de un salto.
-  Cómo se atreve, ese hijo de puta asesino… Voy a darle su merecido. ¡V! ¡Gea! Vamos, no seáis nenazas.
Antes de que la pelirroja pudiera protestar, una llamarada salió de la puerta abierta, envolviendo a M. Ésta cayó al suelo, sin ningún daño aparente.
-  Mira, Yao, esta es la guarida de los perdedores. Es una pena que mi pequeño incendio estropee esos cuadros tan bonitos, pero qué se le va a hacer.
Por la puerta entró un joven delgado, de pelo dorado y ojos verdes. La ropa que vestía estaba ennegrecida y destrozada por diversos lugares, pero no parecía importarle. Detrás de él entró otro hombre, de tez oscura, que llevaba un fardo del tamaño de una persona al hombro.
-  Bueno, a lo que iba –dijo el joven dirigiéndose a la pelirroja. -Mi jefa se alegrará mucho cuando vea que hemos rescatado al prisionero, así que puedes quedarte con el corredor. Total, para lo que servía. Pero, para que lo sepas, la próxima vez que lo intentes no nos contendremos… y lo perderás todo.
Dicho esto, dio media vuelta, pero un grito ahogado le frenó. M le miraba boquiabierta.
- ¡ERES UN JODIDO TRAIDOR! ¡CONFIÉ EN TI! ¡¿Y AHORA RESULTA QUE ERES UNA DE LAS SABANDIJAS DE LA TITIRITERA?! –empezó a chillar, originando un temblor en aumento.
-  Hola…Male. Veo que mi sudadera te queda bien. Procura no morir estando cerca de mí porque te la quitaré, está hecha de un material ignífugo que me vendría muy bien. No me gusta la ropa mortal, no aguanta mi ritmo de vida –contestó él, riendo suavemente.
Hizo una señal a su compañero y ambos salieron corriendo. M se quedó mirando la puerta durante unos segundos, hasta que pareció reaccionar y miró a R.
- ¿Ves? Te han dejado solo, han preferido al querido espía de esa zorra. Y lo gracioso es que es por ese cabrón de “Pe” por lo que estoy aquí. Yo he huido siempre, R. Y ese imbécil me engañó, hizo que confiara en él… -le susurró antes de empezar a llorar.
-  No son los buenos, R. Son una panda de desequilibrados que buscan el poder –dijo V.
-  Me temía que podían intentar algo así –dijo la pelirroja. - El plan que he ido elaborando sigue en pie… Y puedes ayudarnos, R. ¿Qué dices?

R miró a los presentes. Renegados, sucios, medio asfixiados por el humo… pero todos parecían tener fe en el descabellado plan de una psicópata. ¿Y qué si era un suicidio? No sería la primera vez que se metía en problemas. Sonrió y le tendió la mano a la pelirroja.

miércoles, 30 de abril de 2014

SpinOff Orígenes: Metro

El metro en hora punta. Una acumulación de gente con prisa que no parecía acabar nunca. Pobres mortales, pensó M, apurando hasta el último instante de sus cortas y aburridas vidas. Esta vez era diferente: tenía prisa por finalizar esa maldita misión. Y la razón principal era esa presencia que la seguía un par de metros atrás. M casi podía sentir esos dichosos ojos grises perforándole el cogote y no le gustaba nada.
De todos los compañeros que podía haber tenido, le había tocado el rarito que ni siquiera sabía usar su don. Por mucho que la pelirroja se empeñara… ¿qué diablos pintaba un tío “especialista en emociones” en un interrogatorio si hasta la fecha no había conseguido manipular a nadie? Tendría más éxito sola. Suspiró y aceleró el paso. Faltaba poco para llegar al lugar en el que supuestamente encontrarían al objetivo y debía…
Súbitamente, alguien chocó con ella, haciendo que se cayera. No duró mucho, dado que fue levantada bruscamente. Antes de que pudiera comprender que estaba pasando, corría por unos sospechosamente vacíos pasadizos del metro arrastrada por V.
