jueves, 27 de agosto de 2015

Capítulo XXV - Unos se van, y otros vuelven

—A veces me pregunto, Inna...—comenzó Maigar.
—¿Sí?
—Si hice bien en llevarme a esos tres idiotas de la mansión de Todo—se rascó la cabeza y apoyó la cabeza sobre los brazos, los cuales tenía sobre las rodillas flexionadas.
—¿Qué otra cosa podías hacer? ¿Dejar que murieran, como Joel? Al menos ahora se están entrenando.
—Pero tú misma predijiste lo que sucedería después—continuó él—. ¿De qué sirve que se entrenen si van a morir?
—Muchos morirán en la batalla, Maigar—ella acarició la esfera de su bastón—, pero al final todos cumplirán su papel. Sólo es cuestión de...
—¿Su papel, Inna? ¿¡Cómo puedes ser tan fría!?—Maigar se levantó de un salto y la miró furibundo desde el interior de su capucha—. Cualquiera esperaría escuchar alguna palabra de ánimo de tu boca, teniendo en cuenta además quién eres.
—Quien yo sea, tú seas o sea cualquiera no es relevante en este caso. Todos tenemos un enemigo contra el que luchar, y mucho que ganar si lo derrotamos. Sin embargo, no hay nada que perder ya—se levantó—. Pandora mueve fichas, Vittorio pierde la cabeza y Morfo no ayuda. Male y Jack han escapado, Galia ha creado unos instrumentos bastante peligrosos y ni siquiera soy capaz de adivinar lo que pasará con Ranusa y Tarrkiem...
—¿Y qué pretendes que hagamos? ¿Que nos lancemos hacia la batalla sin pensar? ¿Sin tener siquiera un plan? ¡Y porque es el mismo enemigo! Cualquiera diría que eres la Sabia del Espacio.
—Y cualquiera diría que Vittorio es el Sabio del Tiempo. Como ya te he dicho, nuestros papeles son irrelevantes en esta guerra. Todos somos igual de mortales... Bueno, todos no, pero tú me entiendes.
—Vale, de acuerdo. Todos somos igual de mortales—Maigar comenzó a gesticular con las manos, furibundo—, pero tú misma me dijiste hace ya bastante tiempo que cada pieza de este juego es vital para ganar la batalla. ¡Te contradices!
—Maigar, el curso de los acontecimientos ha cambiado. Yo no conté con la llegada de Morfo—le contestó Inna—, y sabes de sobra que si Morfo no hubiera estado aquí Vittorio no habría perdido la cabeza.
—Inna, esta conversación no tiene sentido. Si Penesan, el Cretino y Thorgio van a morir, ¿qué sentido tiene ponerlos a entrenar? Al principio dices que todas las piezas del juego son vitales. Luego llega Morfo, le trastoca la cabeza a Vittorio y de repente pueden morir todos por una causa común. ¿Me lo quieres explicar? ¿Por qué tienen que recibir entrenamiento estos tres tontos si se van a morir igual? ¿Qué tiene que ver Morfo en todo esto? ¿De dónde sale Morfo?—Maigar ya casi gritaba.
—Relaja el tono. Te lo explicaré una vez hayamos salvado a Bocha.
—¿¡Encima también tenemos que salvar a B-!? Espera, ¿qué has dicho?—el joven miró muy preocupado a su hermana mayor, que lo miraba con gravedad.
—He dicho que hay que salvar a Bocha. Teletranspórtanos al calabozo de la mansión de Todo.
—B-bueno. ¿Pero por qué a este lo salvamos y a Joel no?—dijo él, mientras preparaba el teletransporte.
—Porque sin Bocha no tendremos ni a Jack, ni a Male, ni a Golyb. ¿Recuerdas el rollo de las cronologías condenadas que te explicó Vittorio al principio y que tú decidiste ignorar?
—Sí.
—Pues ahora lo vas a entender. Bocha es un punto clave para el éxito de la cronología. ¿Tienes eso listo ya?—Inna se levantó y alzó el bastón.
—¡Sí!—sonrió Maigar.
—¡Muy bien, pues nos vamos! ¡Khaos Qaysh'pe...!—comenzó a decir ella.
Y desaparecieron con un destello en el aire.


—Vamos, ¡deprisa, no hay tiempo que perder!—gritaba Bocha. Señalaba una de las paredes de la celda, que comunicaba directamente con el exterior—Kay, ¡haz volar eso y sácanos de aquí!
—¡Marchando una explosión con guarnición de cascotes y arena!—Kay se colocó unas gafas protectoras y apretó la pantalla de su PDA en una zona determinada. Los explosivos que había detrás de la pared, colocados allí con anterioridad por él mismo para dar pie a su posible huida, estallaron y destruyeron el muro, quedando una gran boca negra que daba paso a la oscuridad de la noche.
—¡Salid todos!—gritaba el joven espadachín—. Yo os cubro las espaldas.
—Nosotros también somos buenos luchando, ¿eh? Aunque no tengamos poderes—dijo MDM mientras corría hacia fuera.
—¡Déjale hacer lo que quiera, mujer! Total, no es como si tuvieras nada que hacer contra Bego, ¿no es así?—Wïrts, ya fuera, se paró un segundo para reír—. ¡Cuánto tiempo sin oler el aire fresco de la noche!
—¡No te pongas romántico! ¡¡Hay que correr!! ¡¡YUUUHUUU!!—Rafa, el Mensajero Veloz, iba y venía, muy nervioso, por el campo que rodeaba la mansión de Todo. Cogía a algunos de la mano y los adelantaba un trecho, daba vueltas alrededor de otros para animarlos a correr... Todas estas acciones iban acompañadas de una risa histérica.
Bocha los miraba, contento de haber cumplido la primera parte de su misión. Fue a correr hacia fuera, pero una voz lo detuvo.
—¿A dónde crees que vas, listillo?—Bego, apoyada sobre el marco de la puerta de la entrada a los calabozos, lo miraba con los ojos entrecerrados.
—A cualquier sitio que esté más limpio que este—respondió él, poniendo cara de asco.
—¿Te crees muy gracioso?—la expresión de ella era imperturbable.
—No, lo decía en serio. Limpiad esta porquería de sitio, por el bien de la humanidad.
—¿No deberías preocuparte más por el riesgo que entraña tu vida que por el hecho de que este sitio esté sucio?
—No, la verdad es que no.
—Se nota que no me conoces—se relamió, con una sonrisa enferma en los labios.
—Sí, se nota que no te conozco—sonrió con superioridad e invocó una espada adornada con filigranas de todos los colores. Señaló a Bego con ella—, pero no importa, ¡porque pienso acabar contigo!
—¿Tú crees?—dijo ella, mostrando sus guanteletes dorados—. Recuerda quién te entrenó. ¡No vas a poder atacarme sin que yo sepa cómo contrarrestarte!
—¡Demuéstralo!
—¡No tendrás que pedirlo dos veces!
Bego se lanzó al ataque. Inesperadamente, arremetió con una patada hacia la entrepierna de Bocha, quien paró la acometida con el filo plano de la espada.
—¡Eso es un golpe bajo!
—¿Y tú qué? ¿Eres demasiado blando como para cortarme la pierna?
—Digamos que me compadezco de ti—resbaló la espada por el pie de ella, dio una vuelta sobre sí mismo y atacó con el filo en diagonal, rasgando la tela de la capa de Bego—, pero como veo que no lo agradeces voy a dejar de hacerlo, creo.
—¿Crees?—lanzó una nube de vapor a los ojos de su contrincante y desapareció en ella, para golpear por la espalda a Bocha.
—Creía. Ahora ya lo sé—él invocó dos espadas que chocaron de pleno contra la mano de Bego, que se dirigía peligrosamente hacia la nuca del espadachín. Se volvió sobre sí mismo y atacó como antes, dibujando una cruz en la túnica de su ex profesora—. ¿Sabes? Llegué a apreciarte mucho.
—Oooh, ¿te vas a poner sentimental?—se burló ella, retrocediendo a saltos.
—Es por dar conversación.
—¿¡Te aburre mi estilo de pelea!?
—Me falta bostezar.
—¡Cabrón!
Ella se lanzó directamente a por él, pateando y dando puñetazos con gran maestría. Utilizaba sus guanteletes como pequeños cuchillos que Bocha bloqueaba sin gran dificultad, pero al cabo del rato Bego aumentó el ritmo y empezó a hacerle sudar.
—Ahora ya no tienes tantas ganas de hablar, ¿eh?—jadeó ella.
—Tu conversación no es interesante tampoco—respiraba con dificultad.
—¡Eres un maleducado!
—Y tú una tramposa.
Ella se volvió a lanzar, y esta vez activó una especie de extensión de sus guanteletes para crear una espada de filo fino y delgado, casi una ropera. Arremetía con las estocadas de un profesional de la esgrima, y lo único que podía hacer Bocha contra eso era retroceder y esquivar. Hasta que ya no le quedó hueco y notó la pared agobiándole en la espalda.
—Estás, como quien dice, entre la espada y la pared—le dijo Bego, socarrona.
—Eso no es una espada—musitó él.
—Pues funciona tan bien como una. O si no, ¡pregúntale a tu garganta, que está a punto de ser atravesada!
Y entonces Bego se lanzó a por él con una risa triunfal como banda sonora. Sin embargo, lo único que notó en el filo del guantelete fue el chocar de acero contra acero y la dureza de la pared en la punta.

Bocha había invocado una segunda espada, que había utilizado para desviar la de Bego hacia arriba y hacer que se estrellase contra la pared. Acto seguido convirtió la otra en una espada de fuego y atacó directamente al guantelete, fundiéndolo en el acto y haciendo que la larga punta que sobresalía de él cayese y resonase en el suelo de la mazmorra. Y se lanzó con las dos espadas contra Bego, gritando y con los ojos inyectados en sangre.
—¿¡Te has vuelto loco!?—gritaba ella también, presa del pánico, retrocediendo hacia el agujero causado por la bomba.
—¡¡Sólo se me ha agotado la paciencia!! ¿¡Creías que tenías problemas!? ¡¡No he hecho más que empezar!!
Ella se apoyó en un gran cascote y saltó sobre Bocha con agilidad. Él, sin embargo, se giró a tiempo y consiguió rasgarle de nuevo la túnica. Ella volvió a intentar defenderse con el guantelete que le quedaba, pero Bocha volvió a fundirlo con la espada de fuego y el único remedio que le quedó fue saltar hacia atrás.
—¡¡Esto no es lo que te enseñé!! ¡¡Estás ignorando la técnica!!
—¡¡Confié en ti, joder!! ¡¡Pensé que me harías más fuerte, pero sólo me hiciste un inútil!! ¿¡Es así como te dijeron que tenías que enseñarme a pelear!? ¿¡Acaso planeabas traicionarme desde el principio!?—con la voz ya casi ronca, el espadachín atacaba una y otra vez sin dejar ni un solo hueco en su guardia. Como poseído, danzaba con las espadas en las manos, tratando de alcanzar a su ex profesora.
—¿¡Y quién coño te dijo que confiaras en mí!?
—¡¡Tú!! Al... Maldito...—se detuvo un segundo y lanzó la espada de fuego hacia adelante en una estocada a fondo—. ¡¡PRINCIPIO!!
Bego saltó hacia atrás con afán de esquivarlo, pero incluso habiéndolo conseguido notó el acero clavársele en el cuerpo. Bocha había invocado una espada justo detrás de ella.

Bego no se movió. Miró a Bocha con los ojos vidriosos y cargados de furia e impotencia. Trató de decir algo, pero la sangre le llenó la garganta y tosió. Bocha bajó las espadas y miró, lloroso, a su antigua maestra, y cómo se arrodillaba con la espada clavada en la espalda.
—Pareces... Un juguete de cuerda roto—musitó él, casi sin querer.
Ella no dijo nada.
—Confié en ti. Creí que me ayudabas, que te importaba... Al menos lo suficiente como para sonreírme de vez en cuando. Llegaste a gustarme...—tragó saliva—. Llegué a quererte.
—Elegiste...—tosió—, a la persona equivocada...
—Obviamente—a él le temblaron los labios.
—Entonces... Me has ganado... AGHK.
—Sí...
—Bien por ti... AJJJJJ. Pero, gracias a mi maravillosa previsión...—temblando, Bego se sacó un mando a distancia del bolsillo del pantalón y se abrió la túnica, revelando un chaleco recubierto de explosivos—... ¡¡NO VAS A PODER CONTARLO!!
Y entonces apretó el botón. Bocha, inmóvil, contempló cómo el cuerpo de Bego se incendiaba y, después, un gran ruido y un resplandor. Sin embargo, mientras ponía las manos delante de la cara como acto reflejo, y pensó él que último, oyó una voz femenina gritar justo por encima de él...
—¡...aos Qaysh'pety!
Y observó cómo Inna aparecía de la nada junto con Maigar, y creaba un escudo mágico que lo protegía de ser arrastrado por las llamas de la muerte.


