lunes, 30 de junio de 2014

Capítulo IV

27-07-1843

Hace más de una semana que abandoné la mansión de Todo y todavía no me ha encontrado. O no ha empezado a buscarme. Quizá está demasiado ocupado dando sepultura a todos sus experimentos fallidos, como la chica que se transformaba en lobo. La han encontrado muerta esta mañana en extrañas circunstancias en su jardín. Irónico. Me recuerda un poco a cuando los guardias del rey te mataban al perro para que contribuyeras al impuesto de seguridad del ciudadano. A esta quizá la haya envenenado y todo. Aunque no traté mucho con ella recuerdo que tenía mucho carácter y le costaba bastante reprimirse cuando le daban órdenes. También era muy mandona. Lo dicho, no me extrañaría que a esta la hubieran asesinado a propósito.

En otro orden de cosas, por fin mi mujer dio a luz a mi hijo y todo salió bien. Lo que me molesta es que llora por todo. Me asusta que pueda llegar a llamar la atención de Todo. Lo dudo, porque últimamente hay un número bastante alto de nacimientos, y no creo que prestase atención a uno de cientos. Sin embargo, para andar con más cuidado, yo mismo me ocupo de los cuidados del niño. Mi mujer se queja porque piensa que puede volverse un bestia. Y eso que todavía no le he dicho que en cuanto pueda sostenerse de pie le voy a enseñar a usar la espada...


Capítulo IV: La danza de las espadas

Sentado en un banco en la calle donde ambos se criaron. Así es como le gustaría tener grabado en la memoria el recuerdo de su mejor amigo en aquel momento en el que huía corriendo de un ejército entero de guerreros metálicos dispuestos a matarle. Mientras huía, venía a su mente una y otra vez el instante en el que, tan tranquilos como estaban, sentados gastándose bromas el uno al otro, una ráfaga de viento huracanado les arrancó de sus asientos y los mandó a la otra punta de la calle. En medio de la confusión, se miraron el uno al otro. Luego él oyó algo silbar en el aire y dirigió la mirada hacia de donde provenía el sonido, pero para cuando quiso avisar a su amigo ya era demasiado tarde. Una lanza le atravesó la garganta y murió en el acto.
Un torbellino de sensaciones atravesaban la cabeza de aquel joven que ni siquiera llegaba a los 18 años. Las lágrimas corrían por su rostro, pero su mente estaba tan embotada y se movía tan deprisa que no alcanzaba a adivinar por qué. Sin embargo, tenía una cosa clara: tenía que seguir corriendo.

Callejeando, escapando de los guerreros de metal, llegó a la plaza del pueblo. Allí un montón de gente lo miraba desconcertada.
—¡Huid, insensatos! ¿¡O acaso queréis morir!?—gritaba él.
La gente no comprendió hasta que no vio de frente las moles de acero. Fue entonces cuando huyeron corriendo, algunos tropezando y trastabillando, pero sin uno solo que no gritara con todas sus fuerzas. Él corrió a la fuente y la rodeó, con la esperanza de darles esquinazo entre todo el gentío, pero entonces escuchó una voz gritar entre toda la multitud.
Se dio la vuelta y entonces vio a una niña, que tenía los cordones desatados y se había tropezado y caído. Ya había un guerrero que se dirigía a masacrarla. Como un reflejo, el joven salió disparado hacia la niña y la sacó de la trayectoria de la lanza del monstruoso coloso, que dirigió una lenta mirada vacía hacia el salvador y la rescatada. Con un movimiento rápido, el muchacho le quitó los zapatos a la niña.
—¡Corre, corre como no has corrido nunca! ¡¡Vamos!!
La niña, horrorizada, escapó hacia una calle estrecha llena de sombras. Sólo quedaron el guerrero y el joven.
—Hostia puta—dijo, mientras la sombra del gigante empequeñecía su cuerpo.
El titán de acero levantó una pierna para aplastarlo, pero afortunadamente, pudo revolcarse en el suelo y esquivarla. El titán recogió la lanza que antes le había tirado a la niña y apuntó contra el insignificante humano que era su presa. El otro tropezó y cayó de bruces, levantando la mirada y poniendo la mano delante como si eso lo fuera a salvar. Fue entonces cuando sintió el calor en la mano y oyó el metal rechinar.

Cuando abrió los ojos, descubrió que la lanza había sido cortada al largo con un filo incandescente. No supo lo que había pasado hasta que vio el misterioso objeto afilado clavado en la frente del guerrero de acero. Era una espada, con la hoja al rojo vivo, que fundía el metal del titán como si fuera mantequilla entre los dedos.
Se levantó. Ahora sabía que tenía la partida ganada. Dirigió la mano hacia la frente del coloso y con varios movimientos rápidos, manejó a distancia la larga espada, cortando en pedazos con su filo caliente al guerrero de metal. Se dio la vuelta y vio a los otros que se dirigían hacia él. Sonrió levemente.
—Ay, cómo me lo voy a pasar.