- ¿Pero ¿qué estás haciendo, animal? –reaccionó, soltándose.
- ¡Perseguir al objetivo! Estabas tan metida en tu mundo que te ha visto antes que tú a él. Le ha dado tiempo a tirarte al suelo y no te has dado ni cuenta. ¡Vamos, que se escapa!
M decidió callarse y siguió a V hasta una puerta de mantenimiento entreabierta.  Después de cruzar un pasillo sucio y mal iluminado, lo que vieron hizo que M se quedara patidifusa.  Se encontraban en un pequeño andén, en cuyas vías descansaba un vagón antiguo. Frunció el ceño. Ese lugar no aparecía en los mapas, pero no parecía abandonado.
-    No es por molestar, M, pero hay alguien en ese vagón.  Me está poniendo los pelos de punta, noto que está ahí pero no logro ver nada. –susurró V.
-     Vaya mentalista de pacotilla -bufó ella. -  Tranquilo, chaval, tú quédate atrás y aprende de una profesional.
Ignorando deliberadamente a V y a sus insultos entre dientes, empezó a forcejear con la puertecita del vagón. Después de varios minutos y unas cuantas patadas, M y V irrumpieron en el pequeño espacio, cuyo interior estaba salpicado de quemaduras. Pero no se fijaron mucho en ello, dado que la chica sentada en el suelo acaparó toda su atención.
-      Ahora resulta que nuestro objetivo es un secuestrador. Creo que a la loca pelirroja se le olvidó mencionarlo-se quejó V.- Oye, chavala… ¿Te encuentras bien?
No recibió respuesta. Carraspeó varias veces, pero la chica parecía totalmente concentrada en un pequeño cubo brillante que sostenía en una mano. Si no fuera por la expresión vacía de su cara pálida y sus ojos oscuros clavados en ese cubo, casi parecería una adolescente totalmente normal. Ese cubo…
M vio cómo V pasaba del desconcierto a la comprensión y empezaba a señalar el cubo sin parar mientras murmuraba sin sentido.  Antes de que pudiera hacer nada, una de las ventanas más cercanas a la chica se hizo añicos y un hombre entró por ella, cayendo sobre la chica.
-     Vaya, se nota que queréis encontrar el tesoro. Es una lástima, la mujer que me reveló el secreto del tesoro también me advirtió que me lo intentaríais quitar–rio el “objetivo” agarrando a la chica con firmeza.
-     Suelta a la chica, querido. No quiero tu tesoro, solamente necesito una información que me han dicho que tienes –dijo M con cautela.
En cuanto el hombre empezó a reírse como un desquiciado, M miró de reojo a V. Justo cuando necesitaba una pequeña ayudita, el muy idiota se quedaba plantado en el sitio, mirando fijamente el cubo.
-      No sé qué coño piensas hacerme, tío… ¡Pero no lo conseguirás! –gritó el hombre, arrancándole el cubo a la chica con su mano libre.
En ese momento, V pareció reaccionar. Esbozó una mueca de disgusto y la chica empezó a revolverse, cada vez más enérgicamente. Ahí pasaba algo raro, pensó M… ¿Por qué la piel de la chica estaba empezando a brillar? V debía estar haciendo alguna de las suyas.
Por otra parte, el hombre no daba muestras de estar pasándolo bien. Parecía presa de infinidad de espasmos, y por mucho que lo intentaba no podía soltar a la chica. En menos de un minuto, no tuvo que preocuparse más, dado que su cadáver calcinado cayó al suelo. En ese momento V se dirigió a la chica.
- ¿Quién eres? No te había visto nunca. Y eso es difícil.
La chica le miró fijamente, le dedicó una sonrisa burlona y cargó contra ellos. Tanto a M como a V no les apetecía acabar como el secuestrador chalado, así que se retiraron rápidamente, dejando que se escapara por la puertecita.
-     Bueno, al menos se ha dejado su juguetito -resopló M arrancando el cubo de los restos carbonizados. - Seguro que Sincara podrá decirnos algo.