—Agh...—se quejó Morfo, arrodillado en el suelo mientras trataba de taparse la hemorragia que surgía de su rodilla izquierda. Miraba a Vittorio desde abajo, desafiante.
—¿Por qué me miras así? ¿Acaso quieres otro tiro?—espetó Vittorio, con los ojos encendidos de rabia.
Morfo se miró la mano llena de sangre y la rodilla. Cerró los ojos y la cicatrizó, usando su poder. Entonces se levantó.
—Sabes que no puedes matarme—dijo, sacando un cigarrillo y metiéndoselo en la boca. Miró de forma irónica a Vittorio y sonrió—. ¿Tienes fuego?
El rubio montó en cólera y disparó unas cuantas veces más, acertando todas. Pero Morfo se recuperaba como si tal cosa. Llegado un momento, Vittorio tiró el arma al suelo, ya inútil, puesto que había vaciado el cargador, y se lanzó con un ardiente puñetazo hacia la cara de un Morfo... Que ya no era Morfo.
—¿¡Pero qu-!?—gritó Vittorio, deteniéndose.
Frente a él tenía a Ali, que, con el cigarrillo de Morfo, lo miraba con ojos llorosos. Acto seguido cambió a Galia, quien los tenía vidriosos cual borracho. Después a Mariam, que los tenía arrancados, y por último a Male, que los tenía blancos e inexpresivos, expeliendo una luz mortecina y hueca...

Vittorio agarró a la copia de Male por el cuello, y esta le siguió mirando. A punto de llorar de pura rabia, la levantó, y ella, sin resistirse, musitó...
—Detente... Hazlo por nosotras...
—¡¡HIJO DE PUTA!!—gritó el rubio, e incendió el cuerpo de la joven.
Tiró el cadáver ardiente de Morfo al suelo. Lanzó varias bolas de fuego más para asegurarse de que quedaba carbonizado por completo y hecho cenizas. Entonces cayó de rodillas al suelo y le gritó.
—¡¡Tú no eres ellas, maldito cabronazo!! Tú no has sufrido lo que ellas. ¡¡Tú no sabes lo que es...!!
—¿Perder a todas las personas a las que has querido alguna vez desde que naciste?—Morfo se agitó entre el fuego y las cenizas de su cuerpo y resurgió como nuevo de ellos—. No te atrevas a continuar lo que sea que fueras a decir, porque te cogeré del cuello y te mataré.
—Tú tampoco puedes matarme a mí...
—No me tientes.
Vittorio se levantó y lo miró de nuevo. Morfo escupió en el suelo. Y ambos se lanzaron, con los puños alzados, a golpear al otro.


Male, sentada en un tronco, observaba el fuego crepitar, evitando a toda costa el contacto visual con Jack. Este la miraba con la esperanza de que dijera algo, pero al cabo del rato se levantó y se fue hacia el borde del acantilado en el que estaban, observando las estrellas. Pensó seriamente en lo que acababa de hacer. ¿Era la opción correcta? Según lo planeado con el resto, era lo más adecuado. Male necesitaba entrenar, ¿y qué mejor lugar que El Jardín?
No, aún así se había saltado muchas reglas. ¿Escapar por la noche? ¿Los dos solos en mitad del bosque? Definitivamente no había sido buena idea, pero después de lo de Vittorio, no podían esperar hasta la mañana siguiente. Además, pensó después, con los poderes de Male, aun en su estado primitivo, y los suyos propios, seguían siendo lo suficientemente fuertes como para poder encarar a cualquier bicho que les asaltara.
Con la sensación de haber actuado conforme a la lógica, tomó aire y volvió hacia el campamento. Male seguía mirando las llamas.
“Vamos”, pensó Jack. “Hazlo por ella.”
—Male. Male—comenzó él—, ¿me escuchas?
—Sí—pero no lo miró. Jack sintió cómo un escalofrío le recorría desde la parte de abajo de la espalda hasta el cráneo, vértebra por vértebra. Al cabo de un rato, ella suspiró—. ¿Y bien?
—Sabes por qué te saqué de ahí, ¿no?
—¿Porque los dos rubitos subnormales se estaban pegando?
—Aparte...—Jack se sentó y se pasó una mano por la cabeza—. Quiero enseñarte a manejar tu poder.
—Ya sé manejar mi poder. Podría pararte el corazón aquí mismo si quisiera—alimentó el fuego con una ramita y se arrebujó en la capa—, pero no voy a hacerlo.
—Un detalle por tu parte, la verdad.
—No me seas gracioso, aún estoy a tiempo.
—Vale, de acuerdo, sabes controlar muy bien los líquidos—admitió Jack—, y todos sus estados, la verdad es que es admirable. Pero aún no sabes controlar el verdadero poder que yace en ti.
—¿Qué verdadero poder ni qué ocho cuartos?—Male ya hablaba incluso con desprecio, añadiéndole su bordeza natural.
—¿Crees que cualquier persona normal y corriente podría hablar con una Deidad Antigua sin caer en la más absoluta de las locuras? Sobre todo si es durante tanto tiempo—Jack rió—. Ya viste a Malan en el lago. Casi le da un ataque cuando se dio cuenta de que no podía controlarte. Y, casualmente...
—...Yo estaba en comunión con Golyb.
—Estabas y estás. Esa unión no se deshará hasta que alguno de los dos muera—la miró seriamente—, con graves consecuencias en ambos casos.
—Sí, eso lo sé, lo pone en mi libro... De forma bastante velada, pero algo he podido sacar—Male sacó las manos de la capa para gesticular—. ¿Pero qué quieres decir con lo de perder la cordura por hablar con Golyb?—se rió amargamente—. ¿Acaso no ves que ya se me ha ido la pinza?
—Eso son efectos secundarios de la unión que tienes con Golyb—Jack meneó la cabeza de lado a lado—. Te hablo de la destrucción completa de tu psique. Esos ataques de ira que te dan cuando alguien toca tu querido lago son normales, es instinto de protección.
—Vale. Me lo puedo llegar a creer. ¿Pero entonces? ¿Qué pasa conmigo?
—Que eres una semi-deidad, Male.


No llegaron a tocarse.
Tanto Vittorio como Morfo cayeron súbitamente de rodillas al notar un chispazo que les recorría todo el cuerpo, de arriba a abajo y de abajo a arriba. Galia se había interpuesto entre ambos con los brazos abiertos y un táser en cada mano, y ninguno de los dos sabía cómo. Cuando cayeron al suelo, convulsionándose, y vieron la sombra de Ali con la mano levantada, brillante y recubierta en humo y una ligera luz rosácea, entendieron cómo había llegado hasta allí. Oyeron a Galia blasfemar y dirigirse de nuevo hacia el interior del edificio, arrastrando los pies y sujetándose la cabeza con una mano. Acto seguido desaparecieron de la tierra del suelo del exterior de nuevo gracias a la intervención de Ali y otro hechizo de teletransportación, y aparecieron cada uno en sus respectivas camas, para gritar, quejarse e insultar a gusto a la puta madre que parió a Galia, a Ali y a las jodidas pistolas de rayos que les habían quemado el pecho.


Bocha abrió la puerta de la salita de estar donde Ranusa y Tarrkiem discutían sobre quién habría ganado a quién, si Vittorio a Morfo o viceversa. Garret trataba de estudiar de unos libros con cara de frustrado, pero al oír la puerta abrirse se dio por vencido. Cerró el libro con un golpetazo, se levantó y se sentó en un sillón que había disponible. Miró a los dos otros dos que debatían con cara de fastidio y de genuina sorpresa y alivio cuando reparó en Bocha, que estaba de pie con la espalda apoyada en la puerta cerrada, la cabeza mirando hacia el suelo y las manos en los bolsillos de la gabardina negra. Garret se levantó de un salto.
—¡¡Bocha!! ¡¡Estás bien!!
El joven estudioso se acercó y abrazó fuertemente a Bocha, que le devolvió el abrazo automáticamente. Tras un par de segundos, el espadachín de gabardina apretó los brazos y contuvo las lágrimas que se le asomaban a los ojos a base de cerrar los ojos con fuerza.
—¿Qué te ha pasado, tío? ¿Por qué lloras?—le preguntó Ranusa que, de cara a ellos en el sofá, había levantado la mano a Tarrkiem para que se callara.
—No lloro—murmuró Bocha, con la voz temblando.
—Una mierda no estás llorando—intervino Tarrkiem—. Anda, siéntate—y le ofreció sitio en su sofá.
Bocha se soltó del abrazo de Garret, sorbió los mocos y se sentó junto al controlador del metal. Apoyó los codos sobre las rodillas y hundió la cabeza entre las manos.
—¿Y bien?—preguntaron todos a la vez.
—¿Y bien, qué?—respondió él.
—Que qué pasó—preguntó Garret, preocupado—. ¿Te hicieron algo?
—No, no, estoy bien...
—A lo mejor físicamente sí—dijo Tarrkiem—, pero mentalmente parece que hayan cogido una bayeta y la hayan estrujado fuerte contra una pared de gotelé gordo.
—¿En serio esa es la mejor comparación que se te ocurre, tío?—le riñó Ranusa.
—¿Prefieres poesía del estilo de Reuben Darey o de Rosely la Castrada? Puedo imitarlos a ambos.
—Sabes que a ninguno de los dos hay por dónde cogerlo—rezongó el velocista.
—Mirad, no estoy de humor para gilipolleces—dijo Garret, haciéndoles callar a los dos con rostro enfadado—, así que dejad que cuente lo que tenga que contar y luego ya vosotros os ponéis a discutir cuál de los dos poetas es más peñazo. Pero ahora no.
—Gracias, Garret. A ver...
Bocha, al borde del llanto, comenzó a relatar lo sucedido. Cuando llegaron al momento de la inmolación, todos gritaron de indignación respecto a Bego y de sorpresa al ver con qué precisión Maigar e Inna habían aparecido en escena para colocar el escudo. Y con qué visión de futuro.
—¡Casi parecen un deus ex-machina!—comentó Tarrkiem, anonadado.
Bocha entonces contó cómo todos habían sido teletransportados a la Biblioteca y dispuestos en sus respectivas habitaciones, y cómo él había salido de la suya pese a las estrictas órdenes de Maigar de no hacerlo.
—Pues como te pille aquí te va a caer un marrón que no lo quiero ni pensar—dijo Ranusa.
—Qué va, probablemente me teletransporte allí y me ate a la cama o algo así. Nada que un estilete no pueda arreglar—y, con rostro aburrido, invocó uno pobremente decorado, con el filo de latón.
—¿Por qué no quieres estar en tu cuarto?—preguntó Garret.
—Porque no quiero pensar más en esto. Prefiero distraerme. ¿Qué pasó con Male? ¿Se recuperó del trauma? Porque me parecería raro que lo hubiera hecho tan rápido.
—A todo el mundo le extrañó, pero de repente se le desató una especie de furia berserker y por poco se carga a Malan. Lucas tuvo que vaporizar su espada de hielo justo antes de que le atravesara con ella—contó Garret, recostándose en el sillón.
—Y luego se piró con Jack, el bibliotecario, a Dios sabe dónde. Vamos, que ya no está por aquí, y dudo mucho que vuelva en un tiempo—remató Ranusa.
—¿¡Que se ha ido!?—Bocha se levantó de un salto y los miró, incrédulo. Los labios le temblaban y había cerrado los puños con fuerza.
—Sí, pero está a salvo—trató de tranquilizarle Tarrkiem, haciendo gestos suaves con las manos—. Por lo que me han dicho, Jack es bastante fuer...
—¿Y dónde se ha ido? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿CÓMO?—Bocha parecía estar a punto de entrar en un ataque de histeria.
—Sir Agh-nabir!—Garret le apuntó con la mano, que relució levemente, e hizo que las pulsaciones de Bocha bajaran a un ritmo normal y respirara hondo—. Tranquilízate. Ali y Lucas probablemente lo saben. Yo sólo sé que ha sido más allá de los muros de la Biblioteca, al Jardín...
—¿P-pero para qué?—tartamudeó Bocha, confuso.
—Para entrenar—le contestó el estudioso—. Se han ido esta noche. Menos mal que Vittorio y Morfo están en cama electrocutados, si se llegan a enterar no creo que fuera a hacerles mucha gracia.
—Pero qué ha pasado aquí...—murmuró Bocha mirando al suelo, derrotado.
—Pues un montón de mierda absurda, en mi opinión—intervino Ranusa—, pero, sinceramente, si Male está mejor ahí fuera yo voto por que no vuelva. Aquí la estaban matando entre unos y otros. Y pensar en este asunto me hace preguntarme...
—¿Por qué te importa tanto que Male se haya marchado?—le cortó Tarrkiem.
—¡Tío, si íbamos a preguntar lo mismo cuál es la puta necesidad que tienes de cortarme!
—Por el bien del drama—contestó Tarrkiem, e hizo una semi-reverencia.
—Drama mis cojones—le contestó el otro.
—A ver, sois conscientes de que eran muy amigos, ¿verdad? Forjaron una amistad muy fuerte en la mansión—contestó Garret.
—Y, además—dijo Bocha—, ¿no la oíste gritar cuando Bego me raptó? Parecía desesperada.
—Lo pasó muy mal—aseguró el estudioso. Se ajustó las gafas.
—Pues eso. Si decís que está bien, bueno... No me lo terminaré de creer hasta que lo vea con mis propios ojos. Pero confiaré en que tenéis razón mientras la busco.
—Eh, eh, eh, eh, eh—Ranusa le cortó e hizo un gesto con las manos para enfatizar la pausa.
—¿Esta no es tu taza de Batman?—ironizó Tarrkiem.
—¡No, joder!—respondió el otro, enfadado—. Lo que quiero decir es que incluso a mí me parece que estás yendo demasiado deprisa. Ni siquiera sabes por dónde empezar a buscar... ¡El sitio ese es muy grande!
—Sólo necesito saber que está más allá de los muros del jardín. La acabaré encontrando. No puede ser TAN grande.
Garret, Tarrkiem y Ranusa se miraron mutuamente. Todos, preocupados, pensaban acerca de una solución para el problema que, de repente, se les había presentado en forma de rubio de gabardina negra. Y, además, con espadas.