Levantó los brazos y, junto a la espada de antes, aparecieron diecinueve más. Con sus hojas ardientes, daban vueltas en círculos alrededor del muchacho, que agitó los brazos y movió las manos con maestría para cortar el acero que lo atacaba. Diez de los guerreros cayeron en el embate de esas veinte espadas. El muchacho corrió entonces y saltó entre los escombros, con las espadas siguiéndole. Se dirigió hacia la siguiente horda pasando entre ellos con gracia y agilidad, y las espadas los atravesaron con la misma facilidad. Se volvió sobre sus espaldas y montó sobre un monopatín que habían dejado abandonado en el suelo. Velozmente, rodeó a los colosos que quedaban por exterminar. Desde detrás, volvió a mover las manos y los brazos, causando una masacre de guerreros de acero.
Se oyeron los golpes del metal frío en el suelo, y tras eso, un silencio sepulcral. Sólo la respiración cansada del joven, que miraba su obra, era escuchada en esa plaza, junto con el sonido del agua de la fuente. Tras unos instantes, se escuchó un eco metálico y unas fuertes pisadas que se dirigían hacia su posición. Se dio la vuelta y vio a un gigante dos veces más grande que los guerreros a los que acababa de masacrar. Éste portaba un martillo con pinchos, el cual no dudó en empuñar para aplastarlo ahí mismo. De nuevo, el muchacho hizo gala de su agilidad y pensó. Aquel bicho era demasiado grande como para cargárselo como a los otros. Pensaba mientras esquivaba los golpes, y entonces vio cómo una espada se mojaba en el agua de la fuente. El resultado fue la evaporación del líquido. Al muchacho se le ocurrió una idea.

Corriendo, se situó de modo que la fuente estuviera interpuesta entre el gigante y él. Invocó varias espadas ardientes más y esperó a que el coloso se acercase a la fuente. Una vez estuvo lo suficientemente cerca, él agitó el brazo y llevó todas las espadas juntas al agua.
El resultado fue un montón de vapor de agua, que entorpeció la visión del guerrero de metal el suficiente tiempo como para que el joven invocara otras veinte espadas de acero ardiente y las lanzara a través del humo. Éstas atravesaron al monstruo como si fuera de papel y lo dejaron fuera de combate. Con una sonrisa irónica, el joven murmuró unas palabras ininteligibles y miró hacia el cielo. Todas las espadas desaparecieron. Cerró los ojos y dejó que el aire le secase el sudor. Entonces escuchó una voz a sus espaldas.
—¿Te lo has pasado bien?
Se giró inmediatamente y vio a un señor mayor y bastante gordo que estaba sentado en uno de los cascos de los guerreros. No podía distinguirlo bien por culpa del brillo del sol sobre la coraza metálica, pero su voz sonaba gutural y horrible.
—Supongo.
—¿Te gustaría cargarte a más de estos?
Miró a su alrededor y pensó durante un segundo. Le vino a la mente el recuerdo de su amigo siendo atravesado por una lanza y la furia le inundó el cuerpo.
—Sí. Hasta que no quede ninguno.
—Bien. Entonces creo que podemos llegar a un acuerdo.
—¿Quién es usted?
—¿Yo? Un hombre, que casualmente lucha contra el mismo enemigo que tú. He visto cómo mataban a tu amigo.
—¿Cómo se llama?
—Eso te lo diré si aceptas el trato que te voy a ofrecer.
—Pues adelante. Hable.
—Bien: quiero que te unas a mis filas como guerrero. Mi enemigo, y el tuyo, es un ser muy poderoso, y necesito ayuda para acabar con él. ¿Qué me dices?
—¿Y yo qué gano?
—¿Acaso quieres más aparte de la posibilidad de vengarte?
—Sí. Soy un tipo ambicioso, qué le voy a hacer—sonrió.
—Sí, creo que te entiendo... Yo también soy un tipo ambicioso—quizá el hombre sonriera; eso nunca el joven nunca lo supo—. Tendrás un lugar al que ir. Gente con quien relacionarte y volver a tener seres queridos. Porque, no sé si lo sabes, pero los guerreros también acabaron con tu familia. Y con la de tu amigo.
El muchacho empalideció de repente. Apretó los puños intentando contener las ganas de llorar, pero a duras penas lo conseguía.
—Puedes llorar si quieres. Aunque sabes tan bien como yo que eso no los hará volver. Y bien, ¿qué me dices?
—Yo...—el joven sorbió mocos y miró con rabia al hombre. Entonces, de forma entrecortada e hipando, habló de nuevo—. Cuente conmigo.
—¡Maravilloso! Ahora, si no te importa acompañarme...
—Ahora me tiene que decir cómo se llama. Ese era el trato—el chico se limpió los mocos con la manga.
—¡Ja, ja, ja! De acuerdo. Te lo diré. Pero no aquí... Cuando estemos en mi casa.


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