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V buscaba desesperadamente en todos los armarios y cajones de su cuarto. Tenía que encontrar la dichosa máscara. No quedaba mucho para que la pelirroja le llamara para hablar sobre la misión fallida y echarle por ello y no iba a irse de allí sin llevársela. Era imposible, la había visto nada más llegar de la misión y menos de una hora después había desaparecido. Frustrado, pegó una patada a la pared y se quedó mirando el lugar donde solía dejar su máscara.
- ¿Sabes? Me gusta tu máscara. No suelo ver máscaras tan bonitas. Además, alguien me dijo una vez que si me mantenía cerca de una estaría a salvo –dijo alguien a su espalda.
V se quedó paralizado. Esa voz no le resultaba familiar. Era una voz de mujer, ligeramente grave y pausada. Un instante de concentración le dio la pista que necesitaba, así que se giró y sonrió.
-     Vaya, vaya, la chica misteriosa del metro. Espero que respondas esta vez mis preguntas… ¿Quién eres? Y… ¿Cómo has llegado hasta aquí? 
-      Me llamo Gea. Y la segunda respuesta es obvia –rio ella dejando la máscara de V en una estantería. - os he seguido. No fue difícil, no dejabas de discutir con la tía gritona. Y bueno… al intentar entrar… me ha pillado una chica semitransparente, me ha puesto nerviosa… Y he entrado.  ¡Pero en un ratito la chica estará bien! Más o menos.
  V la miró dudoso. Parecía muy poquita cosa, pero con un temperamento algo difícil de controlar, del que dependía una capacidad algo extraña consistente en producir energía eléctrica en grandes cantidades. Sonrió al oír a M gritando por el pasillo. Podría probar una teoría y vengarse.
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M estaba bastante cabreada. La pelirroja no parecía muy enfadada por el resultado de la misión, lo cual era tétrico, pero lo preocupante era tener que cargar con el rarito otra vez por orden suya.
Entró en el cuarto de V tras dar unos cuantos gritos, dispuesta a hacérselo pagar.  La intención se quedó en segundo plano cuando vio a la chica misteriosa del metro.
-      Mira, Gea, esta chavala tan gritona y malhablada es M –soltó V con desdén.
M y Gea se miraron fijamente durante unos segundos. A M no le gustaba nada esa chica, no pensaba fiarse de ella. Pensando en ello, le tendió la mano, probándola. Gea no dudó en agarrar su mano con firmeza y una fuerza que M no esperaba.
Gea no parecía dispuesta soltar su presa, y pronto M empezó a sentir cómo le subían calambres por el brazo. Cuando vio cómo Gea ponía poco a poco una sonrisa demente, miró aterrada a V, que observaba con una sonrisita la escena.
- ¡Haz que pare, imbécil! ¡Sé que es cosa tuya! –le chilló.
- ¿Ahora quién es el inútil? Me vienes genial para probar el alcance de mis “sugerencias”. Además, no te quejes, en un rato estarás como nueva.
- ¡¿Pero no le oyes, tonta?! ¡Te está utilizando! –probó a chillarle a Gea.
-      Ni lo intentes. No le caes bien, y gracias a un pequeño empujón…  Está tan enfadada que solamente piensa en vengarse,
M se revolvió, sin éxito. Aterrada, contempló cómo Gea empezaba a brillar y gritó cuando la electricidad recorrió su cuerpo, causándole un dolor horrible. Cayó súbitamente en la oscuridad, que, al contrario que veces anteriores, no le proporcionó ningún alivio.
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-    Y dices que lleva unas tres horas ahí tirada… -murmuró ella, mirando el cuerpo de M con curiosidad.
-     Exacto. No creo que le quede mucho para recuperar el conocimiento, su cuerpo se ha recuperado bastante rápido –contestó V.
-     Se va a poner furiosa cuando se entere de que Gea casi la convierte en carbón gracias a ti. Y, por otra parte, felicidades. Dado que conseguiste traer al objetivo hasta aquí, puedes quedarte.
- ¿QUÉ? ¿Gea era el verdadero objetivo? ¿Tú sabías de su existencia?