—¿Que soy una semi-deidad? Sí, y qué más—rió Male—. Los tíos tenéis unas formas muy raras de ligar.
—Que te lo estoy diciendo en serio, joder—se desesperó Jack—, ¿por qué no me crees?
—Porque, de entre todos, ¿yo? Sí, hombre.
—Y yo—Jack la miró a los ojos, serio como nunca lo había estado—. Y Lucas. Y Vittorio. Y Morfo.
Male permaneció callada durante un rato.
—¿Y eso qué quiere decir?—dijo, finalmente, con un tono de voz apagado.
—Que tengo que entrenarte para liberar tu auténtica fuerza—contestó Jack—, y para eso necesitamos tiempo, concentración y colaboración por tu parte. Así que, si no te importa...
—...
Male se levantó despacio, se cerró bien la capa y se dirigió hacia el barranco. Jack la siguió y vió cómo se sentaba, los pies colgando, y sus ojos azul marino perdidos en el manto de estrellas de igual color arriba, en el cielo. Él se apoyó en un árbol y la vio sacar la ocarina. Vio también cómo soplaba con delicadeza aquel instrumento suave y transparente que sonaba como la más dulce de las flautas, y se sentó a su lado. Tras unas cuantas notas, Male dejó de soplar y le miró.
—¿Va a ser muy difícil?—sus ojos estaban vacíos de expresión, pero Jack pudo observar un leve destello al fondo... O quizá era tan solo el brillo de las estrellas.
—Sí—admitió él—. Mucho.
Ella apoyó la cabeza en el hombro de él y cerró los ojos. Jack, confuso, optó por no moverse.
—Jack—susurró ella.
—¿Sí?—susurró él, casi sin voz.
—¿Por casualidad sabes qué estrella es aquella?—señaló en el cielo.
—No—sonrió él.
—Confiaba en que sí—murmuró ella, y se acurrucó.
—Pues no—admitió él—. Estas estrellas no son las que yo conozco. Pero, en mi cronología, me las sé todas.
—¿Me contarás cosas sobre ellas?
—Claro que sí...
—Vale.
Volvieron a callar. Fue entonces Jack el que habló.
—¿Male?
—¿Hm?
—Ya no hace falta que me llames Jack—dijo él, mirando una constelación.
Ella levantó la cabeza y lo miró, confusa.
—¿Y entonces cómo te llamo?
—Raak.


lunes, 8 de junio de 2015

Capítulo XXIV - Huidas

Un chorro de agua a presión desarmó a Malan y lanzó el cuchillo a varios metros de distancia. Maite salió corriendo y abrazó a Reïk, quien la llevó aparte, y acto seguido observaron cómo una Male furiosa se abalanzaba sobre Malan, placándole y derribándole.
—¡¡Maldito niño-patada!!—gritó ella, fuera de sí.
—¡¡Suéltame, zorra!!—respondió él.
A base de retorcerse, Malan consiguió zafarse y escabullirse entre los árboles. Male, en el suelo, se incorporó jadeando. Con un movimiento de muñeca, sacó el agua de un matorral, dejándolo aplastado y reseco. Formó una espada de agua deforme y la congeló, creando una preciosa y cristalina lámina letal. Se crujió el cuello.
—Nadie me llama zorra en mi casa y se va como si nada.
—Detenla—ordenó Morfo a Lucas.
Lucas se lanzó sobre la joven, pero esta ya había saltado a la velocidad del rayo de la raíz que sobresalía del suelo en la que se encontraba y se movía cual sombra veloz sobre los troncos y ramas de los árboles.
—Hay que seguirla y pararle los pies—volvió a ordenar Morfo.


—¿Dónde estará Malan, matarile, rile, rile?—cantaba Male conforme recorría el bosque—. Vamos, ratita, no puedes haber ido muy lejos.
Entonces escuchó gritos de terror, provenientes del lago. Cerró los ojos y vio con claridad a través de los de Golyb: sus tentáculos sobresaliendo del agua y amenazando al niño, que se veía como un manchurrón de colores desde el fondo acuático. Agitaba los brazos y daba alaridos, sumido en el pánico.
—Bingo—salió dando saltos hacia el centro del bosque.


—¿Oís eso?—Maite se detuvo y miró en una dirección concreta—. Son gritos.
—Es Malan—sentenció Reïk.
—Maite, guíanos—ordenó Morfo.
Maite se transformó en lobo blanco y dejó montar a Reïk. Los cuatro se dirigieron al centro del bosque: el lago.


—¡Apártate de mí, bicho!—Malan retrocedía agitando los brazos—. ¡No sabes con quién te estás metiendo! ¡Obedece, y convenceré a Pandora de que...!
—¿De qué, enano?—Male surgió de la nada y se colocó entre Golyb y su lago y Malan. Apuntaba al niño con la espada.
—Lárgate, monstruo, esto no va contigo—escupió Malan.
—¿Perdona? ¡¡Esta es mi casa!!
Male pateó el suelo, el cual tembló por el terrible grito de furia que profirió Golyb. Malan cayó sobre su trasero.
—¡Agh!—se quejó.
—Dímelo, criajo. Si de todos modos tienes todas las de perder.
—¡Baja la espada! ¡Te lo ordeno!—Malan, preso del terror, intentó manipular la mente de Male, mirándola directamente a los ojos. Sin embargo, su cerebro chasqueó como un látigo y eso le provocó un terrible dolor de cabeza—. ¡Aghh!
—¿Qué pasa, niño? Hay algo que no funciona en tu cabecita, ¿verdad?—Male rió.
—¿¡Por qué no puedo controlarte la mente!?
Male levantó la espada, dispuesta a golpear de lleno a Malan en la cabeza con ella.
—No puedes controlar una tormenta—susurró, con los ojos encendidos de ira.
—¡Payun!
Un rayo surgió desde los árboles y vaporizó la espada de Male. Ella giró la cabeza en esa dirección, y vio cómo Morfo corría hacia ella con los brazos abiertos.
—¿¡Qu...!?—Male quiso esquivarlo, pero apenas un segundo más tarde ya estaba tirada boca arriba en el suelo, con las muñecas sujetas por las fuertes pero suaves manos de Morfo.
—¡¡Suéltame, capullo!! ¡¡Tengo que matar a ese crío!!
—¡Ni pensarlo! ¡Lucas, atrapa al niño!
—Negativo, tío. Ha desaparecido—se ajustó las gafas de sol.
—Mierda—Morfo escupió en el suelo y miró a Male a los ojos—. Oye, entiendo que estés furiosa. Es tu casa. Pero tienes que calmarte.
—¡¡Por supuesto que estoy furiosa, tú lo has dicho: esta es mi casa, y Maite es mi amiga, además!! ¡¡Si no matarle, darle una paliza al menos!!
—¡Sí, hombre, y que “se te vaya la mano”! ¡Ni hablar!
—¡Pero y qué más da, déjame en paz! ¡Tú no entiendes nada!
—¡Pues explícamelo, quiero saberlo!
—¡Y una mierda, vete a tocarle tu música y a decirle cosas bonitas a otra tonta! ¡¡Tú y Vittorio sois iguales!!
—¿¡Cómo te atreves!? ¡¡Sólo me preocupo por tu bien!! ¡¡Eres tú la que no entiende nada!!
—¡¡Mentira, sólo te preocupas por ti, como Vittorio!! ¡¡Si yo te preocupara me dirías lo que pasa para que tuviera cuidado y no me hiciera daño, pero hasta ahora NADIE me ha explicado NADA!! ¿¡Qué es tan peligroso como para que yo no pueda saber de su existencia!? ¡¡Vamos!! Quiero saberlo—bajó el volumen de golpe—. Si me lo dices, me dejaré ganar y me llevaréis a la Biblioteca. Quiero ayudar tanto como el que más, ¡pero no me dejáis! ¿¡Por qué yo no puedo!?
Morfo la miró sin saber lo que decir y la soltó. Se incorporó, jugueteó un poco con su colgante y musitó:
—Buen disparo, Lucas. Has volatilizado la espada al instante.
—Donde pongo el ojo, pongo mi láser, si entiendes lo que quiero decir...—Lucas señaló a Morfo con los dedos de la mano derecha puestos en forma de pistola y dibujó una sonrisa torcida en su propio rostro.
Morfo miró entonces a Male durante un momento. Ella le devolvió la mirada mientras se levantaba.
—Te lo explicaré—le dijo él.
—Ya veremos si lo haces o no—respondió ella de forma cortante—, porque hasta ahora no has hecho más que evadir el asunto.
—Ya, ya lo sé.
Él le dio un golpecito a la piedra del colgante y se teletransportó. Male hizo lo que él. Reïk y Maite se miraron mutuamente, sin saber lo que hacer.
—Chavales, ya podéis volver. Lo habéis hecho bien—felicitó Lucas, levantando el dedo pulgar.
—Gracias—respondieron casi simultáneamente. Acto seguido le dieron un toquecito a sus colgantes y se marcharon de vuelta a la Biblioteca.

Lucas miró al lago, sin decir nada. Se quitó las gafas de sol.
—Nos estás causando muchos problemas, tú...
Un gruñido largo agitó los árboles y el suelo. Lucas sonrió.
—Tranquilo, me caes bien. Soy de los buenos.
Otro gruñido.
—Sí, está con nosotros. Intentamos cuidarla lo mejor que podemos, pero entonces pasan cosas como esta. Sinceramente, no creo que ninguno de estos idiotas sepa cómo cuidarla, pero en fin. Yo sólo sigo órdenes.
Golyb volvió a responder con un largo gemido. Lucas jugueteaba con las patillas de las gafas.
—Sí. En realidad, ella tiene razón. La estamos manteniendo ajena a todo y no deberíamos. Sobre todo porque no es culpa de ella. Ni siquiera tuya. Pero ya sabes... Poco puedo hacer yo.
El monstruo del lago gimió de nuevo, esta vez más suave. Lucas sonrió de nuevo.
—Lo intentaré. Seguro que mi superior se alegra de saber eso. Y no me estoy refiriendo al que hace fuego... Sino al otro.
El silencio reinó en el lago, y Lucas lo tomó como una respuesta satisfecha del colosal ser que vivía bajo las aguas. Volvió a ponerse las gafas, tocó su colgante y volvió a la Biblioteca.


—¡¡Malditas sean todas las horas que he pasado contigo, Pandora!!—Malan golpeó la mesa del salón del televisor con los puños, enfurecido.
—¿Cuál es el problema, Malancito? A veces en las misiones de reconocimiento te pillan. Y, si eres lo bastante listo, te escabulles con quizá un par de rasguños—hizo una pausa para señalarlo y reírse—, ¡pero ya veo que a ti te han dado una auténtica paliza!
—¡No le veo la gracia!
—¡Pues yo sí!
Malan se levantó y se fue a su cuarto, dejando a Pandora y a su ataque de risa en el salón.


—Jack, tengo que hablar contigo—dijo Lucas, tocando a la puerta de su despacho.
—Pasa, pasa. Dime—cerró un libro que tenía sobre la mesa y le ofreció asiento. Se había quitado el gorro.
—Bonito pelo. Creo que nunca te había visto sin el gorro.
—Ni yo a ti sin gafas de sol, y todavía lo tengo pendiente. En fin, dime lo que pasa—sonrió.
Lucas se dejó caer sobre el asiento.
—¿Te ha contado Morfo lo que ocurrió en el lago?
—Al detalle.
—¿Discusión incluida?—recostó la cabeza sobre el respaldo y marcó un ritmo inexistente con el pie.
—¿Discusión?—Jack se ajustó las gafas y cogió una estilográfica—. Explícate.
—Ya veo que no—se estiró y se colocó bien la gabardina—. Cuando Morfo placó a Male tras yo haberle destrozado la espada...
—Campero—sonrió Jack.
—Sin interrupciones, está hablando tu dios—gesticuló un poco con las manos y siguió hablando—; bueno, pues que cuando Morfo la placó, ella trató de librarse de él, y le gritó que si reaccionaba de esa manera era por culpa del propio Morfo y Vittorio por no contarle lo que pasa con ella. Y la verdad es que razón no le falta.
—Bueno...—suspiró—, está claro que ninguno de los dos ha pensado siquiera en cómo lidiar con el problema...
—El ego no les deja. ¿Debo suponer que tú sí lo has hecho?
—Supondrías bien si lo hicieras—le dio vueltas a la estilográfica entre los dedos—, y tengo un plan. Pero dudo mucho que les vaya a gustar.
—¿Se lo vas a contar?
—No.
—Entonces seguro que no les gusta. Pero, ¿qué vas a hacer?—se sentó correctamente y le miró tras las gafas de sol.
—Lo que está claro es que más que ayudar a Male la están perjudicando. Por su culpa Male se está volviendo desconfiada y agresiva hacia el mundo que le rodea, y eso no puede ser. Es demasiado poderosa como para que su estado mental se corresponda con el de una adolescente con problemas de control de la ira. Además, estar encerrada la mata, y necesita sentirse libre y entrenar para no anquilosarse.
—A ver, entrenada está. No hubo manera de pillarla hasta que no bajó la guardia para cargarse al puto crío—se volvió a recostar sobre el respaldo.
—Pues no podemos dejar que eso se pierda. De todos modos, por lo que me ha contado Morfo, ataca de forma demasiado impulsiva y violenta, y eso tampoco puede ser—Jack cruzó los brazos sobre la mesa y miró las tapas del libro.
—¿Piensas entrenarla tú?—Lucas le miró, en apariencia incrédulo.
—Sí, eso pensaba. En mi caso sí que estoy anquilosado, y ayudarla a entrenar me hará ponerme en forma a mí también. No tengo ganas de que me peguen una paliza si tengo que luchar. Tengo demasiado que proteger—se quitó las gafas y se frotó los ojos.
—Entiendo—se levantó de la silla y se apoyó en la mesa, mirando hacia la puerta—. ¿Entonces cuándo pretendes empezar?
—La semana que viene. Ya he empezado los preparativos, así que en ese plazo ya debería tener los programas de entrenamiento preparados para...
Un disparo en la parte exterior de la Biblioteca le interrumpió. Tanto Jack como Lucas se abalanzaron sobre la ventana, y a través de ella vieron cómo Vittorio amenazaba a un arrodillado Morfo con disparar de nuevo el revólver sobre su cuerpo.
—Sabía que no era para practicar tiro. Cabrón...


—¿Entonces qué vas a hacer?—Lucas seguía a Jack, quien, frenético, iba recogiendo cosas en su habitación y preparaba un macuto.
—Me la llevo.
—¿A dónde?
—A cualquier sitio lejos de aquí. Ve y dile que se vaya preparando.
—¿Pero estás loco? ¡Te van a pillar!
—Mira—se detuvo un momento y miró directamente a Lucas a los ojos. Jack llevaba ahora una cinta naranja alrededor de la cabeza en lugar de su tradicional gorro, y un hacha enorme colgaba de su espalda en una funda de cuero—, sé de sobra los riesgos que corro. Si Vittorio me pilla huyendo con Male a cuestas, intentará hacer cualquier cosa para retenerla, incluyendo la posibilidad de neutralizarme a través de la violencia. Morfo probablemente también lo haría, aunque después de el incidente de ahora probablemente se la llevaría él a cualquier otro sitio. La cuestión es que no puede quedarse aquí más tiempo, y hay que entrenarla y pulirla. Hay que hacer que, siendo peligrosa, lo sea para el bando contrario, no para el nuestro. Y para ello hay que contárselo todo.
—Definitivamente, estás como una regadera rusa.
—Mi plan va a funcionar. Confía en mí—volvió a meter cosas dentro del macuto.
—¡Pero es totalmente descabellado! Llevarte a Male dentro del bosque. ¡Tienen a Ali! ¡Os van a encontrar!
—No, porque Ali ya está al corriente de mi plan. Es una de mis infiltradas, aparte de ti.
—Estás de coña.
—No.
—Jodeeeeeer...—Lucas se llevó las manos a la cabeza y se despeinó el cabello. Volvió a mirar a Jack—. Se te va la olla.
—Funcionará...—Jack ya empezaba a hablar con tono de fastidio.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque me he dicho a mi mismo: “no hay cojones”. Ahora, si no te importa, vete a distraer al resto del mundo mientras saco a Madalane por la ventana y me la llevo lejos de aquí para salvaros el puto cuello a todos.
—Tampoco te pongas borde.
—Disculpe, su majestad. Venga, mueve el culo. Y detiene a esos dos gilipollas, que de verdad que esto parece un maldito jardín de infancia de gente letal.
Jack salió por la puerta de su habitación, pero Lucas lo detuvo antes de que pudiera correr hacia el ala donde se encontraba el cuarto de Male.
—Jack, espera. Se me ha pasado decirte una cosa.
—¿El qué?—dijo después de suspirar—. Te recuerdo que tengo mucha prisa...
—Que sí, joder...
Lucas volvió a meter a Jack dentro de la habitación y le contó lo que le había dicho Golyb. Jack abrió mucho los ojos, y una amplia sonrisa inundó su cara antes de que Lucas pudiera haber terminado.
—Pero eso... ¡¡Eso es maravilloso, Lucas!! ¡¡Ahora sí que estoy seguro de que vamos a ganar!!
Con el espíritu aliviado y animado, Jack salió corriendo, sigilosamente, hacia el cuarto de Male.


—Entonces, ¿qué se supone que tengo que hacer?
Bocha miraba desconcertado a las dos leyendas del diario del padre de Garret: Nüne Wírts y el Mensajero Veloz. Wïrts le observaba de hito en hito, murmurando cosas ininteligibles y asintiendo con la cabeza a reflexiones internas. El Mensajero, sin embargo, daba saltitos en el sitio, completamente nervioso y feliz.
—¡Pues sacarnos de aquí!—dijo el hiperactivo—. MDM podría haberlo hecho, pero al parecer está cabreada y no quiere.
—¡Cierra el pico, hámster gigante! Tengo tantas ganas de salir de aquí como tú. Pero si lo intento me revientan—se oyó a la muchacha protestar al otro lado del pasillo.
—Es una cascarrabias—susurró él—, pero no se lo tengas en cuenta.
—...Ya—Bocha sonreía ante el comportamiento nervioso del Mensajero, aunque en el fondo lo estresaba. Miró a Wïrts—. ¿Entonces qué tengo que hacer?
—Ya te lo ha dicho Rafa. Sacarnos de aquí.
—Sí, ya, ¿pero cómo?—fastidiado, inclinó la espalda hacia atrás y apoyó el peso de su torso en los brazos.
—Supongo que puedes invocar espadas de todos los tamaños, ¿no es así?—Wïrts no varió en ningún momento su postura. Su mirada imperturbable seguía atravesando a Bocha como si se tratara de una lanza invisible—. O al menos eso me han dicho.
—En teoría sí. Lo he practicado poco, nunca me ha hecho mucha falta. ¿Por qué?
—Te explico. Si pudieras invocar una pequeña espada que pudiera servir como ganzúa, MDM podría sacarnos a todos de aquí haciendo uso de sus maravillosas habilidades con los objetos punzantes y pequeños. La cosa es que la tal Bego es demasiado poderosa para nosotros, pero tú puedes enfrentarte a ella—el maestro del ajedrez se ajustó las gafas—. ¿Entiendes a dónde quiero llegar?
—¿Quieres decir que nadie de los aquí presentes puede derrotar a Bego excepto yo?—incrédulo, trató de asomar la cabeza un poco por los barrotes para investigar quién había en las otras celdas, pero no vio nada.
—Correcto.
—¡Pero si son todo profesores, en teoría saben más que nosotros!
—A nivel teórico—respondió una voz por el fondo de las celdas—. A nivel práctico vosotros sois la gente tocha.
—¿Y aquel quién es?
—Varo, el profesor de Madalane.
—¡Encantado!—gritó Bocha.
—¡Igualmente!—contestó Varo.
—¿Y tiene que ser ahora?—Bocha volvió al tema.
—Ahora, o luego. Pero cuanto antes mejor.
—¿No... tenéis un plan para huir?
—Voy a reventar la puta pared con una bomba, chaval, haz el favor de dejar de decir gilipolleces e ir a enfrentarte con la tipa aquella de los guantes—exclamó Kay.
—¿No ibas a apalizarla con una pala?—preguntó con sorna Wïrts.
—¿Ves palas por aquí?—le contestó el otro.
—No.
—Pues ya está.
Wïrts sonrió y miró desafiante a Bocha.
—¿Entonces, joven?—le tendió la mano.
—Qué remedio, ¿no?—se levantó pesadamente y le dio la mano al maestro del ajedrez. Ambos sonrieron, y Bocha comenzó a concentrarse.