-    Eh… más o menos… sabía que la Titiritera estaba custodiando a alguien. No tenía ni idea de por qué lo hacía, pero viendo lo que puede hacer esa chica, me parece poca la vigilancia que tenía.
-     Me dejé capturar. Era más fácil que ir buscando a un grupo de personas que supuestamente no existen -dijo Gea por detrás- Como no intentaba huir se despreocupaban de mí.
Oh, joder, pensó V, nunca se iba a acostumbrar.  Gea pasaba tan desapercibida que era imposible saber cuánto tiempo llevaba apoyada en la pared. Cuando la miró, vio cómo se afanaba en apretar piececitas en un cubo similar al que M se había llevado.
- ¿Qué haces? –le preguntó V.
-       Es un modulador. A la tonta esa no se le da bien controlar su voz, seguramente me hubiera ganado de no ser así –murmuró ella. - Por cierto, os agradecería que me devolvierais mi inhibidor. Necesito más piezas, no he conseguido tanta chatarra del taller como querría. El tal “Sincara” no parecía muy contento de tenerme por allí.
-       Entonces… ¿construiste tú ese inhibidor? –le preguntó ella con voz melosa.
-     Sí, con chatarra que iba encontrando. Se me dan bien los aparatos electrónicos –dijo Gea, depositando el cubo en las manos de M.- No es gran cosa, pero le servirá.
V y la pelirroja no se esperaban para nada lo que sucedió: M se levantó de un salto, gritando un montón de insultos hacia Gea y V a un volumen tan alto que tuvieron que taparse los oídos y las paredes vibraron como si hubiera un terremoto. Gea, ni corta ni perezosa, y tapándose las orejas, le dio una patada a M en la rodilla, haciendo que se callara.
-        No lo pongas al máximo, burra, harás que se nos caiga el edificio encima.
- ¿De qué me hablas, loca? –gimoteó M frotándose la rodilla. - Primero me electrocutas y luego me pe…OH.
M se fijó en el cubo que seguía teniendo en la mano, miró a Gea y sonrió. Agarró a V del cuello de la camisa y rio suavemente,
-    Querido, para agradecerte que me usaras de conejillo de indias, voy a ofrecerte un pequeño concierto en la sala de las lámparas de araña. ¿Cuántas crees que te caerán encima? –dijo arrastrando a V al pasillo.
Una vez solas, la pelirroja miró a Gea con una sonrisa de oreja a oreja.
-     Gea, querida… ¿Serías capaz de hacer otro “cubo” más potente? –preguntó con un brillo calculador en los ojos.
-    Por supuesto, pero necesito mucho material. Cuanto más grande, mayor potencia -dijo Gea encogiéndose de hombros.
-    Haré que Sincara y Camaleón te consigan todo el que quieras. Bienvenida a la familia, Gea… Gracias a ti, la Titiritera comprenderá que no estamos jugando…

sábado, 29 de diciembre de 2012

SpinOff Orígenes: Flechas



Al décimo intento consiguió abrir la puerta. Cayeron sobre el frío suelo del piso, entre risas y algún golpe. La pelea no duró mucho, dado que él se levantó de un salto.
- No te estreses, Pe, mi familia no está aquí –dijo M con los ojos en blanco.
- ¿Otra vez? No parece que te hagan mucho caso, Male.
- Ya te tengo a ti, no necesito a nadie más –le susurró coqueta- Venga, te saco algo para cenar y te piras, que mañana hay clase.
- Sí, señora.
Ya en la cocina, M suspiró. Era la primera vez en siglos que conseguía intimar con un mortal. Había conseguido mantener la farsa de la familia ausente durante meses, pero tarde o temprano él se enteraría. No quería ni pensar qué le diría cuando se enterase de que su Male era simplemente una tapadera… pero aún tenía tiempo y pensaba aprovecharlo al máximo.
- Me gusta tu sudadera, Pe –saltó mientras cenaban- ¿es nueva?