Alguien llamó a la puerta. Male, sentada a la mesa y hablando con Galia, se detuvo y miró hacia la entrada.
—Un segundo—se disculpó.
—Sin problema—Galia, repantigada en el sofá, comía galletitas de chocolate como si se tratara de pipas. Jugueteaba además con varios aparatitos de diferentes formas, entre ellos una pirámide y una esfera.
Male, mientras tanto, abría la puerta. No tuvo tiempo de reaccionar ni de invitar a pasar a la persona que se encontraba fuera, puesto que entró directamente y sin preguntar.
—Prepara tus cosas, Male. Nos largamos—ordenó Jack.
—Eh, eh, eh, relájate—interrumpió Galia—, ¿qué pasa contigo? ¿A dónde os vais? ¿Por qué no puedo ir yo?
—¿No se supone que tú eres la callada? A todo esto, ¿qué haces aquí?—Jack, con cara de genuina sorpresa, dejó sus cosas en el suelo para ayudar a Male con las suyas.
—La respuesta a la primera pregunta es que sí, pero las galletitas estas llevaban licor—hipó—. La respuesta a la segunda pregunta es que estaba hablando con mi amiga. Pero yo pregunté primero. Contéstame.
—Conmigo no pasa absolutamente nada—suspiró—, y sencillamente nos vamos. No puedes ir tú porque es peligroso.
—Bueno, ¿es que nadie va a preguntar mi opinión? Volvemos a lo mismo. Fíjate qué extraño—Male, cortante, cruzó los brazos y puso cara de indignación. Jack, sencillamente, se le acercó a dos centímetros de la cara y le susurró:
—¿Quieres que dejen de tratarte como una niña? ¿Que dejen de controlarte y que por fin te permitan tomar tus propias decisiones? ¿Quieres que la gente confíe en ti, Madalane?—su mirada severa estaba clavada directamente en los ojos plateados de ella.
—Sí—respondió Male con un hilo de voz.
—Entonces ven conmigo—susurró él.
—...
—Tía, lárgate. Aquí te tratan como basura, no te merece la pena quedarte—Galia interrumpió la comilona durante un segundo y acto seguido continuó con su actividad. Se reía sola.
Jack no se movió ni un ápice de donde estaba. Male, finalmente, desvió la mirada hacia abajo y musitó:
—Vale.
El bibliotecario sonrió.
—Genial. ¿Te ayudo con las bolsas?
—De aquí sólo voy a llevarme la capa, el libro, la ocarina y la varita. No necesito más.
—Perfecto, cuanto menos peso mejor.
Ambos cogieron sus cosas. Male se echó la capa por encima, se guardó la cajita con la ocarina en uno de los múltiples bolsillitos de esta junto con el libro y se enganchó la varita en el cinturón. Jack se echó el macuto al hombro y se encajó el cinturón de la funda del hacha al torso. Cuando ya estaban a punto de salir por la ventana, Galia los detuvo.
—Esssshpera, Maleh...
Tambaleándose un poco, le acercó la pequeña esfera compuesta a piezas. Tenía un enganche para colocarla en el cinturón, así que Male, tras observarla un poco, le dio un uso al enganche y la guardó.
—Essshtá diseñada y conshtruída espezhíficamente para que la usheh tú.
—¿Cuánto licor llevaban esas galletas...?—se preguntó Jack entre dientes.
—¿Para qué sirve?—preguntó intrigada Male.
—Canalizha energía. Para alguien con poderesh como tú esh... útil, digamosh—dio un traspié y Male tuvo que sujetarla.
—¿Quieres echarte una siesta en mi cama?—preguntó la joven, tratando de ayudar a su amiga.
—Aunque no me hubierash dado permisssoh lo habría hechio. Total no ibash a ehhtar aquí para reñññirme, ¿no?
—Bien pensado.
Galia se fue dando tumbos hasta la cama y se cayó de cara sobre el colchón. Male miró entonces a Jack y él le ofreció la mano.
—Las damas primero.
—Yo no soy una dama—se quejó ella.
—Más dama que yo sí eres—sonrió él.
—En eso sí que tienes razón.
Entonces, Male se subió al alféizar y miró abajo. Desde el segundo piso y en la oscuridad la altura le pareció insalvable y le entró miedo.
—Vamos, Male—animó Jack desde atrás—. ¿Vives durante toda tu adolescencia con un monstruo capaz de provocar el fin del mundo y ahora te dan miedo las alturas?
—No te rías de mí.
—¡Ja, ja! No, tranquila, no me río de ti. Pero salta.

Ella tragó saliva y cogió impulso. Saltó al árbol que había justo enfrente y se quedó de pie en una de las ramas. Cuando Jack saltó tras ella, Galia apagó la luz de la habitación con su cubo y los dos fugitivos se perdieron entre la espesura y la noche.

sábado, 2 de mayo de 2015

Capítulo XXIII - Dos jaques

Bocha despertó tumbado de lado en un suelo de cemento, frío y húmedo, con olor a tierra mojada y un color pardo indescifrable en la semioscuridad que cubría la pequeña habitación. Se incorporó y se apoyó, sentado, en la pared que tenía justo al lado, sujetándose la cabeza entre las manos. Le daba pinchazos.
—¡Eh, el chaval se ha despertado!—gritó una voz.
Ese grito resonó en su cabeza como si diez mil agujas se clavaran en su mente. Aturdido, miró alrededor suyo, pero sólo fue capaz de distinguir sombras difusas que se movían dando vueltas ante sus ojos.
—No grites, ¿quieres? Por el golpe que se dio en la cabeza, yo diría que ahora debe de tener una migraña y unos mareos como mínimo interesantes.
—¡Pero estoy emocionado!
—A nadie le importa—espetó una tercera voz—. Dios, ojalá tuviese acceso a una cámara de gas.
—Ese es principalmente uno de los motivos por los cuales te han encerrado aquí—dijo la segunda voz. Sonaba tranquila y grave. Era como una suave manta que relajaba los sentidos del aturdido joven y los cubría de seguridad y calidez—. Así que a callar.
—¡Y una puta mierda! Me encerraron aquí por “precaución”. Ojalá tuviera a mano una cámara de gas Y un ordenador. Os iba a meter tal palo por el culo a cada uno de vosotros que hasta mi alumno se habría sorprendido—hubo una pausa—. La verdad es que ahora empiezo a verle el sentido a que me encerraran.
Bocha, entre delirios y dolores, comprendió que la voz que se quejaba y soltaba alaridos amenazando a los presentes con gasearlos no era otra que la de Kay, el maestro de Garret. Lo habían encerrado con los maestros, y obviamente su indignación era digna de mención.
—Cierra la boca ya, maldita sea—gruñó una voz femenina y cascada—, algunos intentamos dormir.
Y todo el mundo guardó silencio. Eso le dio a Bocha la oportunidad de serenarse y conseguir que su mareo cediera un poco, dándole la estabilidad necesaria para no caer redondo al suelo si se levantaba con la suficiente precaución. Al fin, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y vio una celda lóbrega y medianamente limpia, aunque no lo suficiente como para no dejar manchas de mugre en los pantalones de quien se sentaba en el suelo. En una de las camas había sentado un hombre que respiraba deprisa y que le recordaba a Ranusa. No parecía capaz de estarse quieto. En un escritorio al otro lado de la diminuta celda había un hombre vestido ricamente, pero desaliñado y con las ropas ajadas y destrozadas. Miraba fijamente a un tablero de ajedrez y jugueteaba con algo en la mano derecha, fuera del alcance de visión de Bocha.
—¿Dónde estoy?—consiguió articular, finalmente.
—En los calabozos de Todo—dijo el hombre sentado al escritorio—. ¿Crees que podrás acercarte?
—No lo sé.
—Inténtalo—espetó Kay desde la celda de enfrente—. Total, como mucho podrías perder el equilibrio...
—Y los sesos si se da en la sien. ¡Heh!—rió el que estaba sentado en el camastro. Se levantó de un salto y le tendió la mano a Bocha mientras a este le daba un escalofrío—. Anda, yo te ayudo.
—G-gracias.
—A la mierda, aquí es imposible dormir—volvió a quejarse la mujer—. ¿Quién es el chaval?
—El alumno de Bego—Kay escupió en el suelo.
—Eso me da una confianza en él brutal—ironizó ella—. Seguro que lo han manipulado como manipularon a Nerea. Tsk.
—Eh. Estaré mareado, pero no soy sordo ni gilipollas—gruñó Bocha en un susurro, apoyándose en el hiperactivo—. Si me hubieran manipulado me habrían tratado mejor, o al menos lo suficientemente bien como para no dejarme atontado y poder cortaros la cabeza a todos y cada uno de vosotros nada más llegara aquí.
—Además—el tipo del ajedrez hizo un ademán con la mano izquierda—, algunos de nosotros estamos aquí por propia voluntad. ¿Verdad, MDM?
—Cierra el pico, Nüne—espetó la voz ronca—, ellos lo saben.
—Y nosotros sabemos que lo saben, querida. Rafa, acércame al chaval.
El hombre hiperactivo acompañó a Bocha hasta la mesa de Nüne. El muchacho se sujetó al borde cuando llegó allí.
—Así que tú eres el famoso Nüne Wïrts—dijo, no sin cierta dificultad—. Tu hijo cree que estás muerto.
—Ya, ya lo sé.—no levantó la vista del tablero que estaba mirando, con las piezas repartidas en una especie de pantano de fichas en el que apenas se podía jugar.
—¿No te gustaría darle la alegría de saber que estás vivo?
—Sí.
—Y, si puedes salir de aquí tan fácilmente como dices, ¿por qué no lo haces?
—Nunca dije que yo pudiera hacerlo—le destellearon los ojos—, pero es una interesante deducción. De cualquier modo, te estaba esperando a ti, al igual que Rafa.
—También me conocen como el Mensajero Veloz—el hombre hiperactivo le dio una palmada en la espalda, desequilibrándolo levemente—. ¡Mucho gusto!
Bocha miró a sus dos interlocutores y luego al tablero de ajedrez. Se tomó la libertad de mover una de las fichas a uno de los espacios posibles que había.

Jaque mate al rey blanco.


Reïk y Maite avanzaban por el bosque, iluminado de forma difusa por las luces azules de los cristales que surgían del suelo y por los tímidos rayos del creciente de luna. Ali iba encabezándolos con un candil de luz continuada, de un tono rojo anaranjado que no llegaba a ser el de una vela. Finalmente llegaron al claro del bosque donde se encontraba el lago, tras un largo rato caminando.
—Es mucho más grande de lo que yo creía—dijo Reïk, impresionado.
—Aquí se crió Male desde los ocho años—anunció Ali—. En el fondo duerme lo que ya sabéis, supongo.
—El bicho que tiene el enlace con Male—musitó Mai—. Qué horror.
—Sí, pues hay que defenderlo—contestó Ali—, y esa es vuestra tarea de hoy. No dejéis que nadie se acerque en un perímetro de diez kilómetros.
—¿Tanto?—dijo Reïk.
—Tanto—contestó la joven de pelo viscoso—. Hay que curarse en salud. Además, no creo que os resulte complicado. Maite seguro que ya se puede mover por aquí como por su casa.
—De hecho no sé por qué sigo aquí. Ese nido de árboles me está gritando que vaya a explorarlo.
—Bueno, pues adelante. Los colgantes también sirven de transmisores, así que si Reïk detecta que alguien se acerca con su visión del futuro, podrá comunicártelo para que llegues allí a tiempo y le detengas. Ese es el plan, ¿entendido?
—Más fácil imposible—dijo Maite transformándose en una pantera negra.
—Eeentendido.
Maite desapareció entre la espesura, Ali se desvaneció en el aire y Reïk se sentó en la orilla, mirando al lago, y profundamente concentrado.

Al cabo de veinte minutos, Maite dejó de correr de un lado a otro. Había encontrado una cabañita hecha de madera y lianas, muy bien construida, y también muy bien fortificada. Pasó volando por encima de las trampas convertida en un tucán y se coló en el interior por debajo de la puerta, transformada en hormiga. Después se volvió humana y registró lo que pudo en la oscuridad que la rodeaba. Tropezó con un candil de luz interna que accionó con la manivela de intensidad para comprobar que funcionaba como tocaba. Lo hacía, así que investigó la chocita.
El interior de la casita estaba formado básicamente por lo que parecía una sala de estar multifuncional, con un montón de cazos sobre una mesa que había en el medio y una neverita que funcionaba de una forma que Maite recordaba haber leído un par de noches atrás. Dentro de la nevera había unas pocas verduras pasadas y carne podrida. El olor pestilente de ambas cosas convenció a Maite de cerrar el pequeño electrodoméstico y no volverlo a abrir.
Había un espejo de cuerpo entero que en realidad no era un espejo. Maite lo averiguó cuando se acercó a examinarlo de cerca. Eran varias placas del cristal azul que habían visto al llegar al bosque y que estaban por todas partes. Unidas de un modo complejo y delicado podían llegar a reflectar la luz y servir como espejo. A Maite le asombró ese descubrimiento.
Siguió mirando por la habitación y vio una estantería llena de cuadernos. Estaban todos empapados, o al menos lo habían estado. La tinta de todos los cuadernos había sido diluida por el agua, echándose a perder todo el contenido. Maite lo lamentó, y siguió investigando.
Además de una silla, un taburete y un trébede de hierro, encontró una puertecita detrás de la estantería. Estaba muy bien disimulada, al parecer para asegurarse de que nadie la encontraba. Apartó el mueble con cuidado de no desmontarlo y trató de entrar girando el pomo, pero no lo consiguió. Estaba cerrada.
Buscó la llave por toda la habitación, pero no fue capaz de encontrarla. Al final se cansó y entró por debajo como había hecho con la puerta principal: transformada en hormiga. Sin embargo, lamentó tener que dejar el candil atrás, así que volvió a la habitación original y simplemente forzó la entrada a base de empujones.
Cuando por fin derribó la puerta, encontró una pequeña estufa metálica de color negro que dirigía el humo por un tubo hacia arriba, fuera de la cabaña. También había una cama bastante grande, con arregladas y preciosas sábanas de tela suave, que olían a flores secas. Había una lamparita que no funcionaba sobre una rudimentaria mesita de noche y un armario de dos puertas.
Maite miró debajo de la cama y encontró un arcón de hierro sin cerradura. Al abrirlo, vio más cuadernos como los que había en la estantería de la sala anterior, pero estos no estaban estropeados. Los hojeó pausadamente, sin realmente leer nada. Sólo miraba. Cuando acabó de leer el primero de los cinco que había, los dejó sobre la cama y pasó a mirar el armario.
Cuando lo abrió se llevó una de las láminas de madera consigo. Estaba rota desde hacía tiempo, y simplemente la habían dejado ahí para que no ocupara más espacio del necesario. No supo como volverla a enganchar a las guías, así que la dejó apartada y exploró el interior del mueble.
Dentro había más sábanas limpias y ropa de mujer, la cual estaba rota, pero limpia. Había un par de prendas que estaban en perfecto estado: una capa azul marino de terciopelo y un vestido negro con ribetes plateados. Aparte de eso, ya no había nada más.
Se sentó en la cama y pensó durante un momento qué haría con todo aquello. Inconscientemente se puso a jugar con el colgante que llevaba, y al cabo del rato cayó. Podía teletransportarse hasta su habitación en la Gran Biblioteca y dejarlo todo allí.
También pensó en las consecuencias que eso podría acarrear. Si Reïk la avisaba de que alguien se acercaba en ese margen de tiempo, podría no ser capaz de llegar a tiempo. Sin embargo, también pensó en que si Reïk le decía que fuera, podría teletransportarse al lugar que él le indicara en lugar de volver a la cabaña y salir desde allí, así que, decidida, envolvió todo lo que había encontrado que era de utilidad en una de las sábanas.
—A mi habitación de la Gran Biblioteca—dijo.
Y, tras tocar la gema, se teletransportó allí.


—¿Malancito?
—¿Síii?
—¿Qué estás haciendo?
—Busco cuchillos.
—¿Para qué?
—Hmmm...—Malan se dio la vuelta y miró hacia el techo—. Tú ya has estado en el Lago de la Luna, ¿verdad?
—¡Claro que sí! Ya sabes lo que hay ahí, ya te lo he contado yo.
—Yo también quiero ir.
—¿Para qué?
—Para ocuparme de un asuntillo.
—Bueno, como quieras. Si necesitas ayuda grita, e iré a buscarte. ¡Te estaré mo-ni-to-ri-zan-do! ¡Ja, ja, ja!
—Sí, ¿pero cómo llego allí?
—Derecha, derecha, izquierda, izquierda, izquierda, derecha, izquierda, derecha, puerta azul.
—Gracias...
—Ah, y el cuchillo—Pandora sacó un cuchillo jamonero de una estantería que había en la estancia, demasiado alta para Malan—. Aquí lo tienes. Trátalo con respeto. Es muy orgulloso.
—...Vale.
Malan salió de la habitación y tomó el camino que Pandora le había mandado. En cuanto él se hubo ido, ella corrió hacia el salón y encendió la televisión. Vio a Reïk dando vueltas en círculos, con cara de preocupación, y sudando a chorros.
—¡Por fin empieza el espectáculo! ¡Ja, ja, ja, ja!
Se tiró sobre el sofá y se retiró la capucha para estar más cómoda.


Maite llegó a su habitación y dejó las cosas sobre su cama. Ya se iba a marchar cuando fijó la vista en la capa de terciopelo azul marino. Era mucho más cómoda que la suya, seguro. Después de todo, alguien la había llevado anteriormente por el bosque sin queja alguna. Decidió cambiarla por la suya, y con esto se entretuvo unos cinco minutos. Una vez se hubo terminado de vestir, se miró en el espejo y sonrió. Estuvo otros cinco minutos dando vueltas delante del espejo.

Mientras tanto, Reïk daba vueltas en círculos alrededor de un cristal brillante. Trataba de comunicarse con Maite a través del colgante, pero no recibía respuesta. Alguien estaba a punto de irrumpir en el bosque, y aunque todavía no sabía quién era, sabía con total seguridad que sus intenciones no eran buenas. Dio un grito de impotencia y se sentó en el suelo, con un dolor de cabeza incipiente. Siguió mandándole señales a Maite, sin éxito.

Al final, Maite por fin se teletransportó de nuevo a la cabaña. Allí, se dio cuenta de que su colgante no paraba de emitir soniditos, y le dio a la gema.
—¿Reïk?
—¡¡Santa Madre Teresa!! ¡¡Por fin apareces!! ¿¡Dónde estabas!? ¡¡Está a punto de colarse un enemigo por el árbol caído que hay al sur del bosque!!
—¡L-lo siento! Me distraje.
—Y tanto que te has distraído, me cago en tu sombra al amanecer. ¡Muévete! ¡Vamos, ya no queda tiempo!
Maite desconectó y susurró la ubicación a la que se quería teletransportar. Entonces tocó la gema y apareció allí, a tiempo para ver salir a Malan de un agujero en uno de los árboles cercanos. Llevaba el cuchillo en alto y amenazaba a la joven transformista con él.


Morfo tocó suavemente a la puerta del cuarto de Male. Llevaba una bandeja en la mano izquierda con una tetera humeante de porcelana y dos tazas. Le habría gustado llevar galletitas, pero no había. Alguien se las había comido.
—Adelante—casi susurró una voz en su interior.
Morfo entró. Vio a Male sorbiendo mocos y con cara de haber estado llorando mucho. El joven cerró con cuidado la puerta, dejó la bandeja sobre la mesa y se sentó en la cama, a su lado.
—¿Lo mismo otra vez?
—Ahora son pesadillas—dijo ella, temblando—. Sueño que soy Joel y noto cómo Nerea clava el cuchillo en mi garganta todas las veces que se lo clavó a él. Una y otra vez. Y cada vez me siento peor...
—Ya hemos hablado de esto. No fue culpa tuya.
—¡Si hubiera reaccionado antes Joel seguiría vivo!
—Tú no tenías por qué saber nada. ¿Entiendes lo que digo? Nada.
—Pero la sombra...
—¡¡Tú no tenías por qué saberlo!!
Male miró con los ojos muy abiertos a Morfo. Había pasado de abrazarla a casi aplastarla contra su pecho, y su expresión denotaba una rabia inusual. En cuanto se dio cuenta la soltó y, avergonzado, miró hacia el otro lado de la habitación.
—Lo siento...
—No pasa nada.
—Es que no quiero que pienses cosas que no son. Te hacen daño.
—Yo...
—Calla, anda...
Volvió a abrazarla cariñosamente.
—De verdad que lo siento—le susurró él al oído.
—Hmm...
—¿Me perdonas?
—Que sí, bobo...
—Vale...
Estuvieron un rato largo así, abrazados, sin decir nada. Al final, Male acabó pidiendo algo de té, y él se levantó, sirvió dos tazas, le dio una a la joven y se sentó en el butacón. Ahora los dos miraban las tacitas tranquilamente, y aunque Male sentía unas terribles ganas de llorar, la compañía del adorable Morfo las mitigaba. Alguien entonces tocó a la puerta, y Male volvió a susurrar como antes.
—Adelante.
Vittorio apareció por la puerta con otra bandeja de té, pero se quedó parado en el umbral mirando a Morfo con una expresión entre sorpresa e ira. Morfo a su vez lo miraba divertido y sarcástico, y se reclinó en el sofá.
—¡Muy buenas, jefe!
—Morfo, tú eras el encargado de la sala número cuatro ahora. ¿Qué haces que no estás trabajando?
—Ali me ha pedido que le cambie el turno. Al parecer había ciertos volúmenes en la sala cuatro que quería mirar cuanto antes, y la verdad es que nunca viene mal que te deban favores.
Male había puesto mala cara cuando Vittorio había entrado, pero de eso no se había dado cuenta él. Morfo, sin embargo, sí, y tenía que hacer grandes esfuerzos por contener la risa delante del líder.
—Como sea. ¿No tienes más papeleo que hacer?
—Las salas seis, siete y nueve ya están organizadas. Falta la ocho, pero Jack está como loco por encontrar los manuscritos que Maite se había llevado de allí y hasta que no los encuentre no parará, así que no merece mucho la pena empezar ahora. Y el resto de salas les tocan a Ali y a Jack precisamente, así que ahora sólo me toca esperar a que llegue el turno que le he cambiado a Ali en la sala cuatro.
—¿Y no puedes pasarlo... leyendo?
—Male tiene mejores historias que contar que un libro, ¿lo sabías?
—Pero si yo no te he contado prácticamente nada—dijo Male, en voz baja.
—Eso es lo que tú crees—le contestó él dulcemente—. Toda tú eres una historia con patas. Y no hay mayor placer para la vista y para la mente que leerte.
—Bueno, basta ya—interrumpió Vittorio—. ¿Puedes dejarnos a solas un momento, Morfo?
—Claro, jefe—le guiñó un ojo a Male—, ¿me llevo la bandeja del té?
—Sí.
Morfo se levantó del butacón y cogió la bandeja. Se la ofreció a Male para que dejara la taza, y ella le sonrió y dejó su bebida por terminar suavemente sobre la pieza de plata. El joven se marchó dando un portazo, pero iba riendo por el pasillo y se le escuchaba perfectamente. Ya no se contenía.
—Bien, Male. Tenemos que hablar de lo que pasó en la mansión de Todo...
—Aaaagh... ¿Otra vez con eso? Ya he hablado lo suficiente del tema con Morfo. No tengo ganas de esto ahora.
—Pensé que después de haber asesinado a alguien estarías mucho más traumatizada de lo que parece.
—Las cosas no siempre son lo que parecen. Trabajando en lo que trabajas me extraña que no lo sepas ya.
—Eh, cuidado. Yo no te estoy hablando mal.
—Estás intentando forzarme a que hable de algo de lo que no me apetece. ¡Y lo peor es que ni siquiera es la primera vez! ¿Qué quieres, que siga llorando? ¿Que me mortifique más de lo que ya lo hago y que te lo demuestre? Morfo no me hace esas cosas. Morfo es más amable. Quiere verme feliz.
—¡Yo también quiero verte feliz!
—¡Tú sólo quieres verme feliz por mi relación con el Lago de la Luna! ¿Acaso crees que no te he visto intentar hojear mi libro? ¿Crees que me hacía gracia que fueras a ocuparte de tus “asuntos” y que me dejaras tirada como lo hacías? ¿¡Crees que no te oía hablar con Evan!?
—Tranquilízate, por favor.
—¡No!—se levantó de la cama—. ¡Estoy cansada de que vengas a mis aposentos con la excusa de que me quieres y que quieres verme feliz, cuando en realidad no es así! ¡No necesitas de mis explicaciones para saber qué fue lo que pasó, Garret te lo puede contar! ¡De lo que deberías ocuparte ahora es de ayudar a Bocha y al resto de maestros a salir de allí, porque están en peligro! ¡Y sin su ayuda, ni Lago de la Luna ni leches para ti!
—¡Escúchame! ¡Tú no tienes ni idea de lo que significa ser el líder de la Organización! Algunas cosas tienen prioridad sobre otras. ¿Qué pasaría si apartara mi vista durante un solo segundo del objetivo de Pandora?
—¡Probablemente ganarías tropas para luchar contra ella!
—¡Pero tendría que luchar, y eso es precisamente lo que intento evitar!
—¡¡Pues algunas veces hay que afrontar el hecho de que eso no se puede hacer!!
Se quedaron mirando fijamente durante un momento. Vittorio finalmente dejó su bandeja sobre la mesa y se sentó en el borde de la cama. Male miraba hacia la pared.
—Lo siento. Tendría que estar más atento...
—Tendrías que ser mejor líder. Eso es lo que tendrías que hacer. En lugar de mandar a Maite y a Reïk a vigilar el lago tendrías que haberlos enviado a salvar a tus amigos. No ya a tus compañeros. Tus condenados amigos, Vittorio. Y también los míos.
—Los necesitaba en el lago.
—¿Para qué, a ver?
—Para que vigilen. ¡¡Para que vigilen tu puta casa, Male!! ¿¡Todavía no lo entiendes!? ¡¡Si estoy vigilando el lago es porque ahí hay algo que podría hacer daño a la gente!!
—¿¡Y por qué no me mandas a mí en lugar de a ellos dos!? ¡¡Yo conozco el bosque mejor que nadie, maldita sea!!
—¡¡Tú estabas TRAUMATIZADA!! ¿¡Cómo COÑO quieres que te envíe allí a luchar contra un enemigo que no conoces!? ¡¡Hasta Reïk tiene más ventaja en eso!!
—¿¡Me estás llamando inútil!?
—¡¡Tú estás intentando decirme cómo se supone que tengo que llevar a cabo MI LIDERAZGO!! ¡¡Así que yo puedo llamarte lo que me dé la gana!! ¿¡ENTIENDES, O TAMPOCO TE LLEGA EL ENTENDIMIENTO PARA ESO!?
Male se lo quedó mirando con los ojos abiertos de par en par. Acto seguido se levantó de la cama y, fuera de sí, gritó.
—¡¡FUERA DE MI HABITACIÓN, HIJO DE PUTA SIN SENTIMIENTOS!!
—¡¡PUES MUY BIEN!! ¡¡AHÍ TE COMAS TU PUTO TRAUMA TÚ SOLITA!!