- Sí, pero sí la quieres tendrás que cantar algo. Sigo sin saber para qué vas a esas ridículas clases de canto sí lo haces genial.
M bufó. Cantar en público era la mejor forma de mandar su tapadera a la mierda. Ese maldito don le había causado demasiados problemas. Pero aquella sudadera, estampada con flechas rojas y negras que resplandecían levemente con la luz, se le antojó. Total, solo tenía que modular un poquito más de lo habitual la voz, lo suficiente para no dejarle secuelas.
- Mañana, pesado. Hoy ya me has mangoneado suficiente –concedió ceñuda.
Pe rio y le dio un beso en la mejilla. Salió corriendo del piso antes de que M pudiera insultarle y se encerró en el ascensor.
- Mira que es crío –refunfuñó M mientras ordenaba el caos del salón.
Un repentino pitido en el telefonillo la alertó. Una persona normal lo achacaría a un trasnochador graciosillo, pero M llevaba demasiado tiempo huyendo como para restarle importancia a esas cosas. Con un cuchillo de cocina en la mano, bajó lentamente las escaleras. Si venía alguien a por ella le iba a dejar un pequeño recuerdo.
El recibidor, iluminado por las farolas del exterior, estaba desierto. Pero… algo colgaba de la manilla de la puerta, lanzando de vez en cuando leves destellos rojizos: la sudadera.
- Oh, no. OH, NO. ¡HIJOS DE PUTA! -chilló con todas sus fuerzas, provocando que todos los cristales se convirtieran en polvo.

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Tardó cinco minutos en llegar a la guarida de los secuestradores. Llevaba el cuchillo oculto bajo la sudadera de Pe. Tenía que liberarle, aunque le costara la vida.
- Debe de ser muy importante este mortal, has salido de tu agujero, sirenita.
M tragó saliva. Uno de los secuaces del traidor estaba tranquilamente apoyado en la pared, con una pistola sobre la sien de Pe. Pe parecía aterrorizado y miraba a M con pánico.
- Me he tomado la libertad de contarle a tu chico toda la verdad, sirenita.
- No me llames sirenita, capullo. ¿A qué viene todo este numerito? Ya os dije todo lo que sabía hace unos años –no iba a dejarse amilanar por ese chulito.
- No convenciste al jefe, así que decidió darte otra oportunidad. ¿Ves esta pistola? Vamos a jugar un ratito a la ruleta rusa. Cada vez que me digas algo que no me guste apretaré el gatillo. Tienes tres oportunidades y el chico solamente tiene esta vida.
M asintió a regañadientes. La cosa no pintaba nada bien, pero debía intentarlo.
- A ver, primera pregunta. ¿Dónde está la pelirroja?
- No lo sé. Llevo siglos sin verla.
- Respuesta equivocada.
Cuando M oyó el chasquido, se temió lo peor. Pero no pasó nada, ese capullo estaba jugando con ella.
- A ver si esta vez cooperas un poquito, monada. Segunda pregunta: ¿dónde están los aliados de la pelirroja?
- Tampoco lo sé. Vinieron hace unos años, pero les dije que no me interesaba formar parte de sus planes.
El hombre pareció pensárselo durante un rato largo. Soltó la pistola… y con un rápido movimiento le partió el cuello al indefenso Pe. M chilló y se lanzó contra él, pero alguien la detuvo y la arrastró fuera de la guarida.
- Espero que no vuelvas a hacer semejante tontería, M –empezó a regañarla una mujer semitransparente diez manzanas después.
- Hola, Camaleón. Hubiera sido un grandísimo detalle que me hubieras ayudado, y así Pe no estaría en el otro barrio –atacó M.
- Lo siento, no pude reaccionar a tiempo. Es la primera vez que matan a mortales sin más.
- Presiento que tienes alguna oferta para mí. Te agradecería que lo dijeras directamente, por favor.
- Bueno… la jefa está reuniendo gente otra vez. Dice que eres una parte imprescindible de su plan.
- Sí me ponéis a ese hijo de puta asesino en bandeja para hacerle sufrir… me apunto. Se van a enterar de que la “sirenita” tiene unos dientes muy afilados.