Y entonces Vittorio salió, furioso, del cuarto de Male, y no se le olvidó dar un fuerte portazo. Mientras se dirigía hacia la sala ocho, oyó cómo Male rompía a llorar, y sus sollozos pudieron escucharse a lo largo y ancho de toda la Biblioteca.


—¿Eso que se oye es Male llorando?
—Qué agudo.
—Eres un bestia. Así no se trata a la gente.
—¿Tú qué sabrás? No te metas en mi vida.
Jack observó atentamente todos los movimientos de Vittorio. Podía notar la rabia de su compañero dándole en la cara, ardiente como el viento del desierto, y desde ese momento supo que iba a haber problemas. Y gordos.
Pero estaba tranquilo. Male estaba a salvo, y eso era lo importante. Aunque estuviera triste. Siguió buscando los manuscritos que se suponía que Maite había devuelto, y revisó los catálogos por si se le había pasado mirar en algún sitio.
—¿Sabes dónde he puesto mi revolver?—preguntó Vittorio desde detrás de una estantería.
Jack dio un respingo. Se había vuelto a sumergir en su mundo y esa pregunta le había puesto nervioso. Tanto por repentina como por peligrosa.
—¿Para qué lo quieres?
—Practicar tiro.
—No, no lo he visto.
—¿Míster Orden no sabe dónde está mi revolver cuando tiene catalogada hasta la última mota de polvo de todo el edificio? No me lo creo.
—Lo habrás dejado en otro sitio.
—Jack, VIVO AQUÍ. ¿En qué otro sitio puedo haberlo metido?
—¿Y yo qué sé? No ando vigilando dónde pones tus cosas. Y tampoco necesito un revólver.
—Tsk.
Vittorio siguió buscando y Jack mirando los catálogos. Ahora el bibliotecario sudaba: sabía que el revólver no era para practicar tiro. Al menos, no de la forma convencional. Mientras pensaba en las posibles aplicaciones del arma en manos de su rabioso dueño, entró Lucas, terriblemente asustado.
—Ha aparecido Malan—musitó, blanco como una pared.
—¡Vaya! Eso es una buena noticia. ¿Dónde está?—sonrió Jack.
—En el Lago de la Luna—continuó Lucas—; concretamente, amenazando a Maite con un cuchillo.
Vittorio miró a Jack y él, con el rostro totalmente desencajado, le dijo a Lucas lo que tenía que hacer.
—Busca a Ali y vete con ella y Galia al bosque. Impedid que...
—No—interrumpió Vittorio—. Que vayan Morfo y Male.
—¿¡Pero tú estás loco!?—gritó Jack—. ¡¡Sabes de sobra que NO podemos mandar a Male!! ¡Y mucho menos con Morfo! ¿Tienes idea de lo peligroso de tu gilipollez?
—Voy a explicarte una cosilla de nada—dijo Vittorio tranquilamente—. Si yo no estoy mandas tú y se hace lo que tú digas. Pero ahora mismo estoy presente, y tú estás por debajo de mi posición. Así que acepta lo que te digo o habrá consecuencias.
—¿¡Qué consecuencias ni qué calamares en vinagre!? ¡¡Sabes de sobra el motivo por el cual no tenemos la misma maldita posición!!
—Y, por eso, cierra la boca y asume lo que hay. Lucas—dirigió la mirada al otro joven—, llama a Morfo y pasa a recoger a Male. Y deprisa.
—...Sí, señor.

Lucas salió de la habitación con calma. Jack cerró la carpeta de anillas que llevaba en la mano, la dejó con un golpetazo sobre la mesa y salió tras él.
—Lucas—le llamó—, espera.
—Yo lo siento, tío—se disculpó—, pero Vittorio tiene razón. Técnicamente él está una posición por encima de ti, así que si tengo que obedecer a alguno de los dos tiene que ser a él. Por idiota que sea su decisión. Que lo es.
—Al menos hazme un favor: ve con ellos. No te ha prohibido que lo hagas, y así Male estará más vigilada.
—Como me meta en un lío no vas a tener jungla para correr.
—Con esa cara tan seria parece que lo digas de verdad y todo.
—Soy un mago del humor.
—Venga, mueve el culo.


—¿Morfo?—Lucas no tocó al entrar en el cuarto. El chico tenía el boli en la boca apuntando hacia el cielo, y mantenía el equilibrio con las dos patas delanteras de la silla levantadas, en un pleno desafío a la gravedad y la mala suerte.
—Hey.
—¿Interrumpo algo?
—Estaba componiendo, pero me he atascado. ¿Se te ocurre algo que te inspire miedo pero a la vez calma?
—No.
—Vaya. Bueno, dime—volvió a poner la silla sobre sus cuatro patas.
—Malan ha aparecido en el Lago de la Luna y está amenazando a Maite con un cuchillo. Hay que darse prisa. Avisa a Male.
—¿A Male? ¿Quién coño ha sido el lumbreras que ha ordenado eso?
—Vittorio.
—Muy bien, para acabarlo de arreglar. No pienso llevarla—tiró el boli sobre la mesa, visiblemente enfadado, y se puso las botas—. Iré yo si hace falta, pero Male se queda aquí.
—Jack también ha protestado y Vittorio le ha amenazado. A ti no te tiene en tan alta estima como a él, así que yo de ti obedecería. Y yo tampoco estoy de acuerdo, eh. Así que voy con vosotros, para ayudar.
—¿Estima? El hijo de puta literalmente me suplicó que me quedase aquí para ayudarle con esta mierda, ¿y ahora nos ponemos a hablar de estima?
—En serio, Morfo. Male va a ir te guste o no, así que...
—¡¡Bien, a la mierda!! ¡¡El plan al carajo!! Total ya qué coño importa discutir.

Morfo salió furibundo de su habitación, y Lucas lo siguió. Se dirigieron al cuarto de Male y, conforme se fueron acercando, Morfo se fue serenando. Aún se oían los pucheros de la pobre chica.
—¿Male?—Morfo tocó antes de entrar.
—Pasa—musitó ella.
Lucas se quedó fuera. Male se había levantado y sorbía los mocos mientras acariciaba su libro con las yemas de los dedos. A Morfo le entró angustia.
—Prepárate. Ha aparecido Malan, tenemos que irnos.
—Menos mal, pobrecito. ¿Cómo está?
—Amenazando a Maite con un cuchillo. Así está.
—¿¡Que qué!?—miró a Morfo, estupefacta—. ¿Dónde están?
—...En el Lago de la Luna—tragó saliva con dificultad.
—...
Los ojos de Male pasaron de la sorpresa y la indignación a una rabia fría y destructiva. Cogió su capa, su varita, se puso las botas y salió por la puerta.

—Me voy a cargar a ese puto crío de mierda.

domingo, 15 de marzo de 2015

[Relato independiente] - La naturaleza de las cosas

Te despiertas en la entrada de un bosquecillo. No, no es un bosquecillo, es una aldea, llena de árboles que flanquean los caminos como los grandes pilares que sostienen una etérea bóveda de hojas de pino y viento fresco. La espesura de estos es tal que no te deja ver con claridad las casas, todas muy pequeñas, escondidas entre el resto de maleza como si se ocultaran de algo que viene a comérselas. Como hormigas, frenéticas porque han notado una ráfaga de viento inusualmente cálida. Las casas también transmiten la idea de sentirse frenéticas. ¿Tal vez sea porque acabas de llegar? Quién sabe.

No recuerdas cómo has llegado hasta ahí. Tan solo sabes que estás, y cuando miras hacia detrás sólo ves campos y campos con casas semiderruidas. No hay nadie allí. Estás completamente solo.

 No, no lo estás. Tienes las casas. Y los pinos.

Sin saber muy bien qué hacer, comienzas a caminar por el sendero. Huele bien, a humedad de lluvia. Tan sólo se oye el silbar del aire entre las ramas y entre las casas tímidas. Miras por encima de las verjas de piedra bajas para ver si alguien se asoma a una ventana o cierra una cortina, pero nada. Todas las casas están cerradas a cal y canto. Empiezas a sentir un ligero temor, que se acrecienta cuando oyes lo que empiezas a oír en el preciso instante en el que divisas la curva que sube hacia arriba, en una cuesta.

Largas y melancólicas notas en tono grave de algo que podría ser una flauta resuenan en los huecos de las vallas, en las piedras del camino y en los cristales de las ventanas de las casas. Son suaves y ligeras, casi como caricias. Pero son caricias tristes, lamentos. Te recorre un escalofrío. Pestañeas. Y, de repente, una intensa niebla te ha rodeado, y los pinos han desaparecido. Estás en un campo de flores, bañado de una luz crepuscular que no parece acabar nunca. El cielo es de color naranja, y las estrellas brillan de color verde. Miras a tu alrededor y la niebla te impide mirar más allá de unos dos metros de distancia. Desesperado, te sientas en el suelo. Oyes susurros. Miras hacia arriba. Ves muchas lunas.

De repente, los susurros cesan, y se empieza a oír la flauta de nuevo, esta vez más cerca. Y más siniestra que antes, por algún motivo. Asustado, te levantas y echas a correr, pero te detienes en seco. No sabes de dónde proviene el sonido. No sabes dónde estás. No puedes huir.

Miras hacia todos lados. A tu derecha comienzas a ver algo que parece una sombra y que se acerca hacia ti a través de la nube. Se mueve con la ligereza de una hoja al viento y con la elegancia un cisne que levanta el vuelo. Cuando por fin sale de las sombras de la niebla, ves a una joven vestida con un manto negro hasta los pies, con adornos geométricos y figuras extrañas en color naranja. La prenda de ropa está abierta, por lo que puedes ver un vestido ceñido y largo que se funde con el aire al llegar al suelo, creando pequeñas volutas de humo, y los pies descalzos de la dama. Su piel es grisácea, y su pelo, negro como el carbón. Sus ojos son de todos los colores del mundo, muy grandes, y enarcados por ojeras. Lleva una espada atada a la cintura de colores claros y suaves, desentonando con el resto de su estética, pero eso no le resta belleza. Te quedas embobado.
—¿Qué?—pregunta ella. Su voz suena extraña. Son los gorgoteos de una pequeña fuente cuyo agua repiquetea en la fría piedra. Son los trinos de las golondrinas en primavera. Es el aceite de oliva, suave y precioso.

No te atreves a contestar. Pestañeas.

Lo siguiente que ves es una duendecilla, donde estaba la dama de antes. Viste casi exactamente igual, pero lleva una máscara apartada de la cara. Sonríe levemente durante un instante.
—¿A que esto no te lo esperabas?
Vuelve a ponerse seria.
—Por desgracia, nadie lo hace.

De nuevo, no te atreves a contestar. Pestañeas otra vez.

El aspecto de la dama ha cambiado de nuevo. Ahora es una joven de pelo castaño y piel clara como la luna. Sus labios son carnosos y enmarcan una boca pequeña, diminuta, y las comisuras, hacia abajo, le dan un aspecto triste. Los ojos siguen siendo igual de grandes, y las ojeras igual, pero esta vez el manto ha cambiado para dar paso a una gabardina larga, cerrada, que se levanta por abajo para dejar bailar con la brisa a una falda. Ambas piezas de ropa son de tonos rosados, y los pies están ahora cubiertos por unas medias a rayas de color violeta y turquesa. Ahora la espada al cinto casa perfectamente con las tonalidades de la estética de su portadora, y la inquietud de que no estuviera donde debiere desaparece de tu mente. Ese es el lugar que le corresponde. Lo sabes. Lo sabéis.
—¿Sabes qué es este sitio?
Intentas responder, pero no hay voz que dé vida a tus palabras. Como resultado, sólo mueves la boca, resultando un tanto estúpido. Ella se ríe.
—Claro que no. Nadie lo sabe.

La niebla se disipa y entonces ves la entrada a la arboleda de antes y las casas semiderruidas. Ella comienza a caminar hacia el bosquecillo, y tú la sigues automáticamente. Te fijas en que en la mano lleva una flauta travesera de plata. Así que era ella después de todo.

Cuando por fin llegáis a la arboleda, ella comienza a caminar tocando su canción. Las tristes notas vuelven a resonar en los cristales de las frenéticas casas, en las piedras de los caminos y en los troncos de los árboles. El aire parece moverse al compás de la canción que la muchacha está tocando, y tu corazón se parte en dos al ver una lágrima recorriendo su mejilla.

Sube por la cuesta de la curva de antes y la sigues. Ella va cada vez más deprisa, y tú, exhausto, la sigues como puedes. Sin detenerte. No se te pasa por la cabeza ni un solo instante.

Al final llegáis a un claro donde hay un pequeño jardín. Hay un chalet de los que podrías encontrar en una urbanización a las afueras de una ciudad. Está también semiderruido, pero hay una entrada a un sótano que está medio tapada por la maleza. La joven se ha detenido delante y te observa, impertérrita.
—Hace tiempo que nadie llega hasta aquí. Al menos tan rápido.
Entre respiraciones entrecortadas, intentas responder a eso, pero tampoco puedes. Te sientas en el suelo y miras hacia el cielo, de color naranja crepuscular, casi ignorando a la bella mujer que te observa desde el otro lado del jardín.
—Pero este no es el punto importante.
La miras, descolocado. ¿Tanto esfuerzo y llegar hasta aquí no es tan importante como al parecer? Te frustras. Pero al mirarla a la cara se te pasa.

Cuando por fin recuperas el aliento, te levantas y te acercas a ella. Estás a un metro de distancia de su persona cuando ella levanta la palma de la mano y te pide que te detengas en silencio. Obedeces.
—Antes de que sigas, tengo que decirte de que las cosas que vas a ver aquí no son las cosas a las que estás acostumbrado.
Pones cara de sarcasmo. Ya has visto varias cosas increíbles a lo largo de tu corta visita a aquel mágico lugar.
—No pongas esa cara. Eso que has visto no es a lo que me refiero—su voz ahora suena dura. Te estremeces—. Me refiero a cosas que pasan en tu mundo. Cosas en las que nadie se fija, que pasan desapercibidas a lo largo del tiempo.
La miras directamente a los ojos. Ella te sostiene la mirada durante un rato, pero finalmente se rinde.
—Supongo que estás decidido a venir. Bien pues, acompáñame.

Entráis lado a lado en el sótano. Al principio no se ve nada, pero ella saca un diminuto candil de su bolsillo e ilumina el lugar con una luz de color rojo anaranjado.

Es un pasillo lleno de ramas rotas y hojas de pino. El suelo está roto en algunas zonas, y el techo se derrumba ligeramente en otras. Ella esquiva estos obstáculos con gracilidad, mientras que tú lo haces con cierta torpeza. El pasillo continúa hacia abajo, en unas escaleras interminables.en forma de caracol, metálicas. Te agarras como puedes a la pared, pero no puedes bajar al ritmo de tu acompañante y al final te quedas envuelto en la oscuridad. Ella vuelve y te mira con carita de pena, y reduce el ritmo.

Cuando por fin llegáis abajo del todo, ella enciende unas luces con un regulador que hay en la pared y todo se llena del color de su pequeño candil. Ves una enorme estructura metálica esférica que da vueltas sobre varias monturas. La complejidad del mecanismo te asombra y te acercas para observarla más de cerca, pero la joven te detiene.
—No—dice, muy seria—. No te acerques. Está enfadado.
La miras sin comprender. Entonces ella te sonríe.
—Esta es una de las cosas en las que nadie se fija—dice con ternura—. En la rabia de las cosas. Tan sólo les importa la furia de las personas por las consecuencias que les pueda acarrear. Pero la furia de las cosas es más importante. Esta ira mueve el mundo. Mueve las cosas. Hace que todo sea como es.
Sigues sin comprender. Ella asiente y se te lleva de la sala, y mientras tanto, intenta explicarte a lo que se refiere.

—La ira, como el resto de sentimientos y sensaciones, es muy poderosa. Estas sensaciones que dan forma a nuestra percepción del mundo luego son las que indirectamente nos mueven a crear nuestro pequeño universo y a darle forma. Y no sólo los humanos las tienen, sino que las cosas también. La luna, las piedras, el aire y el suelo que respiras. Todo siente, todo está conectado y todo está relacionado. Así nos movemos, y así se mueven ellos. De este modo, queda un equilibrio establecido. Un equilibrio que es necesario comprender para guiar, cuidar y vigilar.

Continuáis por el pasillo, el cual se va bifurcando y haciéndose completamente diferente conforme vais avanzando. A veces ves tuberías en las paredes, las cuales tu acompañante también te impide tocar; otras son ventiladores, y otras están adornadas con cuadros que representan personas. Finalmente llegáis a una sala de estar ricamente decorada, donde la joven se sienta muy recta en uno de los sillones y se permite el lujo de servirse una taza del té que hay en una tetera sobre una bandeja.
—Sírvete si quieres.
Te sirves una taza y te sientas en otro sofá. Miras alrededor y te fijas en una sartén que hay sobre una cómoda. Te vuelves a levantar con la taza en la mano y acaricias el utensilio de cocina con los dedos. La dama no te lo impide. Te giras y la miras, inquisitivo.
—Sí, parece fuera de lugar—se levanta y deja la taza en su sitio—, pero no lo está.

Ella también se acerca a la sartén y la mira con ternura.

—Esta sartén además tiene un secreto—tuerce la cabeza y un mechón de pelo le acaricia la mejilla—. A veces pasa. Tienen secretos, y no te los pueden contar. Lo que sí que me ha dicho es que es un secreto de amor. Siente amor.
Miras de nuevo la sartén y la sigues acariciando. Te sientes bien contigo mismo.

De repente la joven tira de tu brazo y te saca corriendo de la estancia. Oyes un leve coro, pero no estás seguro. Ella está eufórica y corre esquivando obstáculos del suelo y el techo, girando esquinas y prácticamente volando sobre el pavimento destrozado. Su alegría y su elegancia te llenan el corazón y antes de que puedas darte cuenta estás corriendo con ella, riendo como un loco y siguiendo la música que ahora, sin duda, escuchas venir de alguna de las recónditas salas.

Al final del recorrido hay un auditorio lleno de luces que flotan. Es un espectáculo sobrecogedor. Todas las luces cantan a coro una canción que te pone los pelos de punta, y llena tus venas y tu mente de felicidad y alegría, pero también un poco de tristeza. Te encoges un poco y la miras a ella, que baila entre todas esas luces y vibra junto a ellas. Sus movimientos son torpes, como de quien no ha bailado jamás, pero a la vez hermosos y elegantes. Nada de lo que hay allí escapa a su dominio; todo la complementa y forma parte de ella. De repente la entiendes un poco mejor, y notas que, aunque también parece fuera de lugar, no lo está. Desprende amor y pasión, tristeza y melancolía, ira y furia, amor y sufrimiento. Es débil y fuerte a la vez. Es una tormenta y un día soleado al mismo tiempo. Estás en sus dominios y a su merced, y ella controla el flujo de las cosas allí. Ella vigila y se encarga de que todo tenga su lugar, su sitio, y vive allí como una cosa más que guarda secretos y siente emociones. El mundo se mueve en torno a ella y ella se mueve en torno al mundo, en doble espiral. Es casi perfecto.

Cuando se siente cansada, se acerca a ti, rebosante de alegría, y se te lleva a otro sitio. Es un lago subterráneo donde la luz crepuscular desciende en ligeros rayos que pinchan la superficie del agua desde unas grietas de la pared. Se moja los pies y se sienta en la orilla, acariciando los rayos de luna con los dedos.
—Ya te has dado cuenta, ¿verdad? Eres rápido.
Se reclina sobre su espalda.
—No hay mucha gente que haya llegado hasta aquí. Y ninguno de ellos sabe orientarse todavía. Tú quizás aprendas con el tiempo y la observación, pero realmente no lo creo. Aquí todo cambia. Todo se mueve, tiene su propio ritmo, y el ritmo hay que respetarlo. Así es como las cosas son, y así es como deberán ser.
Ahora te mira.
—Ahora debes decidir si quieres formar parte de todo esto. Si quieres tener tu propio lugar aquí. Debes decirme si quieres que tus secretos, misterios, rompecabezas y sentimientos se queden con nosotros.
Se mira los pies.
—Por supuesto, no te fuerzo a que digas que sí. La verdad es que ninguno ha dicho que no, porque todos son conscientes de que todos tenemos secretos y sentimientos, y quieren formar parte de algo que es más grande y que también es ellos. Yo también, por supuesto, aunque de eso ya te habías dado cuenta. ¿No?
Asientes con la cabeza y miras los haces de luz. Extiendes la mano hacia uno de ellos. Lo tocas y un calor extraño te inunda el pecho. Es una sensación reconfortante. Ella te mira con sus ojos de mil colores desde abajo. Finalmente te sientas.
—¿Has tomado tu decisión ya?
Asientes con la cabeza.
—¿Y qué vas a hacer?
Sientes que un escalofrío recorre tu espalda y, tras muchos intentos, ves que puedes hablar cuando articulas la sencilla frase que contesta a su pregunta.
—Me quedaré.
Ella sonríe levemente y te acaricia la mejilla. Después te la besa. Luego te coge de la mano y te guía por más salas. Esta vez ves a más personas, que te saludan con la mano. Ves a dos chicas bajitas que están sentadas en un banco de piedra, mirando el crepúsculo eterno a través de una ventana acristalada. Luego ves a otra leyendo muchos libros a la vez en una pequeña biblioteca, y después ves a varios jóvenes discutiendo en silencio sobre cuál de las estrellas verdes que hay arriba en el cielo es la más bonita. Finalmente te presenta la salida, y vuelve a besarte la mejilla.
—Ahora que has decidido quedarte, eres libre de explorar el resto. Y qué mejor lugar para ello que empezar por el principio.
—Aún no he comprendido del todo la naturaleza de las cosas.
—Yo tampoco, pero formo parte de ellas. Así que eso quiere decir que tampoco me conozco a mí misma—sonríe—, ¡pero eso es imposible, porque todo esto soy yo!
—Entonces...
—El verdadero conocimiento está dentro de nosotros. Sólo hay que buscarlo y a partir de ahí empezar a comprenderlo. Aquí estoy yo, y este es mi sitio. Puedes quedarte aquí y explorarlo mejor para comprender la naturaleza de mis cosas, por si eso te sirve para comprender la naturaleza de las tuyas. Pero, al final, todas las cosas son lo mismo, y todos tenemos que cuidar de que el flujo del mundo continúe estable y no se dé la vuelta.
—Parece muy complejo.
—No lo es. Sólo es cuestión de esperar, y de hacer las cosas cuando se deben hacer. Todo a su debido tiempo. No te apresures, ni hagas cosas innecesarias. No merece la pena. Recuerda que tú manejas el mundo, pero el mundo también te maneja a ti.
—Sigo sin...
—Shhh... El crepúsculo se acabará haciendo oscuro de aquí a un rato—posa su dedo sobre tus labios, suavemente—. Ahora es momento de comprender, no de escuchar. ¡Corre!

Ella desaparece entre los túneles y pasillos, y cuando intentas seguirla te pierdes. En lugar de intentar volver por donde has venido, metes las manos en los bolsillos y continúas caminando por el laberinto. Aún te quedan muchas cosas que comprender, y hoy es un buen día para ello.

***

Lo primero que haces nada más despertarte es mirar la hora. No es tan tarde. Luego notas un peso en tu hombro derecho y cuando miras la ves a ella, durmiendo plácidamente con la boca entreabierta y la respiración acompasada y un tanto ruidosa. No puedes evitar pensar que es bella. Por dentro y por fuera.

Y ahora además la entiendes un poco mejor, y comprendes que, como tú, ella también está un poco dañada. Por dentro. Y eso hace que te sientas mejor contigo mismo, porque a la vez tú también te comprendes.