Dicho esto, se colocó la sudadera de flechas y siguió a Camaleón por la calle en penumbra.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Relato: Pelirroja Parte 3

La cosa pintaba mal, MUY mal. Llevaba meses notando algo extraño en el ambiente y tenía la absoluta certeza de que había llamado la atención de alguien peligroso.
R corría por un parque a toda velocidad, aprovechando esa milagrosa habilidad que le había sacado de muchos apuros durante siglos.
Al llegar a su escondrijo, se llevó una desagradable sorpresa: ya estaba ocupado por dos chicas y un chico con pinta de adolescentes que le miraban con guasa.
-  V, es la tercera vez que pierdes la apuesta, así que te toca llevarle hasta la jefa –dijo la chica que llevaba una sudadera estampada con flechas.
-  No recordaba su velocidad –el tal V se encogió de hombros- Vamos, Chispa, termina ya.
Antes de poder reaccionar, R se encontró en el suelo, con la otra chica encima. No parecía muy contenta y el fulgor que desprendía su cuerpo no tenía buena pinta. Sus sospechas resultaron ser acertadas, porque en cuanto el fulgor aumentó, algo le atacó produciéndole un dolor insoportable.

Despertó en una habitación desconocida. Por la luz que entraba por la puerta, debía de ser muy pronto. Aun así, una música extraña y cautivadora procedente de fuera le instó a levantarse. No fue buena idea, morir siempre le dejaba con el cuerpo algo tocado.
Salió renqueando a un patio interior con un enorme cubo de metal. Al aproximarse, pudo comprobar que la música salía de ahí y que no estaba solo. Una chica arrodillada frente al lado opuesto pasaba las manos por la superficie. A plena luz del día no parecía la misma que le había derribado.
-  Bonito trasto –aventuró R.
La chica se asomó y pudo verla totalmente. No muy alta, pálida, de ojos oscuros y el pelo castaño claro recogido en una trenza.
-  Es mi chiquitín –declaró ella con una sonrisa de oreja a oreja- lo hice con mis propias manos. Por cierto, me llamo Gea.
Miró el cubo, escéptico. Era totalmente liso y no tenía pinta de haber sido manipulado. Alargó la mano con curiosidad.
- ¡NO LO TOQUES! ¡ES MÍO! –chilló Gea súbitamente, lanzándose contra él.
Esa vez, R no se lo pensó dos veces, y empezó a correr por el patio, perseguido por Gea, que había pasado de la alegría al enfado en medio segundo.
- ¡Chispa! ¡PARA! –ordenó V acercándose a la carrera- ¿No puedo dejarte sola ni un segundo?
Gea frenó de golpe y empezó a tatarear una melodía. Parecía ajena a la persecución que acababa de protagonizar.
-  V… ¿tengo que formar equipo con Flechas otra vez? –gimoteó mirando con cara de cachorrillo a V- No me cae nada bien…
-  No hace falta que lo jures. La jefa no está contenta con vuestra última pelea, así que me toca ir con vosotras. Pero ahora tienes que ir a por tu máscara, que Sincara ya la ha mejorado –suspiró V revolviéndole el pelo.
Observaron cómo corría Gea hasta que desapareció tras una puerta. R aprovechó para mirar a V. parecía un adolescente normal, de ojos grises rasgados, pómulos algo prominentes y labios y mandíbula finos. Unas pocas canas en su pelo negro rompían la ilusión de juventud. R tragó saliva: se encontraba frente a un inmortal que no le transmitía buenas vibraciones.
-  Mira, R, no voy a mentirte.  Estás dentro quieras o no y me harás caso quieras o no. Te agradecería que pusieras de tu parte, tengo suficiente con ser la niñera de la chiflada bipolar. Sí estás de acuerdo, asiente y pongámonos en marcha, que ya tienes tareas.
R asintió muy despacio, lo que pareció aplacar a V. Mientras le seguía, suspiró. ¿Es que nunca se iba a librar de esa maldita pelirroja?